Día 1040: El Papa y la noticia deseada
Entre las urgencias institucionales, los intereses políticos y la devoción de millones, la salud del papa León XIV encendió un mecanismo tan humano como peligroso: confundir lo que deseamos que ocurra con lo que realmente está pasando.
Hay noticias que se esperan y noticias que se necesitan. La diferencia parece menor, pero puede ser decisiva. Cuando una sociedad, una institución o un conjunto de intereses deposita demasiadas expectativas en un acontecimiento, corre el riesgo de empezar a interpretar los hechos no por lo que indican, sino por lo que desearía que indicaran. Eso es lo que ocurrió durante los últimos días alrededor de la salud del Papa León XIV y su esperada visita a América Latina. La noticia deseada era que el Papa estaba bien, que la operación no representaba un peligro significativo, se decía que era muy probable que no se tratara de un tumor y mucho menos que fuera cancerígeno, y que su viaje a la Argentina, Uruguay y Perú seguía adelante.
La expectativa tenía, además, una historia acumulada de frustración. Durante los 12 años de pontificado de Francisco, la Argentina esperó la visita de su compatriota, el primer papa argentino de la historia, que nunca regresó al país después de su elección en 2013. Hubo anuncios informales, especulaciones y esperanzas que se renovaban para volver a apagarse, hasta que su muerte, en abril de 2025, cerró definitivamente esa posibilidad. La llegada de León XIV representa entonces algo más que una visita pastoral: la oportunidad de concretar el encuentro que había quedado pendiente durante todo el papado de Francisco.
Vamos a escuchar un audio que nos envió Miguel Wiñazki especialmente para esta columna.
El domingo 11 de octubre, León XIV anunció públicamente que debía someterse a una operación para extirpar un nódulo pulmonar. La intervención se realizaría pocos días después, a menos de un mes de la gira prevista para noviembre. El pontífice habló de una lesión detectada en una fase temprana y bien localizada, y el vocero del Vaticano anticipó que la recuperación hospitalaria demandaría aproximadamente una semana. El mensaje transmitía tranquilidad y, sobre todo, permitía conservar la expectativa de que el cronograma internacional no se alteraría. La operación aparecía como un inconveniente que podía resolverse sin modificar el acontecimiento que todos esperaban.
En la Argentina, esa expectativa encontró un terreno especialmente fértil. La visita papal no es solamente un acontecimiento religioso: involucra al Gobierno, a la Iglesia, a los organizadores, a los medios de comunicación, a los empresarios que colaboran con su financiamiento y a millones de fieles. Cualquier señal que obligara a considerar una cancelación amenazaba con abrir una discusión incómoda.
El hermano del papa León XIV también lucha contra el cáncer y sufrió una recaída hace tres meses
A partir del anuncio comenzaron a multiplicarse las explicaciones sobre la naturaleza del nódulo. En las coberturas periodísticas y las interpretaciones médicas se recordó que muchas lesiones pulmonares son benignas y que pueden responder a procesos inflamatorios o infecciosos anteriores. También circularon hipótesis sobre posibles secuelas de enfermedades previas. Es importante distinguir esas explicaciones generales de un diagnóstico concreto: un nódulo pulmonar puede tener diferentes causas y su aspecto por sí solo no permite establecer si es maligno; pero, como explicó desde el primer día Nelson Castro, como esa lesión pulmonar no estaba hace poco más de un año cuando asumió como Papa y se le hizo el chequeo médico inicial, había que descartar todas esas hipótesis benignas y considerar que se tratase de un tumor el escenario más probable. Sin embargo, la insistencia en las posibilidades benignas contribuyó a construir un clima de optimismo en el que la hipótesis más preocupante parecía quedar relegada.
En nuestro programa, Nelson Castro introdujo una perspectiva diferente. El periodista señaló que la evolución de la lesión y las características de la intervención debían analizarse con seriedad, y advirtió que el viaje previsto representaba una exigencia física considerable. El 12 de octubre, antes de la operación, ya había planteado públicamente que la recuperación haría muy poco probable su viaje a Sudamérica.
