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La palabra y los bárbaros

Las instituciones democráticas pueden reformarse, reconstruirse y recuperar legitimidad. Pero para hacerlo necesitan una herramienta anterior a todas ellas: palabras que conserven su significado. 

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En Esperando a los bárbaros, J. M. Coetzee muestra un mecanismo de poder simple: el Imperio necesita bárbaros. Alcanza con que existan —o se los invente— para ordenarse hacia adentro.

Primero se los nombra. Después se explica que amenazan la patria, nuestra forma de vida, nuestros valores. Aparecen soldados y desertores, patriotas y traidores, gente que entiende y gente “funcional”, que “esmerila” o “hace el juego”. El disenso pasa de diferencia a sospecha. Quien discrepa puede servir al enemigo; quien no se alinea, convertirse en bárbaro.

No hace falta decir que la Argentina de Milei sea el Imperio de Coetzee. La literatura sirve para reconocer mecanismos.

Milei construyó un catálogo creciente de enemigos: casta, zurdos, comunistas, socialistas, colectivistas, periodistas ensobrados, mandriles, econochantas, empresarios prebendarios, políticos delincuentes, traidores, ratas, basuras. Hay trabajos que contabilizaron centenares y hasta más de un millar de agravios. Pero antes de la estadística aparece lo evidente: buena parte de su lenguaje consiste en nombrar enemigos.

Y nombrar nunca es neutral, mucho menos desde la Presidencia.

No hagan caso de sus formas

Un presidente no es sólo jefe del partido ganador: lo es también de quienes votaron contra él. En escala infinitamente menor, es como un administrador de consorcio: puede preferir al vecino del cuarto, pero al del séptimo también debe darle ascensor y agua caliente.

Cada vez que insulta aparecen funcionarios o aliados a explicarnos: ya conocemos sus formas; hay que separar forma y fondo; importa lo que hace. Bajó la inflación. Lilia Lemoine, Guillermo Francos, Rogelio Frigerio y dirigentes del PRO formularon variantes; habrá que sumar a Cristian Ritondo y otros.

El problema no son los modales.

Si el Presidente llama basura a alguien o ensobrado a un periodista, ¿debo creerle? Si llama comunista a quien discrepa, ¿describe una realidad o un ruido que debemos ignorar?

¿Quién decide qué palabras presidenciales son verdaderas y cuáles apenas “formas”? ¿Creerle en economía pero no cuando insulta? ¿Tomar literalmente su defensa de la libertad y metafóricamente sus ataques?

El ciudadano queda sometido a una operación curiosa: debe escuchar al Presidente y aprender a no escucharlo. Eso deteriora algo más importante que la cortesía: el significado.

Si llamo ladrón a alguien, estoy diciendo algo. No puedo después decir que “son mis formas”. Quien queda marcado como ensobrado, basura, comunista, traidor o rata no queda intacto porque un diputado explique el temperamento presidencial.

La palabra ya hizo su trabajo

Pocos presidentes argentinos pusieron tanto a la Biblia, la Torá y Dios dentro de su discurso. Milei usó la relación entre Moisés y Aarón para explicar, según sus formulaciones o reconstrucciones, la relación con Karina: ella ocuparía un lugar semejante al de Moisés y él comunicaría esa revelación.

También hay relatos —de entrevistas, biógrafos y su entorno, que habrá que comprobar— sobre Conan, comunicaciones tras su muerte, médiums, misiones trascendentes, fuerzas superiores y un mandato de “las fuerzas del cielo”.

No me interesa diagnosticar a Milei. Me interesa cómo habla un presidente: política, lingüística y, si se quiere, literatura.

Milei reivindica una tradición cuyo texto fundacional da a la palabra el máximo poder imaginable.

Dios no construye el mundo con las manos. Habla.

“Hágase la luz.”

Y la luz se hace.

“Haya un firmamento en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas.”

Y aparecieron las aguas.

En el Génesis, decir es hacer. La palabra no describe la realidad: la crea.

¿Cómo convive esa exaltación con la doctrina de que las palabras presidenciales incómodas son apenas “formas”? Por un lado, la palabra es creadora y trascendente; por el otro, el agravio no significaría demasiado. Una palabra crea el mundo; otra no debe tomarse en serio. ¿Con qué criterio?

