Dra. Ana María Vaernet: una trayectoria marcada por la medicina, la superación y el compromiso con sus pacientes
Desde sus primeros años en Chaco hasta su formación como psiquiatra y sus especializaciones, la médica construyó una extensa carrera atravesada por la vocación y el aprendizaje constante.
Desde muy chica, Ana María Vaernet supo que quería ser médica. En aquella vocación temprana también estuvo presente la historia de su padre, quien había comenzado a estudiar Medicina en Dinamarca hasta que la Segunda Guerra Mundial interrumpió su carrera.
Criada en el interior del Chaco junto a sus cinco hermanos, desde temprana edad debió atravesar diferentes cambios para poder continuar sus estudios. Realizó la escuela primaria en Chorotis y, como allí no había colegio secundario, a los 11 años se trasladó a Charata, a unos 100 kilómetros de su hogar.
Al terminar esa etapa llegó un nuevo traslado. Su deseo de estudiar Medicina la llevó hasta Corrientes, donde cursó la carrera universitaria durante los siete años que entonces requería la formación.
De la medicina a la especialización en psiquiatría
Una vez recibida, Ana decidió continuar su camino profesional en la psiquiatría. Ante la falta de una residencia que le permitiera especializarse donde se encontraba, se trasladó a la Ciudad de Buenos Aires para seguir su formación en el Hospital Italiano.
Ese recorrido estuvo atravesado por una constante: cada instancia de crecimiento implicó asumir un nuevo desafío y, muchas veces, comenzar nuevamente en otro lugar. Una vez finalizada su especialización, decidió permanecer en Buenos Aires, donde ya había formado una familia.
Con el tiempo, eligió alejarse del ritmo de la ciudad y se instaló en Moreno, lugar en el que continuó desarrollando su profesión.
La formación permanente se convirtió en otro de los pilares de su carrera. Luego de especializarse en psiquiatría, profundizó sus conocimientos a través de una especialidad en psicoanálisis, un curso de terapia cognitiva y un posgrado en sexología.
Su vocación estuvo ligada desde el comienzo al deseo de aliviar el sufrimiento. Primero fue esa inquietud la que la acercó a la medicina y, posteriormente, el interés por el sufrimiento psíquico la llevó a elegir la psiquiatría. A la atención de pacientes sumó también la participación en clases, conferencias y cursos, espacios que le permiten transmitir los conocimientos adquiridos a lo largo de su trayectoria.
Un acontecimiento que transformó su vida
Cerca de los 50 años, cuando su carrera y su vida familiar ya estaban consolidadas, un accidente modificó por completo su cotidianeidad. Mientras corría una maratón en los Bosques de Palermo, una estructura montada para unos festejos cayó debido al viento.
Las consecuencias fueron graves: permaneció varios meses en coma y atravesó una extensa internación. La lesión de su médula espinal, provocada por la fractura de la columna vertebral, determinó que desde entonces tuviera que movilizarse en silla de ruedas.
El episodio abrió un período atravesado por la incertidumbre sobre su futuro personal y profesional. Recientemente separada, con sus hijos todavía chicos y su familia de origen lejos, en Chaco, tuvo que afrontar una nueva reconstrucción.
Sin embargo, decidió continuar trabajando, formándose y ejerciendo la profesión que había elegido desde pequeña.
Reinventarse sin abandonar la vocación
Con los años, aquella decisión se convirtió en una parte central de su historia. Ana encontró en su profesión y en la evolución de sus pacientes una de las mayores recompensas frente a los desafíos que atravesó.
También reconoce el papel fundamental de quienes la acompañaron durante ese proceso: su familia y sus amigos, cuyo apoyo fue parte indispensable de su recuperación y de la posibilidad de continuar con su vida profesional.
Su recorrido quedó así atravesado por distintas formas de volver a empezar. Desde aquella niña que tuvo que dejar su hogar para poder estudiar hasta la médica que, décadas después, debió reconstruir su vida luego de un accidente, la formación, la psiquiatría y el compromiso con sus pacientes permanecieron como constantes.
La propia Ana resume ese proceso a partir de una imagen profundamente personal: así como su madre le dio la vida, alrededor de los 50 años sintió que tuvo que “volver a nacer” y reinventarse.
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