De la prohibición al feriado: la historia poco conocida detrás del fin de semana largo de Carnaval
Por qué el Carnaval fue prohibido en el país, cuándo volvió a ser feriado nacional y cómo se convirtió en uno de los fines de semana largos más importantes para el turismo y la cultura popular.
El fin de semana largo de Carnaval 2026, con dos feriados nacionales consecutivos, no es solo una pausa en la rutina laboral ni una oportunidad para viajar. Detrás del descanso y los festejos se esconde una historia atravesada por prohibiciones, control estatal y una disputa cultural que marcó a varias generaciones en la Argentina. La celebración, hoy integrada al calendario oficial, fue durante décadas perseguida y directamente eliminada por decreto.
Lejos de ser solo una fiesta, el Carnaval siempre funcionó como un espacio de expresión popular, ocupación del espacio público y crítica social. Esa combinación lo convirtió, a lo largo de la historia argentina, en un fenómeno incómodo para distintos gobiernos, especialmente para los regímenes autoritarios y los sectores más conservadores.
El punto de quiebre llegó en 1976, cuando la última dictadura militar eliminó los feriados de Carnaval mediante un decreto que lo borró del calendario laboral. A partir de ese momento, las murgas fueron perseguidas, los corsos prohibidos y la celebración quedó relegada a la clandestinidad barrial.
Recién en 2010, tras más de tres décadas de reclamos, la festividad volvió a ser feriado nacional. La restitución no solo modificó el calendario oficial, sino que consolidó al fin de semana largo de Carnaval como uno de los motores del turismo interno y de la recuperación de una tradición popular histórica.
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El Carnaval en la Argentina: una fiesta popular que siempre incomodó
El Carnaval comenzó a celebrarse en la Argentina con la llegada de los españoles y tuvo su primer escenario en la ciudad de Buenos Aires. Su origen es cristiano y está ligado a los días previos a la Cuaresma, el período litúrgico que comienza con la práctica de “limpiar la carne” y la prohibición religiosa de consumirla durante cuarenta días.
Durante la etapa colonial, la celebración ya mostraba divisiones sociales marcadas. Los sectores populares participaban de bailes de máscaras en el Teatro de La Ranchería, mientras que las clases más acomodadas lo hacían en espacios cerrados y exclusivos, como la Casa de Comedias. Aun así, el Carnaval se consolidó como uno de los pocos momentos del año en que la ciudad se volcaba a la calle.
Con el paso del tiempo, los carnavales locales adquirieron rasgos propios. Los bailes barriales y los juegos con agua se volvieron una marca distintiva: desde balcones y veredas se arrojaban fuentones, huevos ahuecados rellenos de agua o líquidos perfumados, y hasta preparados con sal para los rivales. En el siglo XIX, la participación masiva de distintos sectores sociales convirtió a la fiesta en un espacio de encuentro poco habitual para la época.
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Esa mezcla social fue también una fuente temprana de conflicto. En 1844, Juan Manuel de Rosas firmó el primer decreto que prohibió el Carnaval, bajo el argumento de que generaba desorden, violencia y pérdida de control. Para el poder político, la celebración representaba un ámbito difícil de regular, donde se diluían jerarquías y la calle quedaba en manos del pueblo.
Tras la caída de Rosas, el Carnaval reapareció con un perfil más controlado. Desde la segunda mitad del siglo XIX, especialmente durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento, se impulsó una versión “civilizada” de la fiesta. En 1869 se organizó el primer corso oficial en Buenos Aires, el Corso de las Luces, sobre la calle Florida, con palcos, carrozas y una estética inspirada en modelos europeos como Venecia.
A comienzos del siglo XX, la llegada masiva de inmigrantes italianos y españoles volvió a transformar la celebración. Surgieron las murgas, el teatro callejero y la sátira social, y entre 1900 y 1940 se vivió la llamada época de oro del Carnaval. Barrios enteros competían por el mejor corso, se cerraban avenidas centrales y la fiesta se convertía en el principal evento social del año.
Una comparsa en el Carnaval de 1929.
Durante el peronismo, el Carnaval se afirmó como una celebración popular y obrera, con un fuerte acompañamiento del Estado que impulsó corsos, bailes y actividades en clubes de barrio. Ese vínculo comenzó a erosionarse tras el golpe de Estado de 1955, cuando la fiesta pasó a ser mirada con desconfianza por el poder político.
A partir de entonces se multiplicaron los controles policiales, se endurecieron los permisos y se prohibieron expresiones con contenido político. De manera paradójica, fue en ese mismo período de gobiernos de facto cuando se estableció por primera vez sus feriados, al advertirse su potencial económico y cultural.
1976: el decreto que eliminó el feriado y la resistencia de las murgas
El 9 de junio de 1976, apenas tres meses después del golpe de Estado, la Junta Militar encabezada por Jorge Rafael Videla firmó el Decreto 21.329. En un solo artículo, el Carnaval fue eliminado del calendario de feriados nacionales. El texto hablaba de la necesidad de “racionalizar los días feriados para mejorar la productividad del país”.
Detrás de esa formulación técnica, los historiadores identifican tres motivos centrales. El primero fue el control social: el Carnaval implica ocupación masiva de la calle, disfraces y anonimato, algo inaceptable para un gobierno de facto. El segundo, la censura: las murgas utilizan históricamente la crítica política en sus letras. El tercero, el moralismo: sectores conservadores del Ejército y de la Iglesia consideraban al Carnaval una fiesta “pagana”, “vulgar” y “pecaminosa”.
La dictadura no solo eliminó el feriado. También persiguió a las murgas y prohibió los corsos. Muchas agrupaciones fueron disueltas y otras se vieron obligadas a ensayar a puertas cerradas. En los barrios, las murgas se presentaban como “centros culturales” para evitar sanciones. En el conurbano y en zonas populares, los vecinos seguían tirando agua pese a la presencia policial.
Durante los años 80 y 90, la tradición sobrevivió en clubes de barrio y espacios comunitarios. A partir de la década del 90, el movimiento de Murgas Porteñas comenzó a organizar reclamos formales. Cada año, las agrupaciones marchaban al Congreso exigiendo la restitución del feriado como parte de su derecho a la identidad cultural.
Cuándo volvió el feriado de Carnaval
El regreso de la democracia en 1983 no implicó automáticamente la vuelta del feriado. Hubo que esperar casi 30 años. En noviembre de 2010, mediante el Decreto 1584, se restablecieron oficialmente el lunes y martes de Carnaval como feriados nacionales inamovibles.
Los feriados del Carnaval se reestablecieron durante el gobierno kirchnerista de 2010.
La medida fue leída como una reparación histórica hacia las agrupaciones perseguidas durante la dictadura, pero también respondió a una estrategia económica. El gobierno buscó fortalecer el turismo interno y romper la estacionalidad del consumo. El Carnaval pasó a ocupar un lugar central dentro del esquema de fines de semana largos.
Hoy, el Carnaval compite con Semana Santa como uno de los períodos de mayor ocupación hotelera del país. Ciudades turísticas de la Costa Atlántica, el Litoral y el Norte argentino registran picos de movimiento en febrero, un mes que tradicionalmente marcaba el final de la temporada alta.
Este año, el fin de semana largo se extiende desde el sábado 14 hasta el martes 17 de febrero, debido a que el 16 y el 17 son feriados nacionales. Durante esos días, los bancos y la administración pública no atienden, el transporte funciona con frecuencia de feriado y los comercios que abren deben abonar jornada doble a sus empleados.
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