Editorial de Jorge Fontevecchia

Día 1033: La locura epistémica del profeta Milei

Más allá de los ataques cotidianos a periodistas, académicos y científicos, la embestida del presidente contra las instituciones de conocimiento revela una disputa epistemológica sobre quién tiene la autoridad para definir la realidad: el choque entre la dogmática de una verdad revelada y el valor democrático de la información descentralizada.

Día 1033 Editorial de Jorge Fontevcchia Foto: + Perfil

Recientemente, el presidente volvió a la carga con sus insultos y descalificaciones a periodistas. Si analizamos la cuestión con detenimiento, el problema de Milei puede pensarse en términos epistemológicos, no solamente políticos ni psicológicos. Milei no sólo odia a los periodistas, también ataca a los científicos, académicos, economistas, universidades, artistas y otras instituciones que producen conocimiento o construyen sentido. 

Milei, creyéndose cumplidor de una misión divina, impulsado por las fuerzas del cielo, se pone en el lugar del profeta que trae una verdad revelada, y que ataca a quienes la contradicen desde otros campos del conocimiento. Sectores que ejercen una forma de autoridad distinta del poder político: el periodista interpreta los hechos, el científico establece evidencias, el académico construye explicaciones, el economista interpreta datos y el artista produce representaciones alternativas del mundo. 

El conflicto con la prensa podría ser una manifestación de una disputa por quién tiene autoridad para definir la realidad. Veamos el fragmento donde expresó su misión divina con más claridad, antes de ser presidente, en una entrevista con Viviana Canosa: 

En los últimos días, Milei volvió a utilizar sus redes sociales para atacar a periodistas y analistas, esta vez en publicaciones relacionadas con el resultado de las elecciones brasileñas y el respaldo recibido desde Estados Unidos. Uno de sus principales blancos fue Luis Novaresio, a quien llamó “Mierdanecio” al compartir declaraciones del secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, quien volvió a respaldar al Gobierno argentino y dejó abierta la posibilidad de una nueva asistencia financiera. Bessent sostuvo que la estabilización argentina produjo un cambio de alcance regional y calificó el proceso como “generacional o quizá sin precedentes”. 

Milei también apuntó contra Carlos Pagni, a quien definió como “la versión de mierda de Lucas Adams”, en una publicación vinculada con sus interpretaciones sobre el resultado electoral de Brasil y sus consecuencias para la relación entre Milei, Donald Trump y el escenario político regional. En otros posteos, el presidente volvió a utilizar expresiones como “mierdas humanas” y “mentirosos” para referirse a periodistas y analistas, cuestionando especialmente a quienes habían pronosticado que Lula da Silva podía imponerse en primera vuelta, que eran los resultados que indicaban todas las encuestas. Los nuevos ataques se suman así a una serie de enfrentamientos recientes de Milei con periodistas y medios. 

En la última semana, el presidente también atacó públicamente a Maru Duffard, a quien dedicó una serie de insultos luego de una entrevista a Máximo Kirchner, cuestionó a periodistas de LA NACION durante el Coloquio de IDEA y volvió a apuntar contra Joaquín Morales Solá, Jorge Liotti y Jésica Bossi, entre otros. 

FOPEA registró 12 ataques a la libertad de expresión protagonizados por Milei solamente durante los primeros cinco días de octubre, una concentración extraordinaria que permite pensar los nuevos agravios no como episodios aislados, sino como parte de una práctica recurrente de confrontación con quienes ejercen el periodismo desde que asumió la Presidencia. 

La filosofía griega introdujo, desde aproximadamente el siglo VI a. C., lo que se estudia como el paso del mythos al logos, del mito a la razón: frente a las explicaciones sustentadas en la tradición religiosa, los poetas y los oráculos, los presocráticos comenzaron a buscar explicaciones de la naturaleza mediante causas y argumentos sometidos a discusión y al pensamiento racional. Estamos hablando ni más ni menos que del nacimiento de la filosofía occidental. 

Tales, considerado el primer filósofo, intentó explicar el mundo sin recurrir exclusivamente a la voluntad de los dioses, sino a un elemento de la naturaleza: el agua como principio de todas las cosas. Los primeros filósofos se obsesionaron con el origen. Heráclito habló del fuego y del cambio permanente en todos los elementos del mundo. 

Más adelante, Sócrates llevaría ese afán de cuestionamiento a otros terrenos: el método de preguntar permanentemente por lo que consideramos conocimiento seguro, para encontrar las fallas en nuestro pensamiento y avanzar. El nacimiento del pensamiento lógico racional. 

La ciencia, el periodismo, la universidad y la economía empírica desarrollaron procedimientos —evidencia, fuentes, revisión, discusión, datos— que no garantizan la verdad absoluta, pero permiten cuestionar y eventualmente refutar una afirmación. 

