Cataclismo emocional
Hace tres horas que terminé la conducción de mi programa de las mañanas y aún no comencé a escribir esta columna. Doy vueltas consumiendo tiempo en lecturas de textos interesantes con la inconsciente excusa de buscar inspiración, que es solo un pretexto para dilatar la propia escritura. Faltan solo otras tres horas para el cierre de edición en papel que debe ir a impresión a las 20 y recién me siento frente al teclado compelido por la obligación de cumplir con los seis mil caracteres que ocupan el espacio de la Contratapa de la edición impresa. ¿Vuelvo a compartir con la audiencia el sentimiento de repulsión que me producen el Presidente, sus agentes comunicativos y los fanáticos que los circundan, como el domingo previo a la elección de 2023, cuando escribí el endorsement de PERFIL titulado “No vote por Milei”?
Romper el termómetro que mide el descenso de inflación con la renuncia de Lavagna al Indec provocando que en el futuro se ponga en duda el mayor logro que tiene el Gobierno. Crear la Oficina de Respuesta Oficial para “desmentir activamente la mentira, señalar falsedades concretas y dejar en evidencia las operaciones de los medios” provocando, una vez más, al periodismo. Colocar al frente del organismo precisamente a un antagonista de las redes sociales. Volver a detener esta semana al padre Paco en la protesta de jubilados de los miércoles junto a una fotógrafa y un discapacitado. Todo en los últimos cinco días hábiles. Sumado a la semana pasada el tomar partido en una disputa entre privados por la licitación de un gasoducto llamando “chatarrín de los caños caros” al dueño de la mayor empresa multinacional argentina. Una ametralladora de provocaciones que obviamente se realizan porque los manuales del libertarismo del siglo XXI indica “provoca, provoca, que mucho lograrás”.
Me esfuerzo por no trasladar mi desazón con Milei a sus votantes comprendiendo sus necesidades.
También porque están embriagados de poder, atravesados ellos mismos y haciéndonos atravesar a toda la sociedad un cataclismo emocional. Como si estuviéramos condenados a lo que las ciencias sociales en el mundo anglosajón denominan “path dependency”, una ‘dependencia de sendero’, del rumbo trazado en el pasado por sucesiones de vaivenes extremos donde solo nos quede ir con más fuerza al extremo opuesto en el país de las desmesuras, en el reino de “wrong but strong” como también dice la letra de la canción de Willy Crook: “Equivocados pero fuertes, como un niño, como una bomba, como un gran motor sin volante”, figura que se utiliza en Estados Unidos para argumentar las preferencias por políticos como Bush o Trump en sus épocas de esplendor, o Putin o Netanyahu o Milei en las tristes eras cuando el miedo y el odio vencen a la alegría y la confianza.
Metonimia de fuerza por autoridad, no importa hacia dónde, pero con vigor, la forma sobre el fondo. La castración de la refutabilidad sin la cual no hay pensamiento crítico ni, mucho menos, algo parecido a racionalidad.
Ese “wrong but strong” del vitalismo fálico logró asociar –transitoriamente– reflexión a senectud, cuando probablemente los fuegos crepusculares sean los de la extrema derecha en su paroxismo iniciado en los 80 con Thatcher y Reagan y no ahora con Trump: la frivolidad belicosa propia de la etapa final de la decadencia.
Me esfuerzo por no trasladar mi desazón con Milei a sus votantes comprendiendo sus necesidades. Y en menor medida, a mis colegas que realizan su tarea periodística con una amabilidad sumisa hacia Milei y sus principales voceros. Confieso que no logro plenamente esto último.
Comprendo que con todos los gobiernos una parte no menor del periodismo resulta pro cíclica (“el carro del triunfador”) por múltiples razones incluyendo la demanda de la propia audiencia. Pero en estos tiempos algunos colegas hasta sobreactúan la docilidad, exhibiéndola como una forma de virtud profesional.
