La reciente declaración del canciller iraní, Abbas Araghchi, anunciando la apertura “total” del Estrecho de Ormuz para buques comerciales tras el alto el fuego en Líbano, ha desatado una tormenta política interna en Irán.
Lo que Araghchi proyectó como un gesto diplomático de desescalada, la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) lo ha interpretado como una concesión peligrosa y una falta de coordinación estratégica.
Según informes del Instituteforthe Study of War (ISW), la IRGC reaccionó con dureza, emitiendo un comunicado que contradice la narrativa de “apertura total” y establece condiciones estrictas para el tránsito.
Los militares más duros del régimen islámico reimplantaron la prohibición absoluta de buques militares o mercantes relacionados con “países beligerantes”.
Estipularon que los navíos deben circular únicamente por las aguas territoriales iraníes aprobadas y coordinado por la cúpula militar. Todo tránsito debe ser reportado y coordinado directamente con la Armada de la IRGC.
Crítica de los “duros”. Medios afiliados a la línea dura y a la Guardia Revolucionaria, como las agencias Tasnim y Fars, calificaron el anuncio de Araghchi como un acto de “pobre juicio comunicativo”.
La crítica central reside en que el mensaje de Araghchi en la plataforma X permitió que el presidente estadounidense, Donald Trump, reclamara una victoria diplomática inmediata.
“El tweet de Araghchi proporcionó la mejor oportunidad para que Trump fuera más allá de la realidad y se declarara ganador de la guerra”, señaló el diario estatal Mehr News, ligado a la Guardia Revolucionaria.
Un régimen dividido. El análisis de los especialistas del ISW revela que este incidente no es un hecho aislado más, sino el síntoma de una fractura profunda entre dos facciones que luchan por el control de la política exterior durante las negociaciones de alto nivel
Por un lado, el bloque diplomático, más pragmático, liderado por el canciller Araghchi y respaldado por figuras como el presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf.
Este grupo busca flexibilidad en las negociaciones, mostrando disposición a reducir el apoyo financiero al “Eje de la Resistencia” (Hezbollah, etc.) a cambio de alivio económico.
También reabrir rutas comerciales para intentar mitigar el impacto de las sanciones y el bloqueo naval estadounidense.
El otro bloque, el de la línea dura, encabezado por comandantes de la CGRI y apoyado por el ala más conservadora del Parlamento, pretende conservar el dominio total del estrecho de Ormuz.
Consideran que el control de ese paso vital es su principal palanca de presión contra Occidente (similar al programa nuclear). Algunos sectores incluso proponen cobrar “tasas de tránsito” para financiar al Estado.
Al mismo tiempo buscan exhibir un relato de “resistencia” y “triunfo”. Se oponen a cualquier gesto que pueda interpretarse como debilidad ante Washington, especialmente bajo la administración Trump.
Esta falta de cohesión está paralizando las conversaciones mediadas por Pakistán. Mientras los diplomáticos intentan ofrecer concesiones, la CGRI utiliza minas navales y amenazas de cierre para reafirmar su soberanía en el estrecho.
Esta dualidad genera una “ambigüedad peligrosa” que complica cualquier acuerdo duradero, ya que los negociadores internacionales no tienen certeza de quién ostenta la autoridad final en Teherán.