Aniversario

Dresde, 1945: cuando del cielo cayó el fuego 

Entre el 13 y 14 de febrero de 1945, más de mil bombarderos Aliados atacaron la ciudad alemana, arrojando unas mil toneladas de bombas, convencionales pero también incendiarias, causando la muerte de 25 mil personas y pulverizando una ciudad que brillaba como la perla de la arquitectura barroca.

Vista de la ciudad destruida desde la torre del ayuntamiento. Foto: Wikipedia Por Bundesarchiv, Bild

Nubes y pájaros conviven en las alturas, mientras llegan las otras aves de acero, que descargan bombas rabiosas de fuego. Más de mil bombarderos de la Real Fuerza Aérea Británica y de Estados Unidos atacan Dresde, entre el 13 y el 14 de febrero de 1945, en el final de la Segunda Guerra Mundial. La flota angloestadounidense arroja alrededor de 1.000 toneladas entre bombas convencionales e incendiarias. Mueren alrededor de 25.000 personas.

Antes de la masacre, la ciudad de Dresde, en Sajonia, brillaba como perla de la arquitectura barroca a orillas del este del río Elba; por su belleza, se la llamaba "la Florencia del Elba". El tesoro cultural que la ciudad albergaba quizá hizo suponer a muchos que era un lugar seguro. Se rumoreaba que, si los aliados respetaban Dresde, la Luftwaffe (la Fuerza Aérea Alemana) no bombardearía Oxford. En el momento del gran bombardeo, Dresde acogía a numerosos refugiados en una ciudad de más de 600.000 habitantes. Muchos de los que buscaban refugio escapaban de los rusos que avanzaban sobre Silesia desde el Este.

Ya a fines de 1944, Dresde empezó a vibrar por el martillo explosivo de los bombardeos, que alcanzaron una refinería de petróleo, algunas industrias, una fábrica de armas, y la estación ferroviaria Friedrichstadt y otros objetivos. Entonces, murieron ya algunos cientos de personas. Hoy, la extrema derecha alemana, revigorizada por el reciente aumento de la presencia parlamentaria de Alternativa para Alemania (AfD), continúa la apropiación política del feroz bombardero ya iniciada por los neonazis en tiempos de la posguerra.

Desde esta interpretación, Dresde es una ciudad inocente y mártir, recordada en los aniversarios de la matanza por una "marcha fúnebre" en la que se denuncia la gran matanza de los Aliados.

Una posición que insiste en que el terror vertido en una ciudad sin valor estratégico militar relevante, constituye un crimen de guerra. En contra de cálculos más actuales, un reporte de 2010 por ejemplo, se regresa a una cifra de las víctimas mucho más elevadas, alrededor de 100000 o 200.000, lo que sitúa el bombardeo en Dresde en una escala mayor a Hiroshima (70.000) y Nagasaki (40.000), o los bombardeos convencionales de Tokio (alrededor de 100.000) y Hamburgo (40.000).

El uso político de la devastación de Dresde busca debilitar la cultura democrática germana del arrepentimiento por el Holocausto en favor de una minimización de las consecuencias del mal nazi. Se olvida aquí que la guerra fue iniciada por la oscuridad expansionista y antisemita hitlerista y que, a la hora de los bombarderos de la indefensa población civil, desde el aire el nazismo ya había masacrado las ciudades de Guernica, en la Guerra Civil Española, y Rotterdam, Londres, Coventry, Varsovia o Stalingrado, cuando ya bramaba la Segunda Guerra Mundial.

Más allá de su manipulación política, Dresde es recuerdo de la brutalidad de la guerra. Y su pasado violento mantiene viva la controversia sobre la necesidad, o no, de la gran tormenta asesina que destruyó, completamente, su centro histórico.

 

La tormenta de fuego y "Bomber Harris" 

En la noche del 13 de febrero, llegó al cielo de Dresde una flota de aviones Avro Lancaster luego de un viaje de mil cien kilómetros desde Inglaterra. Su primera acción fue iluminar la ciudad con unas bengalas de magnesio llamada “árboles de Navidad”.

El bombardeo de Dresde encendió una tormenta de fuego, un fenómeno meteorológico artificial generado por las bombas incendiarias de fósforo y magnesio que quemaron a personas, animales, edificios. Así se produjo un "efecto chimenea": el calor extremo hizo que el aire se elevara con gran rapidez, el vacío provocado succionó aire fresco de las afueras con la fuerza de un huracán. Esto creó un fuego de temperaturas superiores a los 1,000 °C, que derritió cristales y metales, y convirtió los refugios subterráneos en "hornos".

