El laberinto político peruano busca una salida hoy invisible en las urnas
El país que ha tenido ocho jefes de Estado en los últimos 10 años concurrirá hoy a la primera vuelta de una elección marcada por la fragmentación política. Se presentan 35 candidaturas presidenciales cuya intención de voto en ningún caso alcanza a un 15% del electorado.
Perú, el que dos siglos atrás fuera liberado del dominio español por José de San Martín; el país de la región que tradujo en hechos concretos y no meras declamaciones vacías su apoyo a la Argentina en la Guerra de Malvinas; la nación a la que el gobierno de Javier Milei y su Ministerio de Economía han puesto más de una vez como el modelo a seguir e imitar, va hoy a las urnas en un escenario de fragmentación política y fragilidad institucional sin precedentes.
En estos comicios singulares, enmarcados por el descrédito de la clase dirigente y la apatía o el cansancio de los votantes, 27,3 millones de los casi 35 millones de peruanos que habitan su país o residen en el exterior están llamados a elegir un nuevo gobierno entre 35, sí ¡treinta y cinco!, candidaturas presidenciales.
De acuerdo con los números que se barajan en todos los sondeos, ningún aspirante reúne más de un 15 por ciento de intención de voto y hasta hoy un 17 por ciento de los consultados se manifestó indeciso o dejó abierta la posibilidad de votar en blanco. Si ningún candidato o candidata logra más del 50 por ciento de los sufragios válidamente emitidos en este primer turno, las dos candidaturas más votadas animarán una segunda vuelta decisiva el domingo 7 de junio.
Además de la presidencia, estarán en juego 190 bancas del Congreso, cuyo poder real ha sido innegable en la convulsionada última década (el Legislativo vuelve a ser bicameral), y un puñado de escaños en el Parlamento Antino.
La cantidad de aspirantes a encabezar el Ejecutivo denota las falencias del sistema político que ha visto pasar con mayor o menor fugacidad como inquilinos de la Casa de Pizarro a ocho presidentes en los últimos 10 años. El último gobernante peruano que completó su mandato fue Ollanta Humala, entre 2011 y 2016. Pero este ex militar y su esposa, Nadine Heredia, figuran en la lista de exmandatarios que afrontaron causas y/o condenas judiciales por diversos motivos.
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Desde Alberto Fujimori, quien gobernó toda la década de los ’90 y fue preso por crímenes de lesa Humanidad y corrupción, pasando por Alejandro Toledo, que buscó evitar la cárcel refugiándose en Estados Unidos, o Alan García, quien el 17 de abril de 2019 eligió quitarse la vida antes que entregarse a los policías que iban a apresarlo salpicado por la trama peruana del caso Odebrecht, todos los jefes de Estado vieron manchadas sus fojas de servicios a la patria con distintas imputaciones y condenas.
Récords de inestabilidad política
Desde 2016 hasta hoy hubo dos elecciones presidenciales: la que ganó ese año el empresario Pedro Pablo Kuczynski; y la de 2021, en la que se impuso el maestro rural izquierdista Pedro Castillo, cuyo mandato debería haberse extendido hasta el próximo 28 de julio. Sin embargo, los enfrentamientos políticos, el peso de un Congreso con suficientes atribuciones como para refrendar o derrocar a mandatarios con escaso respaldo parlamentario y un esquema donde la política, los partidos y la voluntad popular sucumben ante el poder real que actúa tras bambalinas, derivaron en un escenario en el que Perú batió récords de asonadas, destituciones o vacancias, acusaciones de golpes fallidos, golpes perpetrados y presidencias fugaces.
Así, Kuczynski o “PPK”, sólo duró en la Casa de Pizarro un año y 236 días. En su lugar asumió Martín Vizcarra, quien gobernó dos años y 231 días. Luego llegó Manuel Merino, pero apenas estuvo en el cargo cinco días. Tras él, Francisco Sagasti completaría los 252 días restantes del fallido período presidencial de 2016-2021.
Pedro Castillo inauguró un nuevo mandato constitucional de cinco años, tras vencer en balotaje y asumir el 28 de julio de 2021. Pero fue derrocado un año y 132 días después, acusado de querer perpetrar un autogolpe cerrando el Congreso, al que a su vez el presidente depuesto sindicó como brazo ejecutor de una conspiración en su contra. Después de Castillo asumió con mano de hierro y fuerte represión Dina Boluarte, la vice que lo traicionó y ejerció el poder hasta ser destituida, dos años y 306 días después. A Boluarte le siguió el 10 de octubre pasado José Jerí, vacado por el Congreso el pasado 17 de febrero. Desde entonces, encabeza el Ejecutivo José María Balcázar, quien deberá guiar esta transición hasta que en julio, si antes no ocurre nada raro, entregue el mando a quien resulte triunfador de estas presidenciales que casi con certeza tendrán balotaje.
Con pronósticos reservados
El analista político peruano César Hildebrandt aludió a los comicios de hoy como “las elecciones de la decepción” y anticipó que de ellas se pasará una segunda vuelta en la que la gente votará “con la nariz tapada, la ilusión rota y el miedo al futuro”.
Para Hildebrandt, de estos comicios surgirá muy probablemente otra presidencia débil frente a un parlamentarismo de facto y entre los candidatos que visualizó en segunda vuelta citó a Keiko Fujimori, cuyo pasado y presente fustigó; a Carlos Álvarez, a quien definió como un “cómico fujimorista que se burlaba de los opositores a Fujimori”, y a Roberto Sánchez, un izquierdista que se reivindica como heredero de Pedro Castillo, pero a quien acusó de haber traicionado en su momento al exmandatario que hoy está preso.