El martes 13 llegó la operación. El Vaticano informó que el procedimiento había sido exitoso y que no se habían producido complicaciones. Pero la noticia médica que acompañó ese parte modificó sustancialmente la interpretación de lo ocurrido: el análisis del tejido extraído confirmó que el nódulo era un adenocarcinoma pulmonar, un tumor maligno. La hipótesis que hasta entonces había quedado entre las posibilidades dejó de ser una especulación y pasó a ser un diagnóstico confirmado. El optimismo sobre la recuperación inmediata podía mantenerse, pero ya no era posible hablar de la lesión como si su naturaleza permaneciera completamente abierta.
La confirmación obliga a revisar la cobertura de los días anteriores, aunque no autoriza a inventar certezas retrospectivas. No está demostrado que las autoridades vaticanas conocieran el diagnóstico definitivo antes de la intervención ni que los médicos hubieran ocultado deliberadamente información. Tampoco puede deducirse, por el solo hecho de que los cirujanos fueran especialistas en cirugía torácica con especialidad oncológica, que el tumor necesariamente debía ser canceroso: una intervención puede realizarse precisamente para determinar la naturaleza de una lesión. La pregunta periodística pertinente es otra: ¿se transmitió con suficiente claridad que la posibilidad de malignidad existía y que la operación podía revelar un escenario muy diferente del que sugería el tono tranquilizador de las primeras noticias?
En Perú no fue distinto que en Argentina. Ayer dialogamos en este programa con Kurt Mendoza, que nos contó el impacto que tuvieron las noticias allí.
Hay un dato adicional que también merece ser tratado con cuidado. Recién después de que se confirmara que el tumor extraído a León XIV era cancerígeno se informó que Louis Prevost, hermano del Papa residente en Estados Unidos, padece cáncer y había experimentado una recaída meses antes. Ese antecedente familiar, aunque no demuestra por sí mismo que ambos hermanos compartan una predisposición genética ni permite establecer una relación entre sus enfermedades, se trataba de una información relevante para el pronóstico médico previo a la operación.
Después del diagnóstico, el discurso volvió a concentrarse en la posibilidad de que León XIV viajara de todos modos. La recuperación hospitalaria prevista en aproximadamente una semana pasó a funcionar como argumento para sostener que la visita todavía era posible. Pero permanecer siete días internado no significa estar en condiciones de realizar una gira con vuelos, desplazamientos, actos multitudinarios, discursos y compromisos sucesivos.
En la Argentina existe, además, un interés material concreto en que la visita no se suspenda. Según informó La Nación el 7 de octubre, el costo correspondiente al Vaticano rondaría los 30 millones de dólares y la organización buscaba aportes de empresarios para cubrir los gastos.
Pero la importancia del viaje no se agota en sus costos ni en la dimensión política del acontecimiento. Para la Iglesia católica, la visita de un Papa constituye una oportunidad extraordinaria de evangelización: acercar a los fieles, convocar a quienes se alejaron de la institución, renovar la participación de los jóvenes y reforzar la presencia pública del catolicismo en una sociedad atravesada por transformaciones culturales y religiosas. La Argentina ofrece, además, señales de una religiosidad popular capaz de movilizar multitudes.
La 52.ª Peregrinación Juvenil a Luján, realizada el 3 y 4 de octubre, reunió a más de 2,8 millones de personas, según el relevamiento de la Municipalidad de Luján, que la calificó como la más convocante de su historia. La cifra, impresionante de por sí, revela la fuerza de una devoción popular que conserva una enorme capacidad de convocatoria. Para el Vaticano, llegar a ese país y encontrarse con semejante multitud representa una oportunidad pastoral difícil de reemplazar: no solamente celebrar misas y pronunciar discursos, sino convertir la expectativa en un vínculo duradero con los creyentes. La posibilidad de que esa oportunidad se postergue explica parte de la ansiedad que rodeó la discusión sobre la salud del Papa, aunque no puede justificar que se subordine su recuperación a la necesidad institucional de concretar la visita.