Vientos enérgicos se desplazaban hacia el centro del incendio con una fuerza tan potente que arrastraban, en especial a niños y ancianos, directamente hacia el infierno de las llamas en las calles, entre asfaltos derretidos y ardientes. En las zonas castigadas por este fenómeno se consumió casi todo el oxígeno. Muchos murieron en los búnkeres no calcinados por las llamas, sino por asfixia o envenenamiento por monóxido de carbono.

Todo el casco antiguo se destruyó, lo mismo que aproximadamente el 60% de la ciudad.

Tres horas luego del primer ataque, una segunda oleada de bombardeos destruyó a los equipos de rescate y de bomberos. Eso también fue planeado para fortalecer el efecto aniquilador que incendió a las multitudes civiles. El segundo día de bombardeo, las alarmas sonaron, pero accionadas a mano, dado que ya no había energía eléctrica, ni agua.

Un testimonio directo de la masacre incendiaria fue el de Víctor Klemperer (1881-1960), escritor, periodista, filólogo y profesor universitario alemán en la Universidad de Dresde, declarado increíblemente “no alemán” por su condición de judío bajo la oscuridad nazi. En 1947 publicó LTI. La lengua del Tercer Reich: apuntes de un filólogo, en el que analiza el uso del lenguaje en la propaganda nazi, al que llama burlescamente en latín «Lingua Tertii Imperii» («La lengua del Tercer Imperio», LTI). El periodista británico Max Hastings recogió su testimonio en su diario:  

"Delante de mí había un gran espacio vacío, en medio de él, un enorme agujero. Estruendos, luz como si fuera de día, impactos… No pensé nada, ni siquiera tuve miedo, solo una enorme tensión dentro de mí, creo que esperaba el final". Pero Klemperer sobrevivió y logró escapar con su esposa antes de ser deportado a algún campo de concentración.

Arthur Travers Harris, el jefe de la Real Fuerza Aérea Británica (RAF), con el consentimiento de Churchill, ordenó el bombardeo de Dresde y otras ciudades alemanas. Harris impulsó el "bombardeo de área", o “bombardeo de alfombra” (carpet bombing) para destruir no solo objetivos militares sino también la moral y la capacidad de resistencia de la población civil. Harris fue el Comandante en Jefe del Comando de Bombarderos de la RAF desde 1942 hasta el fin de la guerra. Su estrategia fue muy diferente a la del anterior jefe de la fuerza aérea, Sir Richard Peirse, que propugnaba el “bombardeo de precisión” acotado a objetivos específicos y circunscriptos. Entre octubre de 1944 a mayo de 1945, los bombardeos aliados no tuvieron restricciones en su capacidad de devastación, aunque ya antes, en 1942 se destruyó la ciudad de Colonia, solo se salvó, famosamente su catedral; o los bombardeos a Lübeck, la noche del 28 al 29 de marzo de 1942, el primer ataque masivo exitoso contra una ciudad alemana; o la "Operación Gomorra" y su brutal embestida en Hamburgo (1943).

El liderazgo de Harris fue alabado, pero hoy, y ya en su tiempo, una importante interpretación histórica lo considera un criminal de guerra. Por sus bombarderos sistemáticos a las ciudades alemanas, Harris recibió dos apodos de guerra: Harris “Bomber”, el bombardero, y Harris “The Butcher”, el carnicero. Sobre los ataques masivos, Harris, escribió que éstos eran “justificables en tanto y en cuanto ayudan a acortar la guerra y salvar vidas de soldados aliados (…) Para mí, personalmente, todas las ciudades alemanas que quedan no valen lo que los huesos de un solo granadero británico (…) Dresde era una aglomeración de fábricas de munición, un centro administrativo intacto y un nudo de comunicaciones básico para el transporte hacia el Este. Ahora ya no es nada de eso”.

Miles de civiles alemanes no valían más que un modesto soldado de Gran Bretaña. El menosprecio de la vida ajena del enemigo ocultaba también, tal vez, un ánimo de revancha luego de los bombarderos devastadores de la Luftwaffe durante la llamada Batalla de Inglaterra, en 1941. En un principio, Alemania atacó solo posiciones estratégicas en retaguardia de la logística inglesa para su debilitamiento previo a su invasión. Churchill con una desesperada astucia, pergeñó una respuesta: bombardear Berlín, el 25 de agosto de 1940, para enardecer a Hitler y para que éste ordenara atacar a Londres, olvidándose de la industria y las pistas aéreas. Lo consiguió. La Alemania nazi entonces castigó con ferocidad a Londres y destruyó totalmente a Coventry. Allí comenzó la espiral de los bombardeos, sin limitaciones, a las poblaciones civiles, que primero sufrieron los ingleses.