Perfil Córdoba consultó a los también periodistas peruanos Nurik Valenzuela y Javier Romero. “Más que la elección de autoridades, lo que está en juego es la capacidad del país de recuperar gobernabilidad, confianza institucional y que sea un gobierno que cumpla su período de cinco años. Estos comicios representan una oportunidad para reordenar la relación entre ciudadanía, Estado y política, en un contexto marcado por fragmentación, crisis de representación y desafección. También está en disputa el rumbo del país en términos de estabilidad económica, reglas de juego para la inversión y capacidad de ejecutar políticas públicas, especialmente en sectores clave como infraestructura, seguridad, desarrollo productivo y reducción de pobreza”, consideró Valenzuela.
“Creo que hoy se juega restablecer la estabilidad de la política de nuestro país, de nuestras instituciones que han estado en fricciones, con constantes cambios de gobiernos que sólo han afectado y en todo caso empeorado esta crisis que tenemos desde hace décadas. Esta elección puede determinar la dirección como país, con un gobierno más estable, más sólido y con mayor visión de futuro, más allá de las confrontaciones entre partidos”, sostuvo Romero desde Lima.
Acerca de posibles resultados de la elección de este domingo, Valenzuela visualizó que la fragmentación se proyectará hacia el balotaje. “Todo apunta a que el proceso derivará en una segunda vuelta altamente fragmentada, donde más que una competencia entre propuestas, veremos un enfrentamiento marcado por el antivoto. Es decir, los candidatos que avancen no necesariamente lo harán por un respaldo sólido, sino por ser percibidos como el ‘mal menor’. Ello anticipa un gobierno con legitimidad limitada desde el inicio y con el desafío inmediato de construir confianza en un contexto de alta polarización”, afirmó la periodista.
Romero, a su vez, conjeturó: “Hasta el momento todo indica que Keiko Fujimori va a ir a la segunda vuelta; es la única que estaría asegurada, según los sondeos que se dan de manera interna a los medios de comunicación. El segundo lugar está muy peleado y creo que hay un triple empate entre el comediante Carlos Álvarez, Rafael López Aliaga, ex alcalde de Lima, y Ricardo Belmont, que también fue alcalde de la capital y es un personaje que ha aparecido de atropellada, gracias al impulso de las redes sociales que han sido acá fundamentales, y en buena parte por la estrategia de su hija, que es una conocida youtuber y lo ha hecho más visible en ese segmento que es dominado por los jóvenes”.
¿Dónde queda la democracia?
Con este panorama de fragmentación, volatilidad e inestabilidad política, se impone la pregunta acerca de la valoración que los peruanos tienen de su democracia.
“Hoy es claramente crítica, pero no de rechazo. Los peruanos siguen creyendo en la democracia como sistema, pero están profundamente insatisfechos con su funcionamiento en la práctica. Existe una percepción extendida de que las instituciones no representan ni resuelven y, que están de espaldas a la ciudadanía. Durante décadas, se ha insistido en que el Estado debe estar al servicio del ciudadano; sin embargo, persisten brechas evidentes en servicios básicos que deberían ser de calidad, como la salud, la educación y la infraestructura de agua y saneamiento. A ello se suma, en los últimos años, el incremento sostenido de los niveles de criminalidad en el país, junto con una preocupante tolerancia a la corrupción”, dice Nurik, quien acota que “este escenario explica la desconfianza hacia los partidos, el Congreso y la clase política en general”.
“No obstante, no se observa una ruptura con la democracia como sistema. Por el contrario, lo que predomina es una demanda ciudadana cada vez más clara por una democracia que funcione mejor: más representativa, más eficiente y capaz de ofrecer resultados concretos para la población. Lo que esperan los ciudadanos es un Estado que lleve bienestar para todos, el problema es que no hay una figura que lidere ese objetivo, menos aún si los partidos tienen en sus filas a gente con pocos galardones y muchos cuestionamientos”, concluyó Valenzuela.
“Lamentablemente la ciudadanía ve a la democracia como muy golpeada, maltratada, flagelada o muy débil, debido a toda esta inestabilidad, los constantes cambios, las confrontaciones tanto del Ejecutivo como del Congreso o los cuestionamientos de poderes, como el Poder Judicial, el accionar del Ministerio Público o la Fiscalía. Han sido años de inseguridad, que se ha desbordado y ha generado una situación casi incontrolable de violencia, extorsión, sicariato, y la presencia de bandas criminales nacionales e internacionales que se han expandido en toda la capital y principales ciudades del Perú. Eso ha generado decepción de la población, que ya no confía en sus instituciones para resolver problemas sensibles”, opinó Romero.
Y añadió: “Una población que tampoco confía mucho en la policía… Esa es la situación que ve el peruano de a pie, el trabajador, una democracia muy debilitada e instituciones totalmente corrompidas y frágiles para enfrentar los problemas que afectan al país. Lo único que se mantiene increíblemente es la estabilidad económica en estas más de dos décadas, gracias a la presencia de Julio Velárdez el presidente del Banco Central, quien quizá si se hubiera postulado a la presidencia sería el candidato con más consenso y aceptación”.
Perú y su laberinto político e institucional, el país al que cierto establishment económico vernáculo pondera por su estabilidad macro económica, el que desnuda cada tanto sus desigualdades en un estallido de furia en las calles, vuelve a ejercitar con el sufragio una voluntad que en estos años ha sido tantas veces vulnerada.
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