Cultura

Raizal: un festival para detener el tiempo y volver a leer la naturaleza

Este sábado 18 de abril, la Chacra Las Delicias será escenario de una jornada gratuita que reúne arte, ciencia y medioambiente con más de 25 actividades. Impulsado por Fundación Filba -junto a la chacra-, el encuentro propone reconectar con los sentidos, plantar, escuchar y habitar el paisaje desde la contemplación y la experiencia colectiva.

PARTICIPANTES. Arriba: la escritora Gabriela Cabezón Cámara y Francisco González Táboas, naturalista, observador de aves y guía; abajo: Alejandra Kamiya, escritora, y el escritor y artista plástico Iosi Havilio. Foto: Táboas: Romina Galeota Lencina; Kamiya: Lucía Prieto; Havilio: Mirko Havilio.

En tiempos atravesados por la urgencia y la velocidad, el Festival Raizal propone algo distinto: detenerse. Este sábado 18 de abril, desde la mañana hasta la caída del sol, la Chacra Las Delicias, en Exaltación de la Cruz, se convertirá en un territorio de encuentro donde el arte, la ciencia y la naturaleza dialogan sin apuro, como si el tiempo pudiera, al menos por un día, acompasarse al ritmo del paisaje.

Organizado por Fundación Filba junto a la chacra, el festival nace de una inquietud compartida: volver a conectar con lo sensible, con lo tangible, con aquello que muchas veces queda relegado en la vida cotidiana. En palabras de la directora del Filba, Amalia Sanz, “el proyecto del festival surge en diálogo con la Chacra Las Delicias y a partir de una inquietud compartida: la necesidad de reconectar con los sentidos, con lo tangible. Raizal propone acercarse al paisaje desde las artes y la literatura, permitiendo que sea el propio entorno el que oriente los ritmos y las formas”.

La propuesta, agrega Sanz, se planta también como una respuesta al presente: “frente a un contexto que privilegia la inmediatez y la utilidad, se busca recuperar el valor de la pausa, la contemplación y la apertura a lo imprevisible”. En ese espíritu, la jornada despliega más de 25 actividades que invitan a caminar, escuchar, escribir, observar y, sobre todo, participar. Porque en Raizal no se trata solo de asistir, sino de involucrarse: plantar un árbol, mirar el cielo, dejarse afectar por el canto de un pájaro o por el silencio.

La literatura será una de las puertas de entrada. La escritora Gabriela Cabezón Cámara protagonizará una entrevista abierta junto a Damián Huergo, en uno de los momentos más esperados del día. También habrá espacio para la poesía breve y contemplativa en el taller de haikus y lectura de tankas coordinado por Alejandra Kamiya, y para una experiencia más introspectiva en la propuesta de meditación y escritura en vivo de Iosi Havilio, acompañada por la música de Josefina Tai. Como si los libros también pudieran saborearse, una “cata” literaria guiada por Francisco González Táboas invitará a recorrer textos desde lo sensorial.

Pero Raizal no se queda en la palabra. A lo largo del día, la experiencia se expande hacia el cuerpo y el entorno: talleres de ilustración botánica, herbarios y plantas medicinales; caminatas de observación de aves; y hasta una invitación a levantar la vista y explorar el cielo con telescopios, guiados por especialistas. Escuchar también será una práctica: el taller de performance sonora de Federico Durand propone afinar el oído hasta que el paisaje se vuelva música.

En el corazón del festival late una acción concreta: la plantación colectiva de especies nativas. No es un gesto simbólico sino una práctica compartida que deja huella. A lo largo de tres momentos del día, quienes participen podrán poner en tierra árboles, arbustos y herbáceas, en una experiencia que combina restauración ambiental con una forma de aprendizaje sensible: entender el territorio desde las manos.

El arte, por su parte, se despliega integrado al paisaje. Las intervenciones no irrumpen, dialogan. Una instalación de hierro dibuja líneas en el horizonte, imágenes proyectadas tensionan la percepción y, en algún punto de la chacra, una gran pieza de arcilla toma forma lentamente, modelada en vivo como si el tiempo también fuera materia.

La construcción de este entramado no es casual. “La búsqueda estuvo orientada a construir un ecosistema diverso, reuniendo voces de distintos campos que trabajan desde la sensibilidad, la observación y el vínculo con lo vivo”, explica Sanz. “Más que generar explicaciones entre disciplinas, el interés está en propiciar desplazamientos, cruces inesperados y nuevas preguntas”. En esa línea, el festival se propone como un espacio para ensayar otras formas de pensar y de estar: “correrse de las lógicas hegemónicas”, dice, y abrirse a lo inesperado.

Hay, además, un espacio especialmente pensado para las infancias: una biblioteca de la naturaleza, talleres, juegos y exploraciones que invitan a descubrir el entorno con curiosidad. Porque si algo propone Raizal es justamente eso: volver a mirar como si fuera la primera vez.

Con entrada libre y gratuita, el festival se presenta como una invitación abierta a habitar el mundo de otra manera. No como espectadores, sino como parte de un entramado vivo. “La naturaleza, en su potencia cambiante, y el arte, en su capacidad de desbordar lo previsto, comparten una afinidad que impulsa esta propuesta”, resume Sanz. Tal vez, al final del día, la pregunta inicial encuentre otra forma: no solo cómo leer la naturaleza, sino cómo dejar que ella también nos lea.