El editorial de Jorge Fontevecchia

Día 763: Más que a Maduro, Trump quiere a Lula fuera del poder

América Latina dejó de ser un escenario periférico para transformarse en un laboratorio central del nuevo orden que Donald Trump busca imponer. Brasil emerge como un actor clave en la defensa de la región, apoyado en su liderazgo regional y en una política exterior que articula con Europa y China.

Día 763: Más que a Maduro, Trump quiere a Lula fuera del poder Foto: CEDOC

El acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur representa un desafío a la estrategia de control imperial que Donald Trump viene desplegando y redoblando particularmente desde la captura de Nicolás Maduro. De Brasil, el país más importante de la región, fundador del BRIC, siendo Brasil la primera letra del acrónimo que la une con Rusia, India y China, además de representante del progresismo latinoamericano. Y de Europa, amenazada también por la verborragia bravucona de Trump, que amenaza con anexar Groenlandia, desafía así, con el multilateralismo comercial, el proyecto autoritario de Washington.

La captura de Maduro marcó un hito en la intervención de Washington en América Latina. Por lo general, la intervención estadounidense en la región había sido indirecta. Pero lo que en la superficie se vendió como un triunfo contra un régimen autoritario y corrupto tiene una lectura más amplia: es parte de un diseño estratégico para reconfigurar la región bajo el control político y económico de Donald Trump y sus aliados.

Gustavo González compartió en su última columna para Perfil un mapa que circuló en las redes sociales, a modo de parodia, sobre cómo Trump se imagina el mundo. La salida de Maduro es la señal de que Trump no aceptará en su patio trasero a gobiernos que desafían su visión geopolítica. Si quedaba alguna duda de esto, cada vez está más claro que lo que buscaba Trump no era una rápida transición en Venezuela, sino asegurarse el control del petróleo.

“Tras la intervención en Caracas, avisó lo que sigue: le advirtió al colombiano Petro que ‘se cuide el culo’, al cubano Díaz-Canel que ‘está a punto de caer’ y a la mexicana Sheinbaum que atacará en forma terrestre a los carteles de su país. Y durante toda la semana reiteró que anexará a Groenlandia, que desde 1721 pertenece a Dinamarca. El viernes lo sintetizó: ‘Les guste o no, nos vamos a quedar con Groenlandia’”, escribió González. 

Pero, por su importancia económica, Brasil es el jugador más importante de la región y la quinta mayor economía del mundo, compitiendo con Rusia por ese puesto en términos económicos, y no puede haber estrategia trumpista en el Cono Sur sin cooptar Brasil.

Desde Brasil la periodista Eleonora Gosman advirtió en este mismo programa que el bombardeo de Estados Unidos en Venezuela encendió una señal de alarma inédita en Brasil: las Fuerzas Armadas están en “alerta roja” porque perciben que un eventual enfrentamiento entre Washington y Caracas impactaría de lleno en toda la región, aun cuando Donald Trump “todavía no tocó a Brasil” en sus amenazas explícitas. Para los militares brasileños, el problema es concreto: saben que hoy “no están en condiciones de responder a una invasión o un bombardeo americano”.

"Hay una alerta roja en las Fuerzas Armadas brasileñas, que tienen su razón de ser. Es cierto que, por ahora, Brasil no es mencionado, porque Donald Trump ha mencionado a México y a Groenlandia de una manera siniestra. 'O te invadimos o te compramos', dijo", explicó

Según la corresponsal, el presidente estadounidense "todavía no tocó Brasil", pero los militares brasileños evalúan el impacto de un enfrentamiento armado entre Estados Unidos y Venezuela en la región. "Los militares brasileños han observado un punto muy importante, y es que ellos no están en condiciones hoy de responder a una invasión o un bombardeo americano", agregó. 

