La ciudad pensada

El Greco en Buenos Aires: la obra maestra escondida en un palacio de Recoleta

En el Museo Nacional de Arte Decorativo, dentro del Palacio Errázuriz Alvear, se conserva una excepcional obra autógrafa de El Greco. Entre salones aristocráticos, tapices europeos y ecos de otro tiempo, “Jesús con la cruz a cuestas” mantiene viva en Buenos Aires la intensidad mística y revolucionaria del gran pintor cretense.

El óleo que muestra a Jesús en el Museo de Arte Decorativo no es de grandes proporciones: es de 79 cm de altura y 58 cm ancho. Se exhibe dentro de un rectángulo de cristal apoyado sobre un sostén de metal, y rodeada por un marco barroco, cuya dorada vivacidad realza el efecto emocional del retrato religioso del pintor. Foto: Laura Navarro

Un artista sobrevive en sus obras, y en los lugares donde estas se encuentren. Y El Greco permanece en una de sus obras, en la ciudad de Buenos Aires, en un museo alojado en un palacio.

El Greco (1541- 1614), el gran pintor cuya obra fulgura en el Manierismo tardío. Su verdadero nombre era Doménikos Thetokópoulos. Primero conoció el arte bizantino de los iconos de su Creta natal, en las que vivió hasta los veintisiete años. Luego incorporó el sensual cromatismo de la Escuela veneciana. Además de Venecia, en la Italia renacentista, El Greco también vivió en Roma. Finalmente, el viento del destino lo empujó hasta España. 

Durante las últimas décadas de su vida, creó muchas de sus piezas más significativas en la ciudad de Toledo. Una de ellas, la más célebre, es "El entierro del conde de Orgaz", situada en la iglesia de Santo Tomé. En un muro lateral a la entrada, el visitante contempla un estallido de belleza: un cielo que se abre sobre los asombrados testigos del milagroso ascenso del alma del conde a las radiantes alturas celestes. Otro de sus lienzos sobresalientes es "El expolio", un Cristo ataviado en un vivo color rojo —expresión de su pasión— que se encuentra en la Catedral toledana.

Las figuras corpóreas de El Greco son estilizadas, alargadas, refinadas. Su modo de representar los ojos, grandes, vidriosos y melancólicos, es emblemática. El Greco reclamó para el artista la dignidad del filósofo y del creador libre, ya no un mero sirviente de lujo para el clero y la aristocracia adinerada. 

En su pintura de temática religiosa, muchas veces sus personajes son representados suspendidos en ingrávida levedad, en una atmósfera fantástica e irreal que rompe las leyes de la perspectiva renacentista.

Y el artista está donde están sus obras. Una de las piezas de El Greco se encuentra en la ciudad de Buenos Aires, en el Museo Nacional de Arte Decorativo, ubicado en el Palacio Errázuriz Alvear (Av. del Libertador 1902).

Visitamos el museo. En una tarde de un cielo habitado por angostas nubes, el Palacio convive con su entorno de transeúntes, autos y edificios de estilos cuidados. No muy lejos se divisan la sede del Automóvil Club Argentino, el Instituto Nacional Sanmartiniano y la escultura "El arquero de San Sebastián", de Alberto Lagos, una figura clásica que, con gracia y fuerza, estira su arco. Ingresamos por una entrada que comunica rápidamente con salas que rebosan arte y una atmósfera vibrante de otro tiempo, más cercano a lo bello exquisito que el nuestro. Una inmensa lámpara pende del techo, rodeada de esculturas blancas y cadenciosas, mientras un gran recinto central decorado con monumentales tapices despliega sus complejas combinaciones de hilos. 

Marcela Retamar, guía del museo, nos informa: “Este museo es la concreción del sueño del matrimonio formado por Matías Errázuriz, un diplomático chileno que conoció y se casó en Buenos Aires con Josefina de Alvear, integrante de una aristocrática familia porteña”. En 1906, Errázuriz viajó a Europa para cumplir una misión diplomática encomendada por el gobierno chileno. Permaneció allí once años. Marcela agrega: “Durante esa estancia comenzaron a formar su colección de arte y surgió la atinada idea de construir su casa en Buenos Aires con el propósito de que, en algún momento, se convirtiera en museo”.

Para este fin, Errázuriz y Josefina de Alvear encomendaron la tarea creativa al arquitecto francés René Sergent. Así, la sucesión de salones se embellece con un repertorio de estilos decorativos que resplandecen en las salas actuales.

Concentramos, nuevamente, la atención en la gran sala central de museo. Aquí se encuentra la pintura de El Greco. En una de sus novelas, "Un novelista en el Museo del Prado" (1984), Manuel Mujica Láinez imagina vida propia para los personajes pintados del célebre museo en Madrid. Y como si adquiriera esa misma vida mágica, la pintura de El Greco parece animada y consciente, y nos pide un momento de contemplación.

La obra en cuestión es “Jesús con la cruz a cuestas”, un óleo sobre tela pintado por El Greco a finales del siglo XVI, inicialmente para la Iglesia de la Magdalena de Toledo. Sobre la obra, Marcela nos dice que “basándonos en la investigación realizada por Néstor Barrio, (licenciado en Artes Visuales, profesor en conservación y restauración en la UNSAM), en junio de 2006, esta obra fue adquirida por Matías Errázuriz en 1926. Hasta esa fecha, la obra formaba parte de la colección del Barón Herzog en Budapest. En 1937 tras la inauguración del museo, la obra se consolidó como la pieza más relevante de su patrimonio”.

