Ocurrió un incidente con Luis Novaresio que me parece muy grave. A Novaresio nadie puede atribuirle seriamente una intencionalidad particular. Por lo que entendí, hizo en televisión un cuestionamiento a un comentario bastante inapropiado del canciller Pablo Quirno.
Quirno se había pasado de rosca elogiando a Javier Milei en relación con el triunfo de Bolsonaro, prácticamente atribuyéndole al Presidente argentino el resultado electoral brasileño. Bolsonaro ganó. Habrá intervenido Milei, habrá influido Trump y seguramente habrán existido muchos otros factores. Pero el mérito, evidentemente, corresponde al candidato.
Novaresio simplemente se preguntó si no era demasiado atribuirle semejante influencia a Milei. Quirno incluso llegó a sugerir que Lula podía bajarse de una segunda vuelta, como ocurrió en su momento con Carlos Menem cuando debía competir con Néstor Kirchner.
Hasta ahí, una discusión política absolutamente normal. Lo que ocurrió después fue completamente desproporcionado.
Un gobierno pendiente de todo lo que se dice
El episodio también me hace pensar en qué grado de monitoreo tiene el Gobierno sobre todo lo que se dice en los medios. Porque Novaresio aparece en televisión, pero hoy hay miles de personas opinando todos los días. La oferta de comentarios políticos y periodísticos es prácticamente infinita: televisión abierta, canales de cable, radios, redes sociales, YouTube.
Hace muchos años, cuando yo trabajaba en televisión, éramos tres o cuatro los que opinábamos de política. Estaban Daniel Hadad, Neustadt, Grondona, yo y alguno más. Hoy hay cientos. Y, sin embargo, una frase de Luis Novaresio llegó inmediatamente al Presidente y provocó una reacción furiosa.
Esto me recuerda, inevitablemente, a los Kirchner. Durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner era muy común entrar al despacho de algún funcionario y encontrarse con cinco, seis o siete televisores encendidos al mismo tiempo. Naturalmente estaban sin volumen, porque nadie puede escuchar siete canales simultáneamente. Pero todo se monitoreaba.
Había una obsesión con los medios y con lo que se decía sobre el Gobierno. Incluso recuerdo que algunos canales comenzaron a jugar con los zócalos porque sabían que los funcionarios no podían escuchar lo que realmente se estaba diciendo y solamente miraban los textos que aparecían en pantalla. Hoy, evidentemente, el monitoreo es mucho más sofisticado.
Qué dijo Novaresio que hizo enfurecer a Milei
Lo que dijo Luis Novaresio podría haberlo dicho cualquiera de nosotros. De hecho, yo pensé exactamente lo mismo mientras escuchaba al canciller Quirno atribuirle prácticamente a Milei los triunfos electorales de la región. Novaresio simplemente cuestionó esa afirmación. Y por eso recibió una secuencia verdaderamente alucinante de insultos por parte del Presidente.

Milei lo llamó, entre otras cosas, “mierda humana”, “mandrilecio” y “mierdanecio”. Estamos hablando de expresiones utilizadas por el presidente de un país para referirse a un periodista por haber formulado una observación política.
El Presidente también escribió que los periodistas y analistas “zurdos y progres” querían instalar que el triunfo de Bolsonaro era malo para la Argentina y atribuyó esas posiciones al odio, la envidia y el resentimiento. Pero ahí aparece otro problema: se construye una teoría que nadie necesariamente sostuvo y después se la refuta.
Novaresio cuestionó una afirmación concreta de Quirno. No estaba planteando una conspiración ni diciendo que el triunfo de Bolsonaro fuera malo para la Argentina. La respuesta presidencial fue de una violencia verbal completamente desproporcionada respecto del comentario que la originó.

El problema ya excede a un periodista
Siempre parece que se cruza una nueva línea, pero esta situación empieza a ser cada vez más grave. No se trata solamente de Novaresio. El problema es la terminología que se utiliza sistemáticamente contra periodistas que no coinciden con el Gobierno. Una opinión puede discutirse. Un periodista puede equivocarse. Un comentario puede ser rebatido. Lo que resulta difícil de comprender es que una diferencia de criterio termine convertida inmediatamente en una sucesión de insultos personales. Y esto ocurre con una frecuencia cada vez mayor.
Las organizaciones periodísticas, los colegios profesionales y distintas instituciones han realizado advertencias sobre estas situaciones. Hasta ahora, evidentemente, esas advertencias no han tenido ningún efecto. Y hay además un problema adicional: la violencia verbal puede terminar generando consecuencias que excedan las palabras.
Cuando desde el máximo nivel del poder político se presenta reiteradamente a determinados periodistas como enemigos, personas despreciables o integrantes de conspiraciones, aparece el riesgo de que alguien interprete esas palabras de una manera todavía más extrema. Ese es uno de los aspectos que me parecen verdaderamente preocupantes.

De la crítica a la idea de conspiración
Hay además un contexto político que vuelve todavía más delicado este asunto. Desde determinados sectores aparece recurrentemente la posibilidad de vincular opiniones periodísticas críticas con supuestas campañas internacionales contra el Gobierno. Eso lleva una discusión pública perfectamente normal a un terreno completamente distinto.
Luis Novaresio podrá tener una opinión correcta o incorrecta sobre lo que dijo Pablo Quirno. Podrá discutir si Milei tuvo mucha, poca o ninguna influencia en la elección brasileña. Todo eso forma parte del debate político. Lo que no parece razonable es transformar una diferencia semejante en la prueba de una conspiración o en una justificación para una catarata de insultos.
Conozco a Luis hace años.Es una persona educada, seria y completamente alejada de la caricatura ideológica con la que se pretende describirlo. Pero, en realidad, ni siquiera debería ser necesario aclararlo. Aunque fuera de izquierda, de derecha, progresista, conservador o cualquier otra cosa, debería poder expresar una opinión sin convertirse por eso en objeto de una agresión presidencial.

El punto central no es defender a Novaresio porque piense de determinada manera. Es defender la posibilidad de discutir. Este asunto ya dejó de ser excepcional. Se está convirtiendo en algo cotidiano y eso naturalmente afecta el rol presidencial.
También genera el peligro de que la discusión política avance cada vez más hacia un terreno de violencia y de acusaciones sobre supuestas conspiraciones. Por eso me parece un tema muy grave. No por una frase aislada ni por una pelea particular entre un presidente y un periodista. Es grave porque empieza a mostrar un mecanismo repetido: alguien plantea una diferencia, el Gobierno la interpreta como una agresión y la respuesta termina siendo el insulto.
Y cuando ese mecanismo se vuelve cotidiano, deja de ser una anécdota.