Un mes de guerra: despliegue de tropas en terreno y la “batalla informativa” en redes
A un mes del inicio de la guerra en Medio Oriente, una serie de movimientos de Estados Unidos, Israel e Irán indican que el conflicto regional no solo está lejos de una desescalada, sino que podría entrar en una fase compleja y desgastante.
La escalada comenzó con el “ataque preventivo” de Washington y Tel Aviv contra suelo iraní el 28 de febrero, que tuvo como punto álgido el asesinato del Ayatolá Alí Jamenei. Ocurrió luego de una semana marcada por avances en las negociaciones en Ginebra en torno al programa nuclear iraní en paralelo al traslado del USS Gerald Ford al Golfo Pérsico.
Con la posterior represalia de Teherán contra lo que considera una “guerra de agresión” contraria al derecho internacional –que había advertido que respondería bombardeando bases estadounidenses en la península arábiga y contra Israel–, el conflicto se expandió rápidamente a escala regional, con represalias sobre objetivos en países del Golfo, que marcaron el inicio de una guerra abierta entre las partes.
En paralelo, Israel profundizó su ofensiva en la región con operaciones sobre el sur del Líbano en medio de los ataques cruzados con Hezbollah, en un escenario de creciente desgaste interno y cuestionamientos de la oposición sobre la “falta de estrategia en una guerra de múltiples frentes”.
Un mes después, la Casa Blanca evalúa el despliegue de tropas hacia el Golfo Pérsico, en paralelo a una dinámica que se viene consolidando desde el inicio del conflicto: la diplomacia y la escalada bélica avanzan simultáneamente. Mientras Donald Trump aseguró que las negociaciones “avanzan muy bien”, desde Irán negaron cualquier contacto.
El reciente despliegue incluye unos 2 mil paracaidistas de la 82 División Aerotransportada –según reportes de medios como AP y Washington Post–, además de cerca de 5 mil infantes de Marina y grupos anfibios con cazas F-35 a bordo. No se trata de una fuerza suficiente para una invasión a gran escala, pero sí de un esquema diseñado para operaciones limitadas sobre objetivos estratégicos.
El tipo de fuerzas desplegadas empieza a marcar el sentido de la operación: presionar a Irán para que se siente a negociar sus condiciones para un alto al fuego. No están pensadas para una ocupación prolongada, sino para intervenciones puntuales, de rápida ejecución, con objetivos acotados.
En Irán las señales van en la dirección opuesta. Medios iraníes, como la agencia Tasnim News Agency, hablaron de la posibilidad de convocar a más de un millón de combatientes ante una eventual invasión terrestre estadounidense.
En ese contexto, el estrecho de Ormuz se consolida como el principal punto de presión. Por allí circula cerca del 20% del petróleo global y su control se convirtió en una herramienta directa de negociación. Mientras Washington exige su apertura, Teherán avanzó con un esquema selectivo: permitió el paso de buques de países “no hostiles” y atacó embarcaciones que no tenían autorización. La presión económica, en tanto, se convirtió en una de las principales cartas para sostener la contraofensiva.
En paralelo, el conflicto suma otra dimensión: la digital. En los últimos días se viralizaron videos generados con inteligencia artificial que ridiculizan a Trump y al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Las piezas, inspiradas en estética tipo LEGO y diseñadas para impactar en la audiencia estadounidense, incluyen música y códigos que apuntan a temas sensibles como los archivos Epstein y el bombardeo de una escuela en el sur de Irán donde 160 niñas y decenas de trabajadores fueron asesinados.
Presiones internas. Mientras tanto, el margen de maniobra de la Casa Blanca empieza a reducirse. Legisladores republicanos ya advirtieron que no apoyarían el envío de tropas a Irán, incluso después de recibir informes clasificados, en un escenario donde el recuerdo de Irak sigue presente. A esto se suma la presión interna dentro del movimiento America First, que rechaza la participación de Estados Unidos en conflictos externos.
En paralelo, Trump enfrenta una doble presión: las bajas estadounidenses en combate y la suba del precio de los combustibles tras el impacto del conflicto en Ormuz. Ese costo ya empieza a reflejarse en la opinión pública. Una encuesta del Pew Research Center de mediados de marzo mostró que el 61% de los estadounidenses desaprueba la forma en que Donald Trump está manejando el conflicto, mientras que el 59% considera que la decisión de atacar Irán fue equivocada.
Además, el 54% cree que la guerra se extenderá al menos seis meses, mientras que un 29% anticipa un conflicto de más de un año.
En ese escenario, la escalada ya no se mide solo en términos militares, sino también en su sostenibilidad política.
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