Desde la sangre hasta el cerebro, los microplásticos se convirtieron en uno de los temas más inquietantes de la ciencia contemporánea. En los últimos años, una serie de estudios impactantes aseguró haber detectado partículas de plástico en órganos humanos, tejidos y fluidos corporales. Sin embargo, esas investigaciones también abrieron una fuerte controversia: parte de la comunidad científica advierte que los métodos utilizados no siempre permiten descartar errores, contaminación de laboratorio o confusión entre tejido humano y compuestos plásticos.
En ese escenario, un grupo de 30 científicos y de 20 instituciones de investigación de distintos países y publicado en la revista científica Environment & Health, entre los que figuran el Imperial College London (Reino Unido), el Helmholtz Centre for Environmental Research (Alemania), la Universidad de Viena, el Centre Scientifique de Monaco, la Universidad de Rhode Island (Estados Unidos), el Global Observatory on Planetary Health de Boston College, además de universidades y laboratorios de Europa, América del Norte y Asia; presentó un plan para ordenar el campo de estudio y establecer criterios comunes de evaluación. La iniciativa fue difundida por la agencia AFP, a través de un informe del periodista científico Daniel Lawler.
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El trabajo es encabezado por el investigador Leon Barron, del Imperial College London, quien explicó que el objetivo es construir un lenguaje común entre laboratorios para expresar con claridad el nivel de certeza en la detección de microplásticos en tejidos humanos, tomando como referencia los estándares de validación de pruebas utilizados en la ciencia forense con el objetivo de reducir falsos positivos y controversias metodológicas.
¿Detecciones reales o errores de laboratorio?
La controversia se intensificó tras un estudio publicado en Nature Medicine (2025), donde un equipo liderado por Matthew Campen reportó el hallazgo de microplásticos en cerebros humanos mediante la técnica de pirolisis-GC-MS. "Hay mucho más plástico en nuestros cerebros de lo que jamás hubiera imaginado", admitió Campen ante la magnitud del descubrimiento. Sin embargo, la comunidad científica no tardó en reaccionar: investigadores del Centro Helmholtz (Alemania) cuestionaron los resultados, advirtiendo que la técnica pudo haber confundido tejidos grasos con polímeros y señalando posibles errores por contaminación externa.
“El problema no es si los microplásticos existen, porque están en todas partes del planeta”, explicó Barron, la discusión central, sostiene, es cómo medirlos correctamente dentro del organismo humano y cuánta evidencia real existe sobre su impacto en la salud.

Las críticas metodológicas fueron reforzadas por el investigador Dušan Materić, del Helmholtz Centre for Environmental Research, quien sostuvo que, sin controles de calidad estrictos, “es imposible saber si los plásticos detectados provienen realmente del tejido o de recipientes, reactivos, equipos de laboratorio o partículas presentes en el aire”, lo que vuelve los resultados científicamente inválidos (AFP).
El nuevo marco propone justamente eso: que cada hallazgo informe con qué grado de certeza se detectaron microplásticos reales, bajo qué métodos, con qué controles y con qué nivel de confiabilidad. El objetivo es construir un lenguaje común que permita comparar resultados y avanzar con mayor rigor científico.
Qué son los microplásticos y cómo ingresan al cuerpo
Los microplásticos son partículas de plástico menores a 5 milímetros, y los nanoplásticos son aún más pequeños, de tamaño microscópico. Provienen de la degradación de envases, textiles sintéticos, neumáticos, cosméticos, envases descartables y residuos plásticos mal gestionados.
La presencia ambiental de microplásticos está ampliamente documentada por la Minderoo–Monaco Commission on Plastics and Human Health, un informe internacional liderado por el médico y epidemiólogo Philip J. Landrigan, del Global Observatory on Planetary Health (Boston College) y el Centre Scientifique de Monaco, publicado en la revista Annals of Global Health (2023). El reporte establece que las partículas plásticas están presentes en ecosistemas marinos, terrestres y atmosféricos, y que ingresan a la cadena alimentaria humana de forma sistemática.