Pero si los grandes ataques a Dresde y otras ciudades alemanas estaban manchados de revanchismo más que de justificación militar, al final, el propio Churchill manifestó sus dudas. Cuando terminaron los vuelos de la muerte sobre Dresde, Churchill estaba de regreso de las reuniones de Yalta, en la que, junto con el presidente de Estados Unidos, Franklin Roosevelt, y al líder soviético José Stalin, participó en el rediseño geopolítico de la Europa de la posguerra.

Y el 28 de marzo de 1945, un mes y medio después del bombardeo asesino sobre Dresde, Churchill envió un telegrama al general Hastings Ismay, que era también una comunicación a toda la cúpula de los más altos jefes de estado mayor de Gran Bretaña:

“Pienso que ha llegado el momento de replantearse la cuestión de bombardear las ciudades alemanas con el mero propósito de propagar el terror o bajo otros pretextos. De lo contrario, al final sólo controlaremos un país completamente arrasado (…) La destrucción de Dresde pone seriamente en entredicho la conducta de los Aliados en lo referente a bombardeos…percibo la necesidad de una concentración más precisa en objetivos militares, tales como combustible y comunicaciones en la retaguardia de la zona donde se esté combatiendo, en lugar de meros actos de terror y de destrucción gratuita, por impresionantes que éstos puedan parecer”.

El propio primer ministro de Gran Bretaña, entonces, fue de los primeros en arrojar cuestionamientos sobre la política terrorista de los bombardeos. Se hizo eco, así, de numerosas críticas que surgieron dentro de la propia Inglaterra, y a nivel de la Cámara de los Comunes en el Parlamento inglés respecto a la inmoralidad de los golpes asesinos desde el aire.

 

La polémica de los historiadores

Después del bombardeo a Dresde, sin ninguna investigación previa, la recién mencionada cifra de doscientas mil víctimas fue difundida por Joseph Goebbels, el jefe de la propaganda nazi. Se publicó también un panfleto, titulado “Dresde. Masacre de refugiados”, con la foto de dos niños calcinados. Claramente, se buscaba criminalizar a los aliados, e indicar, con total cinismo, su incumplimiento de las convenciones de Ginebra.

A partir de 1993, mediante documentos sobre enterramientos en los cementerios locales luego del gran bombardero, y por un informe de la policía regional, se determinó el número de las víctimas en alrededor de veinticinco mil.

La justificación del ataque de "la Florencia del Elba" es foco de controversia entre historiadores. Por un lado, se encuentran los defensores de la inutilidad de la agresión por su carencia de importancia militar. En esta senda, se ubican David Irving, o Alexander McKee, y otros.

David Irving, exponente inaceptable del negacionismo del Holocausto, en La Caída de Dresde (1963), alega que Dresde era una "ciudad abierta", carente de industrias de guerra destacables. Una decisión de aniquilación produjo su bombardeo, cuyo número de víctimas asciende a 200,000 o más. Richard Evans, historiador autor de El Tercer Reich en la Historia y la Memoria, afirma que las cifras de víctimas de Irving son exageradas, y se hacen eco de la Propaganda Nazi, antes mencionada, para victimizarse y desviar la atención de sus propios crímenes.

Alexander McKee, un historiador británico, en Dresden 1945: The Devil's Tinderbox, cuestiona el bombardero aliado. Aun cuando se acepte la justificación de un ataque para destruir nudos ferroviarios y comunicaciones de valor estratégico, las bombas incendiarias aniquilaron el centro histórico que se encontraba lejos de las estaciones de tren de la periferia. Esto evidencia que el objetivo era la población civil y no la destrucción de recursos militares.

Otro historiador alemán, Jörge Friedrich, en El Incendio: Alemania bajo los bombardeos 1940-1945 (Taurus, 2002) asegura que, para febrero de 1945, la Wehrmacht estaba colapsada. Destruir centros históricos y poblaciones civiles no era una exigencia bélica real, por lo que el ataque aéreo obró como una forma de "terrorismo de estado". A esta argumentación se suma Michael Walzer, en Guerras justas e injustas. Un razonamiento moral con ejemplos históricos (Paidós, 2002). El bombardeo de Dresde es "moral y probablemente militarmente injustificado". Para esto, Walzer recuerda el cálculo utilitarista que se esgrimió para justificar las matanzas: “Los bombardeos sobre las ciudades, afirmaron hombres como Harris, acabarían con la guerra en menos tiempo de lo que costaría hacerlo de otra manera y, además, pese a la gran cantidad de víctimas civiles que causaban, lo harían con un menor coste en vidas humanas”. Pero, ante esto, Walzer objeta que “la deliberada matanza de hombres y mujeres inocentes no se puede justificar simplemente porque sirva para salvar las vidas de otros hombres y mujeres”. Además, para febrero de 1945, ya se sabía que la derrota alemana era inevitable, por lo que la incendiaria exterminación de civiles configuró un "bombardeo de terror".