Si desde el poder se repite que ciertos periodistas son corruptos o se divide entre argentinos de bien y representantes del mal, algo ocurre. Cuando “comunista” marca a quien discrepa, deja de ser categoría política y se vuelve sello.

Los sellos circulan: seguidores, política y redes los multiplican. El adversario deja de ser alguien con quien se discute y carga una categoría moral.

La violencia verbal no queda en la boca que la pronuncia: produce una cultura.

Por eso “son solamente las formas” no alcanza. Las formas hacen cosas: lastiman, autorizan, descalifican, clasifican, crean pertenencias y expulsiones. Desde la Presidencia no pesan como en una mesa de café.

Un padre le pega una trompada a un chico porque volcó un vaso y al día siguiente apenas lo reprende cuando rompe un armario. Si premio, castigo, palabra y hecho pierden proporción, el chico deja de saber qué está bien: el código depende del humor de quien manda.

Si hoy una palabra presidencial es literal y mañana otra, más violenta, se descarta porque “ya sabemos cómo es Milei”, el problema ya no es sólo Milei.

Tenemos un problema con el código

Aparece, además, en una Argentina cuyo pacto social ya viene deteriorado.

Tenemos Constitución, leyes, Congreso, Justicia, partidos y normas que se incumplen, se fuerzan o quedan en formalidades. Un diputado entra por una fuerza y puede terminar en otra sin devolver la banca. Las instituciones siguen ahí, pero se debilitan representación, palabra, conducta y credibilidad.

El pacto social ya estaba herido. Pero para repararlo quedaba algo anterior: el lenguaje.

Podemos incumplir una ley y discutir cómo cumplirla; tener una Justicia desacreditada y discutir cómo recuperarla; partidos que ya no representan y discutir cómo reformarlos. Para todo eso necesitamos hablar.

Necesitamos que una palabra quiera decir aproximadamente lo mismo para dos personas: que “sí” sea sí, “no” sea no, acusar sea acusar y comprometerse, comprometerse.

El lenguaje es anterior al pacto social: con él se construye, rompe y repara. Si rompemos esa herramienta, ya no incumplimos sólo las reglas. Empezamos a quedarnos sin idioma común para discutir qué hacemos con las reglas incumplidas.

Sin un lenguaje común no hay un “nosotros”​

Aparecen además otras palabras frecuentes en Milei: soberanía, patria, Malvinas, intereses argentinos.

La soberanía no es sólo frontera, bandera o recursos. Una comunidad soberana necesita algún “nosotros”, y una de sus estructuras más profundas es el lenguaje.

Nuestro modo rioplatense de discutir, bromear, insultar, convencer, desconfiar o reconciliarnos forma parte de una identidad común. Las sociedades existen también porque pueden contarse.

¿Cómo se defiende la soberanía mientras se erosiona la herramienta con que esa comunidad se reconoce? ¿Cómo se grita patria y Malvinas mientras se degrada el lenguaje que permite que esa patria sea algo más que territorio?

El bárbaro cumple dos funciones: amenaza afuera y ordena adentro. Primero hay que nombrarlo.

El lenguaje crea al enemigo. El enemigo justifica la excepcionalidad. La excepcionalidad disciplina a los propios. Y quien no marcha al mismo ritmo corre el riesgo de quedar del otro lado de la frontera.

Se gobierna con palabras

Por eso sería un error considerar los insultos presidenciales una excentricidad separable del gobierno. No porque cada uno responda a un plan —sería absurdo— sino porque el lenguaje produce efectos políticos, independientemente de la intención.

Se nos dice que no hagamos demasiado caso a las palabras del Presidente. Pero se gobierna con palabras.

Una ley, un decreto, una sentencia y un contrato están hechos de palabras. También la Constitución Nacional. La República depende, en algún sentido, de que esas palabras valgan.

Quizás el problema de las “formas” de Milei no sea de modales. Una sociedad con el pacto social debilitado necesita palabras confiables para reconstruirlo.

Si desde el poder se enseña que unas palabras son serias y otras descartables, que una acusación puede ser apenas una forma y un insulto no decir lo que dice, el daño no termina en el insultado.

Se deteriora la moneda con la que tendremos que pagar cualquier acuerdo futuro. Entonces la pregunta deja de ser si Javier Milei habla bien o mal. Es otra: si dejamos de confiar en las palabras, ¿con qué vamos a volver a hablar entre nosotros?