“Las ventas de lácteos, almacén, panadería y bebidas caen entre -20% y -45% en todos los lugares del país” en los primeros dos años completos de Milei, informa la consultora Economía & Ética, con números que tienen como fuente el Indec. Se difundieron informaciones, luego desmentidas por la empresa, de que la otra mayor multinacional argentina, Arcor, estaría por ser adquirida por una multinacional extranjera dado que sus ventas en el país bajaron en la proporción de la caída del consumo de alimentos de los argentinos. Todos los días surge un nuevo sector en crisis; al de los textiles, potenciado por la también innecesaria provocación del ministro de Economía (“nunca en mi vida compré ropa en Argentina porque era un robo”), se suma el de la industria vitivinícola cuando se conoció que tras las dificultades de las Bodegas Norton, ayer Bodegas Bianchi anunció el comienzo de un proceso de renegociación de su deuda ante mil millones de pesos de cheques emitidos sin fondos.
¿Por qué se transita sin mayores quejas el achicamiento de la capacidad de consumo de la mayoría de los ciudadanos y de la capacidad de ventas de la mayoría de las empresas? En las columnas del fin de semana pasado compartimos los argumentos del libro de Peter Turchin titulado: Final de la partida. Elites, contra elites y el camino de la desintegración política, explicando por qué “el empobrecimiento de la mayoría de la población es mucho menos decisivo que la sobreproducción de elites a la hora de generar disrupción”.
Y por qué los empresarios aplauden un gobierno que reduce su mercado, mientras que durante el kirchnerismo alzaban la voz, puede tener una explicación racional más allá de la baja de impuestos. Que la pérdida por menores ventas (flujo) durante algunos años sea patrimonialmente menor que la revalorización de sus activos (stock), de salir aprobada una reforma laboral que elimine el pasivo contingente laboral que representa el costo indemnizatorio: hay casos de empresas con activos por veinte millones de dólares que se vendieron por un peso al tener más de mil empleados en una actividad improductiva; concretamente, la suma de las indemnizaciones costaba más que las maquinarias e inmuebles.
Y que en un futuro venga otro gobierno con políticas desarrollistas, pero haya quedado para siempre una reforma laboral que hace cuarenta años se intenta aprobar frustradamente y esta vez parece poder lograrse. Y sin quitarle mérito a Milei que, más allá de costo social y material, deje resuelto el crónico problema del déficit fiscal.
Esto nos retrotrae a la ley de las contradicciones agudamente expuesta (aunque luego mal aplicada en su Revolución Cultural) por Mao Tse-Tung en su discurso Sobre el tratamiento correcto de las contradicciones en el seno del pueblo, simplificadamente saber distinguir entre las contradicciones primarias y secundarias, las antagónicas y las no antagónicas, las estratégicas y las tácticas. Pero aun asumiendo que los empresarios argentinos, a quienes se les derrumba su mercado (no son todos, pero sí la mayoría), pensando en el largo plazo, están respondiendo correctamente a sus intereses al aplaudir a Milei, algo a mí no me permite hacerlo.
Igual que en la época de la reelección de Carlos Menem titulamos una tapa de la revista Noticias de 1995 “Cómo votar a favor de la economía y en contra de la corrupción”, aun considerando imprescindibles medidas de reordenamiento macroeconómico y necesarias varias reformas, la superestructura que se construye a partir de ellas, la cultura que se pretende imponer en lo que llaman batalla, me solivianta.
Me rebela la forma en que se utiliza el lenguaje, el modo soez de su retórica, el tono en lugar del contenido, la violencia inmanente, veo la trampa detrás de la provocación y el uso del conflicto como espectáculo, la sustitución de la excitación por la política, el manifiesto desprecio por la complejidad, el rechazo a la existencia de matices, la degradación del pensamiento crítico, la ridiculización de las instituciones, el aire de superioridad moral (“y estético”), sus valores antisociales, la alienación que generan sus mensajes en los desinformados, el cinismo y el abuso de la mentira más allá de las necesidades de las cuestiones confidenciales de cualquier gobierno, el goce en decir barbaridades sabiendo que lo son disfrutando de la impunidad de poder hacerlo, lo que me atraviesa como una “agresión cognitiva”, su trivialización del Estado en lugar de mejorarlo, la personalización hiperbólica, el aprovechamiento de la frustración ajena y, además, el mal gusto.
Paro aquí, porque son ya casi nueve mil caracteres y Gutenberg espera ponerle tinta al papel.
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