Envuelto en una capa de gris oscuro y rojo con pliegues abrillantados por la luz, durante su calvario un Cristo sufriente soporta el peso de la cruz. Con sus ojos inundados de cielo, mira hacia lo alto. Su mirada irradia un deseo de trascendencia. Su dolor y esfuerzo se orientan hacia una esperanza inextinguible. Detrás, un fondo de nubes grisáceas impide reconocer formas, horizontes o perspectivas. Ese segundo plano devuelve al espectador hacia la actitud de elevación mística del Hijo de Dios.

El óleo que muestra a Jesús en el Museo de Arte Decorativo no es de grandes proporciones: es de 79 cm de altura y 58 cm ancho. Se exhibe dentro de un rectángulo de cristal apoyado sobre un sostén de metal, y rodeada por un marco barroco, cuya dorada vivacidad realza el efecto emocional del retrato religioso del pintor.

El Greco trabajaba con colaboradores en su taller, pero esta obra es autógrafa, íntegramente procedente de sus pinceladas, tal como nos confirma Marcela: “Si se considera que la mayor parte de la producción de El Greco se conserva en España, la presencia en nuestro museo de una obra autógrafa —sin intervención del taller— reviste un valor excepcional. Los estudios técnicos, que han revelado correcciones significativas, sugieren además que podría tratarse de una versión temprana de este tema. A ello se suma su buen estado de conservación, lo que convierte a la pieza en un verdadero hito dentro del patrimonio artístico argentino”.

Los estudios técnicos progresan con el examen radiográfico que permite reconstruir el proceso completo de la producción de una pintura, con sus capas de cambios, agregados, sustracciones. Así, en la pintura del Greco exhibida, se determinaron varias modificaciones en la representación del dedo mayor y en la pupila del ojo derecho, o en el perfil del hombro izquierdo. Entonces, Marcela Retamar nos agrega: “la magnitud de los cambios observados nos hace deducir que la pieza corresponde a un proceso de elaboración original y no a una copia, ya que las copias debían ser fieles a los exitosos originales que el público demandaba. Todo lo mencionado nos permite sostener que este cuadro pudo haber sido el primero de la serie".

En la ciudad de Buenos Aires, en el Museo Nacional de Bellas Artes, también reposa otra obra del Greco: "Jesús en el Huerto de los Olivos" (1600-1607). El Huerto de los Olivos, también conocido como Getsemaní, el sitio histórico y bíblico en el que, según los Evangelios, Jesús de Nazaret fue arrestado luego de la traición de Judas. La obra fue adquirida en Madrid en 1908. Año clave en la historiografía de El Greco. Porque, entonces, el historiador del arte Manuel Bartolomé Cossío, el llamado "redescubridor de El Greco", publicó su obra sobre la obra del cretense que contribuyó a su redescubrimiento y valorización luego de un largo tiempo olvidado.

En su libro, Cossío estima la obra de El Greco como revolucionaria. Y uno de los ejemplos de esta potencia es "La vista de Toledo" (1586-1600), una de sus obras más enigmáticas; uno de los primeros paisajes en la historia de la pintura occidental, en el que vibra una magnética, fantasmagórica y mística Toledo, bajo un cielo dramático y tormentoso, con el Alcázar y la Catedral, y el Río Tajo que discurre bajo el puente de Alcántara.

En 1962, otro historiador del arte, el estadounidense Harold Edwin Wethey, especialista en la vida y obra del Greco, publicó El Greco and His School, obra de gran resonancia en los círculos académicos de todo el mundo, y que creó un amplio catálogo razonado de Doménikos Thetokópoulos. 

En el Museo de Arte Decorativo, la obra del Greco es rodeada por valiosas colecciones que incluyen, entre muchas otras piezas artísticas, un reloj de bronce cincelado y dorado, de la época de Luis XVI, en Francia, en 1768, de un diseño atribuido a Jean Louis Prieur, uno de los artistas más destacados del periodo neoclásico francés; una colección de miniaturas, los tapices europeos del Siglo XVI ya mencionados, o mobiliario Luis XVI.

En un primer piso con corredores también circundados por tapices y maderas, se acomoda una sala, la única decorada en temprano Estilo Art Déco. Aquí, vibran las obras del artista catalán Josep María Sert, la serie "La comedia humana", con una combinación de personajes de la Comedia del Arte y de los Ballets Rusos de Sergei Diaghilev. Sert también le dio vida a un diseño integral del ambiente con un cielorraso azul y otros detalles. En una sala contigua, se oculta una biblioteca, en cuyos anaqueles se acomodan los tomos de una edición de la "Historia de Francia", de François Guizot.

Junto con Marcela Retamar, recorremos el museo, corredores velados a los visitantes; y hablamos con muchas de las personas que, a diario, protegen el patrimonio cultural exhibido. Son conscientes que trabajan dentro de un tiempo diferente al devenir cotidiano de los días. Y, en las noches, el museo vive su vida más secreta. Acaso se repiten entonces las reuniones aristocráticas de la familia Errázuriz-Alvear, cuando el lugar era su residencia suntuosa, atendida por un numeroso personal.

 Y en especial, durante las tormentas, los fantasmas juegan a correr entre los pasillos y los salones exquisitamente decorados.

Y entonces, los ojos melancólicos de la pintura del Greco ven a todas las presencias que viven en el lado oculto e invisible del museo. Y la mirada del Jesús pintado por Theotokópoulos, el griego, traspasa todas las formas. Y buscan al Dios de la infinita compasión.

 

*Esteban Ierardo es filósofo, escritor, docente; su último libro es La red de las redes, Ediciones Continente. Su página cultural es La mirada de Linceo: www.estebanierardo.com.