REVOLUCIÓN TECNOLÓGICA

Carlos Regazzoni: "La demanda de programadores cayó un 90% y va a ser peor"

El médico y exdirector del Pami analizó el impacto de la inteligencia artificial sobre el empleo, la universidad y la democracia. Advirtió sobre la concentración de la riqueza, el atraso en matemática de los estudiantes y las condiciones que necesita la Argentina para no quedar afuera. Este viernes 14 de agosto dará una charla en la nueva Legislatura de Córdoba.

Carlos Regazzoni, exdirector del PAMI Foto: Instagram (@regacarlos)

Carlos Regazzoni —médico, doctor en ciencias biomédicas y ex titular del Pami— pasó por ‘Es por Acá’, en Punto a Punto Radio (90.7), de cara a la charla que ofrecerá el viernes 14 en la nueva Legislatura de Córdoba, sobre inteligencia artificial, universidad y el futuro de la cuestión social. La actividad la organiza el legislador Oscar Agost Carreño, presidente del bloque del PRO. En el diálogo, Regazzoni combinó su mirada sobre la revolución tecnológica con su experiencia en la gestión de la salud pública.

—¿Estamos los argentinos generando divisas gracias a la creatividad y a la economía del conocimiento?

—Hay un crecimiento de la economía del conocimiento, es verdad, y eso es muy positivo. Pero conviene no ser exitista. En toda América Latina, de México para el sur, no se ha desarrollado ningún modelo fundacional de inteligencia artificial y hay apenas 10 supercomputadoras. Para comparar: en Estados Unidos hay 160 y otro tanto en China; Brasil tiene nueve y Argentina, una sola, que además creo que se está desactivando. La industria del conocimiento crece y Córdoba probablemente tenga un rol importante en eso.

 

El fin del programador 

 

—El presidente del clúster tecnológico contaba que procesos de software que antes llevaban meses hoy se resuelven en semanas. Muchos universitarios se preocupan, y el rector Boretto habló de “humanizar” la universidad. ¿Cómo lo ve?

—Es un tema de enorme dificultad. La caída en la demanda de programadores y de gente que escriba código es del 90% y va a ser peor. Lo que antes le tomaba semanas o meses a un programador, hoy se resuelve en horas, gracias a los modelos americanos —especialmente Claude y OpenAI— y a los chinos, como Qwen y Kimi. El programador pone en lenguaje natural lo que necesita y del otro lado le sale el código; después hay correcciones, por supuesto. Va a haber que cambiar el perfil de las carreras: ¿qué sentido tiene estudiar seis años programación si después la máquina lo hace en minutos? Además el impacto laboral es inmenso. En la India, el recorrido más habitual de un joven era entrar al Instituto Tecnológico de Bangalore, graduarse, trabajar en las grandes empresas de software y llegar a CEO. De las 10 tecnológicas más grandes del mundo, ocho o nueve tienen CEO de origen indio. Eso desaparece, porque la demanda de esos ingenieros cayó de manera drástica. El desafío es doble: cómo hace el estudio universitario para recuperar la iniciativa en una sociedad donde el conocimiento era la forma de ascenso social.

—¿Y eso se resuelve con más Estado, con el Estado regulando?

—El Estado va a tener que regular, porque es una tecnología demasiado potente. Ningún país está diciendo lo contrario: Estados Unidos acaba de poner regulaciones estrictas y la Unión Europea, ni hablar. El inconveniente es cómo regular algo que avanza a semejante velocidad. Le doy un ejemplo: en 2023 y 2024 se graduaron unas 200 personas en un doctorado en inteligencia artificial en Estados Unidos, hoy el diploma más requerido y mejor pago del mundo. De esas 200, solo dos fueron al Estado; el resto se fue al sector privado, a empresas que pagan sueldos de estrella de fútbol. Entonces no va a haber gente para regular, y esa es la gran dificultad.

 

La corrupción que encontró en el Pami

 

—Usted conoce el Pami desde adentro. ¿Cuáles fueron las cuestiones buenas que hizo este gobierno para los afiliados?

—No soy un buen analista de lo que hace el gobierno, y menos del Pami, porque las medidas son buenas o malas según los resultados que dan. Pero creo que el principal mérito fue poner en tela de juicio las prácticas habituales de la salud. Hay 254 obras sociales sindicales: ¿todas son sustentables? Muchas no. Las que no lo son habría que liquidarlas y que los afiliados pasen a una que sí lo sea, porque a nadie le sirve un sistema que no puede pagar los beneficios. Al principio se pusieron firmes con el equilibrio de las cuentas del Pami, pero eso no llegó a buen puerto, porque el Pami tiene un problema estructural: el cambio demográfico. Con la cantidad de empleo informal y los nacimientos a la baja desde hace 15 años, el Pami ya es insustentable, y lo mismo va a pasar con el sistema jubilatorio. El financiamiento por una tasa sobre el salario hoy es absolutamente insuficiente.

