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opinión

Las múltiples China de la Argentina

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Innovación y ciencia. La base espacial china en Neuquén, con su enorme antena. | afp

En un escenario internacional marcado por la fragmentación del orden global, la competencia tecnológica y la reconfiguración de las cadenas de valor, el vínculo con China ha dejado de ser una opción de política exterior para convertirse en una dimensión estructural de la inserción internacional argentina. Sin embargo, lejos de expresarse como una estrategia coherente, este vínculo continúa desplegándose de manera fragmentada, atravesado por racionalidades diversas que rara vez logran articularse.

La relación entre Argentina y la República Popular China suele ser presentada como un vínculo eminentemente económico, estructurado en torno al comercio de commodities, la inversión en infraestructura y el financiamiento externo. Sin embargo, esta caracterización, aunque no incorrecta, resulta claramente insuficiente. Lejos de responder a una lógica única o coherente, el vínculo bilateral se configura como un espacio complejo donde convergen –y muchas veces colisionan– distintas racionalidades estratégicas, encarnadas en actores heterogéneos que operan con temporalidades, intereses y lenguajes divergentes.

Más que una “política hacia China”, lo que ha predominado –con matices y momentos de mayor densidad– es una constelación de prácticas, saberes y representaciones que remite a tradiciones diversas dentro del pensamiento y la acción internacional argentina. Antes que una estrategia sostenida en el tiempo, el vínculo bilateral se configuró como un campo fragmentado, atravesado por lógicas heterogéneas que solo en determinados períodos lograron articularse en una orientación más definida. Algunas de estas tradiciones hunden sus raíces en procesos históricos de larga duración y preceden incluso a la emergencia de China como potencia global; otras, en cambio, responden a transformaciones más recientes, vinculadas a la reconfiguración del orden internacional y al ascenso de China como actor central.

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Una primera capa, frecuentemente soslayada, remite a la dimensión cultural e intelectual del vínculo. Antes de que China se convirtiera en socio comercial o en actor financiero relevante, ya había sido objeto de interpretación, fascinación y traducción. Escritores como Bernardo Kordon viajaron a la China socialista en las décadas de 1950 y 1960 y produjeron relatos que buscaban dar cuenta, desde la experiencia directa, de una sociedad en transformación. Su obra no solo constituye un testimonio de época, sino también un dispositivo de mediación cultural que contribuyó a inscribir a China en el imaginario político argentino. Más adelante, Luisa Futoransky aportaría una mirada distinta, menos ideologizada y más cosmopolita, a partir de su experiencia en Radio Pekín durante los años setenta. En paralelo, intelectuales como José Aricó incorporaron el caso chino en los debates sobre las trayectorias revolucionarias en el mundo periférico, contribuyendo a una recepción teórica del maoísmo en América Latina.

Pero esta dimensión cultural no se agota en la observación argentina de China. También incluye un movimiento inverso, menos evidente pero igualmente significativo: la apropiación de la literatura argentina en el campo intelectual chino. En este punto, la figura de Jorge Luis Borges resulta insoslayable. Su obra, atravesada por referencias a la filosofía, la literatura y los imaginarios chinos –desde el I Ching hasta relatos como El jardín de senderos que se bifurcan–, contribuyó a construir una China conceptual, más cercana a una biblioteca infinita que a una geografía concreta. A su vez, desde la década de 1980, Borges se convirtió en uno de los autores latinoamericanos más leídos y traducidos en China, influyendo especialmente en escritores de vanguardia fascinados por sus exploraciones sobre el tiempo, el lenguaje y la metafísica. Esta doble inscripción –China en Borges, Borges en China– sugiere que el vínculo cultural entre ambos espacios no es unilateral, sino que configura una suerte de imaginación compartida, donde la distancia geográfica se ve compensada por una proximidad simbólica.

Sobre este trasfondo se inscribe una segunda dimensión, de carácter político-estratégico. Ya a mediados del siglo XX, en el marco de los debates sobre el Tercer Mundo, China aparecía en el horizonte de ciertos sectores del pensamiento nacional como parte de una posible reconfiguración del sistema internacional. La correspondencia entre Juan Domingo Perón y Mao Zedong resulta ilustrativa de esta temprana intuición: China no era percibida únicamente como un actor lejano, sino como parte de un espacio político más amplio desde el cual pensar alternativas a la centralidad occidental. Esta intuición encontraría una formulación más sistemática en la obra de Juan Carlos Puig, quien desarrolló el concepto de autonomía heterodoxa para dar cuenta de las estrategias disponibles para los países periféricos en un sistema internacional jerárquico. Desde esta perspectiva, la diversificación de vínculos –incluyendo el acercamiento a potencias emergentes– no constituye un mero dato de la política exterior, sino una herramienta orientada a ampliar los márgenes de decisión.

La institucionalización diplomática del vínculo no responde a un único momento fundacional, sino que se despliega en dos etapas diferenciadas –con antecedentes incluso más tempranos, como la creación de un viceconsulado argentino en Shanghai en 1919, durante la presidencia de Hipólito Yrigoyen, así como la presencia consular en Hong Kong bajo dominación británica–. Por un lado, la experiencia temprana de José Arce, designado embajador durante el gobierno de Farrell ante la China nacionalista da cuenta de una primera inserción diplomática, hoy en gran medida olvidada, en la que Argentina mantenía relaciones con la República de China. Por otro, el reconocimiento de la República Popular China en 1972 y el nombramiento de Eduardo Bradley como primer embajador argentino en Beijing no inauguran el vínculo, sino que lo reconfiguran en el marco de un nuevo orden internacional. Esta doble genealogía diplomática evidencia que la relación con China no es un fenómeno reciente, sino el resultado de una trayectoria más extensa, atravesada por cambios de régimen en el sistema internacional y por redefiniciones en la política exterior argentina.