Hoy se sabe que ingresan al cuerpo humano por tres vías principales:
-Alimentación: están presentes en sal de mesa, pescados, mariscos, miel, leche, agua embotellada, refrescos, goma de mascar y alimentos procesados.
-Aire: se inhalan partículas plásticas en ambientes urbanos y domésticos, provenientes de fibras textiles, polvo ambiental y residuos industriales.
-Contacto diario: cosméticos, textiles sintéticos y productos de uso cotidiano liberan partículas microscópicas.
La evidencia sobre el ingreso al organismo también está documentada por Greenpeace International, Greenpeace East Asia, la Universidad Nacional de Incheon (Corea del Sur) y estudios publicados en revistas científicas como el Journal of Hazardous Materials, que detectó más de 250.000 microplásticos en la saliva tras 60 minutos de masticar una sola pieza de goma de mascar. Investigaciones de la Universidad de Yale estimaron que, solo por el consumo de refrescos, una persona puede incorporar hasta 37.653 partículas plásticas al año.
Cómo afectan al organismo
La acumulación de micro y nanoplásticos en el cuerpo humano opera a través de múltiples mecanismos biológicos que afectan sistemas críticos. A nivel sistémico, estas partículas pueden alojarse en el tracto intestinal, provocando inflamación de los tejidos y alterando la absorción de nutrientes. Como señala el académico Gregorio Rafael Benítez Peralta, de la Facultad de Medicina de la UNAM, las partículas de escala nanométrica poseen la capacidad de atravesar la barrera intestinal e ingresar al torrente sanguíneo.
Una vez en la circulación, interactúan directamente con los macrófagos —células esenciales de la respuesta inmunológica— y se depositan en órganos vitales como el hígado, los pulmones y la glándula tiroides, desencadenando procesos inflamatorios localizados.
Uno de los aspectos más preocupantes es la vulnerabilidad del sistema nervioso. Investigaciones experimentales sugieren que los nanoplásticos pueden cruzar la barrera hematoencefálica, la defensa natural del cerebro, facilitados por estructuras moleculares vinculadas al colesterol y proteínas transportadoras.
El viaje invisible de los microplásticos: cómo contaminan el suelo, el agua y la comida
Estudios publicados en el International Journal of Molecular Sciences por la Universidad de Rhode Island han documentado alteraciones conductuales e inflamación cerebral en modelos animales tras una exposición aguda. Si bien la evidencia clínica en humanos aún no es concluyente, la comunidad científica advierte sobre un vínculo potencial entre esta neuroinflamación y el desarrollo de enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer y el párkinson.
Finalmente, el riesgo biológico se ve agravado por la naturaleza química de estas partículas. Los microplásticos actúan como "vectores químicos" o caballos de Troya, transportando sustancias tóxicas añadidas durante su fabricación, como bisfenoles y ftalatos. Estos compuestos son reconocidos disruptores endocrinos que interfieren con el sistema hormonal, vinculándose directamente con trastornos metabólicos, problemas reproductivos y un incremento en el riesgo oncogénico.
Producción de plástico: un problema que crece
Los datos internacionales refuerzan la dimensión estructural del problema. La producción mundial de plástico supera hoy los 435 millones de toneladas anuales, con tasas de reciclaje globales menores al 9%. Una parte significativa de esos residuos termina en el ambiente, fragmentándose en micro y nanoplásticos que se dispersan en aire, agua y cadenas alimenticias.
Proyecciones de organismos internacionales estiman que, si no hay cambios estructurales, la producción de plástico podría triplicarse hacia 2060, profundizando el impacto ambiental y sanitario.

El marco propuesto apunta a establecer criterios de rigor y validación científica. Según explicó AFP, el objetivo es separar evidencia sólida de resultados dudosos, construir estándares comunes de medición y permitir que la comunidad científica pueda responder una pregunta central: cuánto plástico hay realmente en el cuerpo humano y con qué nivel de certeza puede afirmarse su impacto en la salud.
El nuevo sistema de evaluación publicado en Environment & Health busca unificar criterios y lenguajes entre laboratorios, evitar falsos positivos y dotar de mayor solidez a los estudios sobre microplásticos. Para los autores, solo con ese orden metodológico será posible avanzar hacia conclusiones científicas confiables en un campo donde la evidencia aún está en proceso de consolidación.
GD / ds