Pero quien se opone a todos estos argumentos es Frederick Taylor, en su libro Dresde: el bombardeo más controvertido de la Segunda Guerra Mundial (Martínez Roca, 2005). Aquí, sostiene que, en contra de la imagen mítica de Dresde como ciudad puramente artística e indefensa, ésta era “una de las principales zonas industriales del Reich”, y “una ciudad altamente militarizada, activamente involucrada en la producción de armamentos militares y comunicaciones, oculta bajo la elegancia cultural por la cual la ciudad era famosa".

En 1945, Dresde era un importante nudo ferroviario del Reich. Por sus vías transitaban tropas a los territorios de combate, y los deportados a los campos de exterminio. Sus vías se mantenían aún en funcionamiento. En su investigación, Frederick Taylor menciona un informe oficial del alto mando del ejército alemán, que alude a más de cien fábricas y talleres que abastecían a su aparato de guerra. Entre esa fuerza industrial había industrias no bélicas, pero también fábricas de maquinaria pesada, de mecánica de precisión y óptica, o una industria química que producía gas venenoso; todas orientadas a satisfacer requerimientos militares, que usaban mano de obra esclava procedentes de los campos de concentración nazis; por lo que Dresde era: "... una de las ubicaciones industriales más importantes del Reich, fabricando desde visores ópticos para cañones hasta municiones".

Sin embargo, esto no anula que, en febrero de 1945, Alemania carecía del poder de organizar cualquier contraofensiva, en el frente occidental u oriental. Además, el uso de tormentas de fuego aseguraba más la destrucción masiva de civiles antes que la neutralización de fábricas específicas.

 

El bombardeo desde el arte

Unos meses después del bombardeo, volvió a la ciudad Richard Peter, un fotógrafo que obtuvo numerosas imágenes del paisaje urbano en ruinas. Subió hasta lo alto de la torre del ayuntamiento, aún en pie, y obtuvo la imagen icónica de la Dresde destruida: la Estatua Güte (El bien o la bondad) de August Schreitmüllerde, que mira hacia un lado, frente a decenas de edificios destruidos.

Peter también fotografió a un alemán regando unas plantas entre escombros, y un pintor recreando con su arte lo que queda de un palacio japonés en la ciudad.

En 1960, un gran músico visitó una Dresde en proceso de reconstrucción durante la etapa soviética. Era Dmitri Shostakovich quien, inspirado en el horror del ayer, compuso su cuarteto de cuerdas N°8.

Unos años después, el escritor estadounidense Kurt Vonnegut Jr. escribió la notable “Matadero 5” (1969). Vonnegut estuvo en Dresde como prisionero de guerra. Sobrevivió al ataque. Conoció de forma directa la atrocidad, apiló cadáveres. En su obra, aclara que "cuando me puse a pensar en Dresde las palabras no acudían a mi mente, al menos no en el número suficiente para escribir un libro”.

En “Matadero 5”, Kurt Vonnegut recrea lo que presenció mediante su alter ego, el protagonista Billy Pilgrim, un soldado que sobrevive refugiado en un sótano y luego en un matadero. Entonces, la ciencia ficción timonea la narración en secuencias no lineales y fragmentarias para transmitir lo absurdo, el caos, brutalidad y confusión que decapitan la vida humana entre las guillotinas bélicas; estrategia literaria para obturar cualquier glorificación de la guerra y subrayar lo anti-épico; de hecho, Billy es un soldado poco heroico que sobrevive por casualidad.

Dentro de la linealidad que se trastoca se incluye a los Tralfamadorianos, extraterrestres que entienden que el tiempo se compone de fragmentos que coexisten, de modo que la guerra que mancha de sangre todos esos momentos siempre ha existido, existe y existirá; el sufrimiento y lo absurdo se revelan inevitables.