—Un afiliado del Pami de hoy, ¿está mejor que uno del segundo gobierno de Cristina, en 2007-2008?

—En cuanto al acceso a los medicamentos y a los tratamientos, hay un problema difícil de resolver por la crisis de financiamiento. Pero en la época de Cristina había despilfarro. Cuando tomé el Pami, encontramos 2.500 personas fallecidas que hacía dos años seguían recibiendo insulina, la más cara de todas, y tiras reactivas para la diabetes. Un circuito de corrupción inmenso, que incluso involucró a una fábrica de troqueles truchos en la provincia de Córdoba; hubo tres allanamientos. Había personas que por cuestiones políticas recibían medicamentos gratis y eran titulares de matrículas de avión y lanchas deportivas. Con los bolsones de alimento del Pami se hacía política, y había oficinas usadas como unidades básicas. Lo vi con mis propios ojos: encontramos 16.000 sillas de ruedas archivadas cuando había dos años de espera.

—Estaban mejor, pero todo eso generó un mal presente.

—Se manejó con muchísima corrupción. A veces, lamentablemente, ajustar el cinturón es la única manera de cortar los negocios de la corrupción. Había 750 viajes de ambulancia por mes que no se hacían, estaban fabricados. Y no le quiero contar lo que había en Rosario. Hoy no sé cómo está, no puedo juzgar; en unos meses se verá.

—El gobierno de Milei muestra simpatía con los magnates tecnológicos. ¿Cómo ve esos gestos?

—Cuando uno dice “magnate tecnológico”, hoy habla de alguien que hizo un descubrimiento y revolucionó su disciplina. Los cohetes recuperables de Elon Musk bajaron a menos de la mitad el costo de lanzar satélites, y la constelación Starlink hace que hoy tenga internet en cualquier lugar del mundo, incluso en un avión a 10.000 metros de altura y 1.000 kilómetros por hora. Lo mismo pasa con los modelos de lenguaje: el caso de Dario Amodei y su hermana, con Claude, es una revolución. Dicho esto, la concentración de la riqueza es negativa para la democracia. La pregunta es cuánto tarda esa concentración en transformarse en una influencia política que desplace los intereses de la nación en favor de los más poderosos y en detrimento de los que menos tienen. Desde Aristóteles, la democracia necesita grandes clases medias, que son las que finalmente gobiernan: es el gobierno del hombre común, decía Ortega y Gasset. Los modelos chinos abiertos, como Kimi y DeepSeek, más baratos, son una forma de democratizar el acceso a estas tecnologías. Hay que buscar un equilibrio.

—Se dice que los modelos gratuitos se financian con recursos estatales y que deberían ir a un esquema de suscripción para ser autosustentables.

—Casi todos se pagan por suscripción, con alguna excepción como DeepSeek. Pero hay que ver dónde están radicados la mayoría de los datacenters y los grandes jugadores.

 

 

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Cuatro condiciones para no quedar afuera 

 

—Si le llega la carpeta para instalar un centro de datos, ¿qué hace primero? ¿Dice que no, analiza el impacto ambiental, o los espera con urgencia?

—Para desarrollar inteligencia artificial en la Argentina necesitamos por lo menos cuatro herramientas. Primero, promover las supercomputadoras y los centros de datos. Segundo, promover la energía limpia y la nuclear, en la que Argentina es pionera, porque si no, los centros de datos habría que hacerlos funcionar “con nafta”. Tercero, garantizar el acceso irrestricto de las universidades a esos centros de datos para tener laboratorios de inteligencia artificial propios, como se intenta en Córdoba, pero sin los recursos suficientes, que son inmensos. Sería como un impuesto: ponés el centro de datos, pero una parte de esa capacidad de cómputo se la das al mundo académico, para que tengamos modelos fundacionales propios. Y cuarto, sin la cual nada funciona: aumentar el nivel de matemática de los chicos en la escuela. La pregunta no admite un sí o un no. Argentina tiene problemas para sostener la luz en verano porque se corta el aire acondicionado; no podemos quedarnos afuera del progreso, pero el centro de datos solo es un commodity, no nos va a dar progreso per se. Nos lo va a dar dentro de una estrategia que promueva lo nuclear, los laboratorios universitarios y la matemática en la escuela. Hoy el 90% de los chicos tiene menos que satisfactorio en matemática y el 70% en la secundaria no puede resolver una regla de tres simple. Argentina está octava en América Latina, y América Latina está entera por debajo del promedio mundial.