La Iglesia argentina no está ante una situación sencilla. La preparación de la visita involucró a distintas jurisdicciones eclesiásticas, organismos estatales, equipos de trabajo y colaboradores privados. Reprogramar una actividad de esa magnitud tiene consecuencias económicas y operativas, y volver a convocar a los mismos donantes no está garantizado. Pero precisamente por eso resulta importante establecer una jerarquía de prioridades: la organización existe para recibir al Papa, no el Papa para cumplir con la organización. Los recursos comprometidos, las expectativas de los fieles y el trabajo realizado merecen consideración, pero ninguno de esos factores debería convertirse en una presión sobre una decisión que debe atender, antes que nada, a la salud del pontífice.
Vamos a escuchar, que entrevistamos ayer, al arzobispo de San Juan de Cuyo, Monseñor Jorge Lozano, quien tuvo la última reunión privada con el Papa León XIV.
El episodio también interpela a los medios de comunicación. En acontecimientos de enorme carga emocional, la prensa puede convertirse involuntariamente en una máquina de producir tranquilidad. Una noticia positiva genera alivio, permite sostener una agenda y evita decepcionar a una audiencia que ya se había entusiasmado. Una noticia negativa, en cambio, obliga a revisar lo publicado, admitir que existen dudas y explicar por qué los datos todavía no alcanzan para confirmar lo que todos querían escuchar. El periodismo no tiene que competir por quién anuncia primero el peor desenlace, pero tampoco debe confundir la responsabilidad de informar con la obligación de tranquilizar. La tarea consiste en mantener abiertas las preguntas que los hechos todavía no permiten responder.
Hay una dimensión política más amplia en esta historia: las instituciones no solamente administran acontecimientos, también administran expectativas. El Vaticano tiene razones para preservar la intimidad médica del Papa, evitar especulaciones y transmitir información confirmada. La Iglesia argentina tiene razones para desear que la visita se concrete. Los gobiernos involucrados tienen motivos institucionales para prepararla, y los fieles tienen razones afectivas y religiosas para esperarla. Ninguno de esos intereses es ilegítimo por sí mismo.
El Vaticano confirma que el papa León XIV padece cáncer de pulmón
La noticia deseada no es necesariamente una mentira ni requiere una conspiración para imponerse. A veces alcanza con seleccionar los datos que tranquilizan, repetir las hipótesis más amables y presentar como probable aquello que todavía no se sabe.
No hay necesariamente nadie malo en esta historia: ni el Vaticano, ni los médicos, ni el periodismo, ni la Iglesia argentina. Lo que aparece es un mecanismo profundamente humano que Freud identificó entre las formas de defensa psíquica: la negación, esa tendencia a apartar de la conciencia aquello que resulta demasiado incómodo para aceptar. Lo extraordinario de este caso es que la noticia deseada tiene una finalidad moralmente buena: queremos que el Papa esté bien, que se recupere y que pueda visitar a millones de fieles que lo esperan.
Precisamente por eso, nos permite reconocer con mayor claridad un mecanismo que opera cotidianamente en terrenos mucho más conflictivos: cuando interpretamos la inflación según nuestras expectativas, cuando minimizamos el cambio climático porque aceptar sus consecuencias nos obliga a modificar hábitos, cuando algunos ven inevitable la reelección de Milei y otros necesitan convencerse de que su proyecto económico fracasará. No siempre mentimos ni nos mienten: muchas veces seleccionamos, jerarquizamos y comprendemos los hechos de la manera que mejor se ajusta a aquello que deseamos creer. La pregunta que deja esta historia, entonces, no es quién quiso engañarnos, sino cuántas veces confundimos lo que esperamos que ocurra con lo que realmente está ocurriendo. Porque la noticia deseada puede ser una expresión de esperanza, pero cuando se convierte en el filtro a través del cual miramos la realidad, deja de ayudarnos a comprender el mundo y empieza a impedirnos verlo.
El diagnóstico de León XIV recordó que la realidad no está obligada a respetar el calendario de una gira, las necesidades de una institución ni las expectativas de millones de personas. Existe una obligación elemental para todos los que informan: contar lo que se sabe, reconocer lo que se ignora y no confundir nunca la noticia deseada con la noticia verdadera.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira
MEG
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