En otro plano, el vínculo económico-empresarial introduce una racionalidad distinta, orientada a la acumulación y al aprovechamiento de oportunidades. Desde las iniciativas de Franco Macri en las décadas de 1980 y 1990 –cuando China aún no ocupaba el lugar central que tiene hoy– hasta las actuales inversiones en sectores estratégicos, la relación ha sido abordada, en muchos casos, desde una perspectiva pragmática que tiende a despolitizar su significado geopolítico. En este registro, China aparece como mercado, como fuente de financiamiento o como plataforma productiva, más que como un actor que reconfigura las condiciones mismas de la inserción internacional. En este contexto, China no solo aparece como destino de exportaciones o fuente de financiamiento, sino como un actor que organiza cadenas industriales, define estándares tecnológicos y condiciona las trayectorias de desarrollo de los países periféricos.

En un registro diferente, el aparato diplomático-estatal contemporáneo opera bajo una lógica intermedia, orientada a gestionar la relación bilateral en función de los condicionamientos del sistema internacional y de las prioridades coyunturales de la política exterior. Aquí, China es simultáneamente un socio necesario, un interlocutor inevitable y un vector de inserción global. Sin embargo, esta práctica diplomática se encuentra atravesada por una persistente impronta occidentalista en la tradición de la Cancillería argentina, que, sin operar de manera lineal ni excluyente, tiende a privilegiar los vínculos con Estados Unidos y Europa como referencia estructurante de la inserción internacional. En este marco, la relación con China oscila entre la necesidad pragmática y cierta incomodidad estratégica, lo que dificulta su integración en una visión de largo plazo capaz de articular coherentemente las distintas dimensiones del vínculo. A diferencia de Estados Unidos, cuya estrategia hemisférica tiende a excluir la presencia de potencias rivales, China ha promovido una inserción basada en la coexistencia de vínculos. Esta asimetría coloca a la Argentina en una tensión estructural entre alineamiento y diversificación.

Algo similar ocurre en el campo académico, que ha contribuido a producir conocimiento sobre China, aunque de manera fragmentada. Desde los enfoques económicos hasta las lecturas geopolíticas o críticas, los estudios sobre China en Argentina reflejan la diversidad de perspectivas existentes, pero también la dificultad de integrarlas en un marco interpretativo común que oriente la acción pública.

La disputa ya no se limita al comercio, sino que se desplaza hacia el control de tecnologías estratégicas –desde satélites hasta inteligencia artificial– donde la cooperación y la competencia se entrelazan. En este contexto, la dimensión científico-tecnológica adquiere una relevancia creciente en el contexto de la competencia global por el control de tecnologías estratégicas. En este plano, la figura de Conrado Varotto resulta central en tanto impulsor del desarrollo espacial argentino, cuyo andamiaje institucional sirvió de base para la inserción del país en proyectos de alta complejidad tecnológica, incluyendo aquellos que involucran cooperación con actores extrarregionales. Sobre esa base se inscribe la instalación de la estación de observación del espacio profundo en la provincia de Neuquén, operada por China en articulación con la Conae. Este proyecto ha sido objeto de debates recurrentes en torno a su eventual uso dual. Sin embargo, distintas inspecciones y visitas de científicos y funcionarios argentinos y extranjeros no han encontrado evidencia de utilización militar, lo que pone de relieve tanto la opacidad inherente a este tipo de infraestructuras como la dificultad de encuadrarlas en categorías tradicionales. Más allá de esa discusión, lo cierto es que la cooperación espacial sitúa la relación bilateral en el terreno de las capacidades estratégicas, donde se entrecruzan ciencia, tecnología y geopolítica.

El resultado de esta superposición de racionalidades es una relación que difícilmente pueda ser comprendida en términos unívocos. Más que un vínculo coherente, Argentina y China configuran un campo de articulación inestable, donde coexisten estrategias de autonomía, dinámicas de dependencia, oportunidades económicas y desafíos tecnológicos. En este contexto, la autonomía no aparece como un atributo dado, sino como una posibilidad contingente, cuya realización depende de la capacidad de articular estas distintas dimensiones en una estrategia común. La Argentina no enfrenta una relación con China, sino una interdependencia sin conducción estratégica.

Pensar la relación sino-argentina desde esta perspectiva implica, en última instancia, desplazar la pregunta. Ya no se trata únicamente de evaluar los beneficios o riesgos del vínculo, sino de interrogar las condiciones bajo las cuales dicho vínculo puede contribuir –o no– a ampliar los márgenes de decisión de un país periférico en un orden internacional en transformación. En ese desplazamiento reside, probablemente, el núcleo más relevante del problema.

La cuestión no es, entonces, qué lugar ocupa China en la Argentina, sino qué lugar aspira a ocupar la Argentina en un mundo donde China es cada vez más ineludible. Porque en ese mundo, no definir una estrategia también es, en sí mismo, una forma de posicionamiento.

*Exembajador en China.