Son diminutos, viajan miles de kilómetros y ya fueron encontrados desde las grandes ciudades hasta regiones prácticamente despobladas del planeta. Pero pese a que los microplásticos se convirtieron en uno de los contaminantes ubicuos todavía existe una dificultad básica para determinar la verdadera dimensión del problema: no todos los países los buscan y miden de la misma manera.
Ahora, una nueva iniciativa internacional intenta comenzar a resolver ese rompecabezas.
El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) acaba de presentar la Plataforma Mundial de Vigilancia del Medio Marino de NUTEC Plastics, una especie de gran repositorio digital donde laboratorios de distintos países podrán cargar información sobre las concentraciones de microplásticos en mares y costas.
Científicos de 65 países participaron de su presentación y la iniciativa se apoya en una red internacional de laboratorios especializados.
Problema ecológico a encarar
El problema que intenta solucionar esta plataforma parece técnico, pero es crucial. Hasta ahora, las diferencias en la forma de tomar las muestras, separar las partículas, identificar los polímeros y reportar los resultados dificultaron comparar estudios realizados en diferentes regiones.

Incluso algo aparentemente sencillo como el tamaño mínimo de partícula considerado puede modificar fuertemente las cifras obtenidas. Un trabajo publicado en Water Research propuso recientemente utilizar un umbral unificado de 100 micrómetros justamente para mejorar las comparaciones globales.
La nueva red busca cambiar ese escenario mediante protocolos armonizados para el muestreo, separación e identificación de partículas en aguas superficiales y arenas de playa. El OIEA informó que ya capacitó a más de 400 especialistas y entregó equipos de muestreo y análisis a más de 80 países. Entre las tecnologías utilizadas figura la espectroscopia infrarroja, que permite caracterizar la composición química de las partículas encontradas.
Cifras millonarias de plástico
La magnitud del desafío explica el esfuerzo. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), cada año entre 19 y 23 millones de toneladas de residuos plásticos llegan a lagos, ríos y mares. Y, si no se adoptan medidas significativas, esas emisiones hacia los ecosistemas acuáticos podrían casi triplicarse hacia 2040. El organismo estima además que actualmente habría entre 75 y 199 millones de toneladas de plástico acumuladas en los océanos.
Parte de ese plástico termina fragmentándose hasta convertirse en partículas menores de cinco milímetros. Y su capacidad para viajar sorprende. Investigadores de la UBA y la UNLP demostraron mediante mediciones y simulaciones que partículas emitidas desde ciudades patagónicas pueden desplazarse por la atmósfera y que una porción de ellas puede alcanzar la península antártica apenas 24 a 48 horas después de ser emitidas. Los investigadores detectaron microplásticos incluso en la base Carlini.

El Mar Argentino tampoco está aislado del fenómeno. Una reciente expedición científica recorrió 55,6 kilómetros del fondo oceánico con el robot submarino SuBastian y documentó residuos humanos -incluidos plásticos y redes de pesca- a profundidades cercanas a los 4.000 metros. Los investigadores advirtieron además que esos plásticos pueden fragmentarse, transformarse en microplásticos y eventualmente incorporarse a las redes tróficas marinas.
Por eso, el desafío ya no consiste solamente en demostrar que los microplásticos están prácticamente en todas partes. El siguiente paso es medirlos siempre de una manera comparable, seguir su evolución durante años e identificar dónde aumentan o disminuyen. Esa es la apuesta detrás del nuevo “mapa” mundial: convertir miles de mediciones dispersas en una película global capaz de mostrar hacia dónde está viajando una contaminación que, hace tiempo, dejó de reconocer fronteras.
Una contaminación que también deja huellas en el Atlántico Sur
La Argentina ofrece dos ejemplos particularmente gráficos de hasta dónde pueden viajar los plásticos. Investigadores de la UBA y la UNLP comprobaron que los microplásticos liberados desde ciudades de la Patagonia pueden ser transportados por los vientos hacia el Atlántico y que una fracción puede alcanzar la Península Antártica en apenas 24 a 48 horas. Las simulaciones indican incluso que parte de las partículas detectadas en la Base Carlini podrían haberse originado en territorio patagónico.
La otra señal apareció miles de metros debajo del agua. Una expedición con el robot SuBastian realizó 17 inmersiones entre 450 y casi 4.000 metros en el margen continental argentino y registró residuos en nueve de ellas. Los científicos consideran que el hallazgo constituye una primera “línea de base” y reclaman monitoreos continuos y protocolos comparables para saber si la contaminación aumenta, disminuye o cambia. Precisamente el tipo de información longitudinal que la nueva plataforma global del OIEA busca volver comparable entre regiones y países.