El recuerdo del bombardeo de Dresde también es parte del disco The Final Cut, de Pink Floyd; y, hoy, la ciudad bombardeada también alimenta la evocación artística, como la muestra del artista plástico argentino Sebastián Spreng, de 61 obras en el Museo de Arte Lowe de la ciudad de Miami, Estados Unidos, en 2018; obras realizadas a través de un iPad, organizadas según los cantos de la Divina Comedia de Dante Alighieri e impresas luego en aluminio para evocar la destrucción; imágenes de la ciudad devastada, grávidas de un aura espectral e inquietante.

 

La reconstrucción, la resurrección

La biblioteca de Dresde fue severamente dañada y se perdieron colecciones, manuscritos, mapas y libros raros; también se destruyeron miles de obras de artes y grabados. Lo irrecuperable.

Pero por el ancestral espíritu del Fénix, parte de lo despedazado, de a poco, recuperó el frescor de un renacimiento. El reverdecer de Dresde comenzó en la posguerra de la Alemania dividida. Bajo el régimen comunista de República Democrática Alemana (RDA), se reconstruyó el Neumarkt, el centro histórico con influencia del realismo socialista; y se decidió dejar la "Frauenkirche", la Iglesia de Nuestra Señora, totalmente destruida, en ruinas, como símbolo permanente de la masacre. Esta decisión se anuló después de la Reunificación alemana (1990). Entonces la gran iglesia renació mediante piedras originales y nuevas piezas, y financiación internacional. Como una redención, los británicos financiaron la nueva cruz.

Luego de demolición de viejos edificios dañados e irrecuperables, muchos fueron reconstruidos. La grandeza artística de la ciudad renació en la diversidad de sesenta museos, treinta y cinco teatros, colecciones pictóricas, orquestas. La famosa Escuela de Bellas Artes (Hochschule für Bildende Künste Dresden - HfBK) o Universidad de Bellas Artes de Dresde, fundada en 1764, también fue alcanzada. Gran lugar de la enseñanza artística, tuvo grandes artistas como profesores, por ejemplo y entre otros, Canaletto, Caspar David Friedrich, Oskar Kokoschka y Otto Dix. Hoy, restaurada, la cúpula de cristal de la Escuela de Bellas Artes,  conocida como Prensa de Limón, está coronada por una dorada estatua de Pheme o Fama.

Antes, la música vibró con gran fuerza en el Dresde del siglo XVII, convertido en gran centro del barroco musical a través de la influencia de Vivaldi. Para la orquesta de la ciudad, el gran veneciano, compositor de Las estaciones, escribió Concierto "per S. A. R. di Sassonia" (RV 576) y el Concierto "per l´Orchestra di Dresda" (RV 577). Su buen amigo, el violinista alemán Johann Georg Pisendel difundió su música en la “Florencia del Elba”.

La Ópera Semper (la Sächsische Staatsoper Dresden, literalmente «Ópera estatal sajona de Dresde»), es uno de los grandes edificios de la arquitectura teatral mundial, diseñado por el arquitecto Gottfried Semper; lugar del estreno de algunas de las mejores óperas alemanas, tres de Richard Wagner y la mayoría de las de Richard Strauss.

La Ópera Semper, también destruida en el bombardeo, fue reconstruida en 1986. En su reapertura sonó la ópera Der Freischütz (El cazador furtivo), de Carl Maria von Weber. Una función simbólica, porque esta obra fue la última que deslumbró al público antes del cierre del teatro el 31 de agosto de 1944.

Lo que antes se mostraba en ruinas tras la famosa foto del mencionado Richard Peter de la estatua del ayuntamiento, hoy exhibe edificios, calles diversas, estacionamiento, regiones arboladas. La reconstrucción de Dresde concluyó en 2005. La resurrección.

 

Un símbolo, lo imborrable

El ataque en Dresde es un símbolo del huracán aniquilador de todas las guerras; y, más aún, de la paradoja de la devastación y la reconstrucción. 

Lo material destruido puede reedificarse, pero no así las vidas arrojadas a las hogueras del exterminio. Por lo que, como símbolo, Dresde también representa los individuos irrecuperables, y muertos prematuramente.

Hoy, se puede caminar por las calles de Dresde. El día puede ser luminoso, pero al alzar la vista, siempre, en algún pliegue de la luz, imborrables, se desplazan los cientos de aviones con sus bombas ya en caída, y el viento caliente de la apocalíptica tormenta de fuego que hace arder al padre, los hermanos, los animales de la casa y las calles, la madre y sus hijos queridos. El pánico, la soledad, el final de los seres inocentes.

 

*Esteban Ierardo es filósofo, escritor, docente. Su página cultural es La mirada de Linceo: www.estebanierardo.com.