Confusión en Ormuz: una metáfora de nuestros días
A veces la geografía parece una excusa, un accidente que después la historia convierte en destino. El estrecho de Ormuz es uno de esos sitios: una grieta mínima por donde pasa casi una quinta parte de la energía del planeta, un pasillo de agua que no admite distracciones. Y sin embargo, en estos días, todo ahí es distracción, versiones cruzadas, anuncios que se desmienten en cuestión de horas, barcos que avanzan y retroceden como si dudaran de su propia existencia.
Primero se dijo que estaba abierto. Después que no. Que sí, pero con condiciones. Que en realidad nunca lo estuvo del todo. La secuencia de declaraciones entre Irán y Estados Unidos parece escrita por dos narradores que no comparten ni el idioma ni la noción del tiempo. Mientras uno celebra acuerdos inminentes, el otro denuncia piratería. Mientras uno habla de normalización, el otro dispara contra petroleros.
Lo curioso es que ambas versiones conviven, no se anulan. El estrecho está abierto y cerrado al mismo tiempo, como una puerta a la que alguien atacó a patadas. Los comunicados oficiales hablan de coordinación, de rutas seguras, de permisos; pero los hechos -minas, bloqueos navales- cuentan otra cosa.
Quizás la palabra justa no sea confusión, sino superposición. Como en esas ciudades donde conviven capas de ruinas, cada actor proyecta su propia realidad sobre el mismo tramo de mar. Para Irán, el control del estrecho es una forma de soberanía extrema, casi una extensión de su territorio. Para Estados Unidos, impedir ese control es una cuestión de orden global, una defensa del comercio internacional que se mezcla con la lógica de la guerra. Entre ambas interpretaciones no hay síntesis posible, solo fricción.
Y en el medio están los barcos. Decenas, cientos, suspendidos en una espera absurda.
Algunos intentan pasar y reciben disparos de advertencia; otros giran antes de entrar, como si el horizonte fuese una frontera invisible. Hay algo profundamente contemporáneo en esa escena: la incertidumbre convertida en paisaje. No se trata ya de una guerra declarada ni de una paz negociada, sino de una zona intermedia donde todo puede revertirse en cuestión de horas.
También el lenguaje se vuelve inestable. “Apertura”, “bloqueo”, “control”, “seguridad”: palabras que antes tenían un significado operativo ahora funcionan como piezas de propaganda. Decir que el estrecho está abierto puede ser una maniobra económica; decir que está cerrado, una advertencia militar. La realidad queda atrapada entre esos dos usos del lenguaje, como si fuese un residuo.
Lo que ocurre en Ormuz no es solo un episodio más de tensión internacional. Es, más bien, una especie de laboratorio donde se ensaya una forma distinta de conflicto: sin declaraciones definitivas, sin líneas claras, con decisiones que se anuncian y se desmienten antes de volverse hechos. Una guerra que no necesita empezar porque nunca termina de dejar de ocurrir.
Mientras tanto, el resto del mundo observa el precio del petróleo, como si ese número pudiera traducir el caos. A veces baja, como si alguien hubiese garantizado la normalidad; a veces sube, recordando que todo depende de un paso de agua donde nadie parece tener la última palabra.
Tal vez la verdadera confusión no esté en Ormuz, sino en la idea de que todavía existen situaciones claras. El estrecho, en su estrechez, se ha convertido en una metáfora perfecta de este tiempo: un lugar donde todo circula -mercancías, amenazas, versiones- y donde nada termina de definirse. Un embudo en el que el mundo se mira a sí mismo, sin entender del todo lo que ve.
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