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Karl Popper llevaría esta idea más lejos al plantear que una afirmación científica no se define porque pueda demostrarse definitivamente como verdadera, sino porque debe poder ser sometida a una prueba que eventualmente la demuestre falsa: el conocimiento avanza, precisamente, cuando nuestras certezas pueden ser cuestionadas y refutadas. 

Aunque hubo mucha discusión al respecto, permite abordar un aspecto interesante: el factor cuestionador hacia el conocimiento racional es su base. 

El dogma funciona de manera inversa: parte de una verdad considerada establecida y acomoda los hechos para preservarla. Mientras el conocimiento racional pregunta qué teoría explica mejor la realidad, el pensamiento dogmático puede terminar preguntándose cómo interpretar la realidad para que la teoría siga siendo verdadera. 

La tensión se vuelve especialmente interesante en el caso de Milei porque él mismo proviene de la economía, una disciplina que pretende contrastar modelos con datos, pero cuya versión pública de la escuela austríaca y el libertarismo suele presentarse con una fuerte dimensión doctrinaria. Con afirmaciones absolutas, como aquella de que la inflación es únicamente un fenómeno monetario. O elevando al mercado a la categoría de “Dios”, al considerarlo un sistema perfecto que no requiere correcciones. 

Cuando los resultados empíricos parecen contradecir una doctrina, aparecen dos caminos: revisar la teoría o sostener que quienes interpretan los hechos de manera diferente están equivocados. 

Milei elige el segundo camino: convertir la discusión en una disputa moral e insultar en lugar de refutar. 

Las redes sociales potencian esta dinámica porque modifican las condiciones en las que se produce y circula el debate público. El argumento complejo, la explicación extensa o la evidencia que requiere contexto compiten en desventaja con el insulto, la descalificación y la frase contundente, que pueden condensarse en pocas palabras y provocar una reacción inmediata. 

En ese ecosistema, la discusión deja de organizarse alrededor de quién puede demostrar mejor una afirmación y pasa a estar atravesada por quién consigue mayor atención, indignación o adhesión. La velocidad de circulación favorece además la respuesta instantánea antes que la reflexión, y convierte cada controversia en una sucesión de estímulos emocionales. 

Pero hay algo más: las redes permiten que el líder político pueda construir un circuito de información relativamente cerrado, en el que recibe inmediatamente la aprobación de quienes comparten sus posiciones. El algoritmo tiende a mostrar contenidos similares a aquellos con los que el usuario ya interactuó. 

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El problema no es que las redes produzcan necesariamente falsedades, sino que pueden facilitar que una persona con enorme poder político encuentre permanentemente confirmación de sus propias convicciones y convierta la discrepancia en una señal de hostilidad. Y sus seguidores imiten ese mismo comportamiento, alimentando la polarización. 

De ahí surge una paradoja vinculada con uno de los ídolos de Milei: Friedrich Hayek, economista y filósofo austríaco referente del liberalismo clásico y crítico de la planificación económica estatal. Milei reivindica que ningún planificador central puede reunir toda la información necesaria para fijar correctamente los precios, pero parece mucho menos cómodo con esa misma descentralización cuando se trata de producir interpretaciones sobre la realidad. 

La paradoja es que el mismo Hayek que Milei reivindica mostró que el mercado funciona, en buena medida, como un gigantesco sistema descentralizado de información: los precios transmiten señales sobre la escasez, la demanda y las decisiones de millones de personas, permitiendo que los actores corrijan sus decisiones sin necesidad de que una autoridad central conozca toda la información disponible. Si el mercado puede ser entendido como un mecanismo que procesa información y permite corregir errores, el periodismo cumple una función análoga frente al poder: recoge señales dispersas de la realidad, detecta problemas, contrasta decisiones con resultados y devuelve información que puede ser útil para corregir el rumbo. Despreciar sistemáticamente esas señales porque resultan incómodas implica, en cierto modo, cometer frente a la información política el mismo error que Hayek atribuía al planificador central frente a la información económica: creer que uno puede prescindir de la información descentralizada y aun así tomar mejores decisiones. 

La democracia, para existir, necesita una competencia de interpretaciones semejante a la competencia de precios del mercado. 

La democracia necesita de ese conflicto de interpretaciones partiendo de la premisa de que ninguna persona, partido o gobierno posee por sí solo toda la información necesaria para comprender una sociedad. El debate público permite que distintas miradas aporten datos, experiencias y argumentos que pueden corregir los errores de una interpretación dominante. Por eso, la libertad de expresión y el periodismo cumplen una función epistemológica dentro del sistema democrático, porque permiten que el poder sea contradicho, que sus decisiones sean examinadas y que los ciudadanos puedan comparar distintas versiones de los hechos antes de formar su propio juicio. 

Pero Milei no cree en la democracia. 

Atacar al periodismo también puede tener una funcionalidad política: permite convertir una noticia desfavorable en un problema del mensajero. El desempleo, una encuesta adversa o una contradicción dejan de ser hechos a discutir y pasan a ser atribuidos a periodistas, medios o supuestas operaciones; el error de una predicción periodística puede utilizarse para desacreditar al intermediario completo. 

De allí surge un riesgo más profundo que la propia agresividad presidencial: la destrucción del sistema de alarma del poder. Un gobernante necesita recibir información desagradable, pero si quienes la transmiten son sistemáticamente convertidos en enemigos, funcionarios, aliados y periodistas pueden aprender a evitar la confrontación, produciendo una información cada vez más cómoda y menos verdadera. La dinámica puede además transformarse en una espiral: crítica, ataque, reacción, percepción de cerco y nuevo ataque, hasta convertir una conducta personal en una cultura política compartida. 

A lo largo de la historia pueden encontrarse sistemas de “locura epistemológica”, entendida no como enfermedad mental sino como una estructura cerrada de conocimiento en la que una verdad se considera revelada o indiscutible y toda evidencia contraria se transforma en prueba de que los demás no comprenden la verdad. 

Girolamo Savonarola fue un fraile dominico y predicador italiano que, a fines del siglo XV, ejerció una enorme influencia política y religiosa en Florencia, denunciando la corrupción y promoviendo un gobierno teocrático basado en una supuesta renovación cristiana de la ciudad. En la Florencia del siglo XV, convirtió sus supuestas revelaciones y profecías sobre el destino de la ciudad y de Italia en una fuente de autoridad política.Thomas Müntzer, durante la Reforma alemana, interpretó los acontecimientos políticos a partir de una concepción radical de la revelación divina, diferenciando a quienes habían comprendido la voluntad de Dios de quienes permanecían ciegos ante ella. Y Hong Xiuquan, en la China del siglo XIX, llevó el mecanismo al extremo: convencido de ser el hermano menor de Jesucristo a partir de sus visiones, construyó un movimiento político-religioso que gobernó extensos territorios de China y protagonizó la rebelión Taiping, una guerra que provocó decenas de millones de muertes. 

El siglo XX mostró que ya no hacía falta Dios para construir una verdad revelada. Con ejemplos históricos extremos de lo que ocurre cuando una teoría científica queda subordinada a una doctrina política. 

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Por ejemplo, en la ex URSS. Trofim Lysenko, un agrónomo soviético y especialista en fisiología vegetal que ganó notoriedad durante la década de 1930 por sus investigaciones sobre cultivos, especialmente por una técnica denominada vernalización, mediante la cual buscaba modificar el desarrollo de determinadas plantas sometiéndolas a bajas temperaturas. 

En un país obsesionado con aumentar rápidamente la producción agrícola, en esa época la hambruna era el problema, sus propuestas tenían un enorme atractivo político: prometían resultados prácticos y parecían demostrar que el ambiente podía transformar las características de los organismos. 

El problema apareció cuando Lysenko convirtió esas investigaciones agrícolas en una concepción general de la herencia. Rechazaba aspectos fundamentales de la genética que explicaba la transmisión de los caracteres mediante unidades hereditarias y comenzaba a consolidarse internacionalmente. También cuestionaba el papel de los cromosomas y rechazaba buena parte de los métodos experimentales y estadísticos utilizados por los genetistas. Sus adversarios sostenían que sus experimentos no podían reproducirse de manera fiable y que sus conclusiones no resistían una comprobación científica rigurosa. Pero sus posiciones fueron respaldadas por Stalin y la genética que contradecía la doctrina oficial fue considerada “burguesa”; científicos fueron expulsados, encarcelados, mientras la investigación genética soviética quedó gravemente dañada por este dogmatismo anticientífico. 

En China, durante el Gran Salto Adelante de Mao, ocurrió un mecanismo diferente pero relacionado: los funcionarios locales tenían incentivos para comunicar cosechas extraordinarias porque admitir que las metas no se cumplían podía interpretarse como falta de compromiso revolucionario. El resultado fue que el poder comenzó a recibir la realidad que deseaba recibir, y las exageraciones sobre la producción agrícola contribuyeron a decisiones desastrosas que empeoraron el periodo de la gran hambruna. 

Hitler y Stalin personalizaron la verdad. Durante sus gobiernos, el líder adquirió una autoridad que transformaba el desacuerdo intelectual en una falta moral. Pero son sólo dos ejemplos extremos de la tendencia ególatra de cualquier dictador. 

La locura epistemológica no consiste en equivocarse. Consiste en construir un sistema en el cual uno ya no puede descubrir que está equivocado. 

Ningún ser humano es infalible. Todos los gobiernos se equivocan, y precisamente por eso necesitan instituciones, periodistas, científicos, universidades, opositores y ciudadanos capaces de señalar esos errores. 

Cuando el poder convierte la discrepancia en una forma de traición y construye un sistema en el que toda crítica puede ser descartada antes de ser escuchada, la discusión deja de ser sobre quién tiene razón y comienza a ser sobre quién tiene permitido opinar y producir conocimiento. Y eso constituye una restricción a la libertad de prensa, a la libertad de expresión y un agravio a siglos de pensamiento crítico racional. 

 

Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira.

 

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