En las últimas horas, el presidente norteamericano redobló la presión sobre Cuba y advirtió al gobierno de Miguel Díaz-Canel que debe llegar a un acuerdo “antes de que sea demasiado tarde”. A través de su red, Truth Social, afirmó que la isla “no recibirá más dinero ni petróleo desde Venezuela”, tras el derrocamiento de Nicolás Maduro y el bloqueo naval impuesto por Washington. En ese mensaje sostuvo que “Cuba sobrevivió durante muchos años gracias al petróleo y al dinero de Venezuela” y que, a cambio, brindó “servicios de seguridad” a los últimos gobiernos chavistas, pero que “eso se acabó”.

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En el mismo posteo, Trump fue más allá al asegurar que “la mayoría de esos cubanos han muerto tras el ataque estadounidense de la semana pasada” y que ahora “Venezuela cuenta con Estados Unidos, el Ejército más poderoso del mundo (¡con diferencia!), para protegerla”. Con tono de ultimátum, cerró: “¡NO MÁS PETRÓLEO NI DINERO PARA CUBA! ¡NADA!”. Además, le recomendó encarecidamente que llegue a un acuerdo antes de que sea demasiado tarde.

Las advertencias llegan días después de que The Washington Post revelara que Estados Unidos reposicionó fuerzas en el Caribe y ubicó dos buques de guerra al norte de Cuba. El tono es completamente agresivo y prepotente, incluso jactándose de la muerte de los guardias cubanos que respaldaban a Maduro. No está de más recordar que la última guerra entre Europa en el continente americano fue la de España contra Estados Unidos por Cuba. Si, como sospechan varios analistas, la captura de Maduro fue “pactada”, las fuerzas de seguridad cubanas fueron, de alguna manera, “sacrificadas” en ese pacto, algo que subraya aún más la criminalidad de la operación.

Pero, volviendo a la ambición de control de Trump sobre la región, sin dudas Lula da Silva se ha convertido en la piedra más grande en el zapato de la Casa Blanca, junto a Gustavo Petro, que gobierna Colombia, pero con una importancia geopolítica y económica menor.

Analicemos, al respecto, el mapa que compartió Javier Milei en sus redes sociales, en el que ilustra la situación política de los gobiernos de la región.

A pesar de lo trágico, no deja de ser gracioso que la megalomanía de Milei, en el siglo de internet, los memes y las publicaciones bizarras, se atreva a compartir él mismo un mensaje que dice “Javier Milei líder mundial”. Pero lo llamativo es cómo, mientras Uruguay, Colombia y Brasil permanecen en un rojo oscuro, bajo el mensaje “la plaga roja retrocede”, el resto de la región es pintada de celeste brillante, con cadenas rotas, representando el “avance de la libertad”.

Es llamativo el cambio de actitud norteamericano frente a su “patio trasero”. En agosto de 2001, en plena crisis argentina, el entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush, reveló que mantuvo una conversación telefónica con el rey Juan Carlos de España para analizar la situación del país. Desde su rancho en Texas, Bush afirmó que Washington seguía “muy de cerca” lo que ocurría en Argentina, pero dijo que España tenía incluso más intereses en juego que Estados Unidos.

Bush evitó comprometerse con una nueva asistencia financiera directa, lo que podría haber amortiguado, seguramente, la crisis de Gobierno. ¿Qué hubiera pasado si Trump mantenía la misma expectativa en lugar de asistir a Milei para las elecciones de medio término? El vuelco de Estados Unidos a la región es mucho más agresivo ahora que en aquel entonces.

En el siglo XVIII, la América europea estaba compuesta por un mosaico de imperios coloniales que se disputaban territorios y rutas comerciales en el Nuevo Mundo. En la franja oriental de América del Norte apenas existían trece pequeñas colonias inglesas, un enclave relativamente marginal frente al dominio español que se extendía desde Florida hasta California, y desde el actual suroeste de Estados Unidos hasta gran parte de América Central y del Sur.

Con el paso de las décadas, ese mapa se transformó de manera radical. Primero, el naciente Estados Unidos fue arrebatándole a España la totalidad de sus territorios en lo que hoy es suelo estadounidense y luego, ya convertido en potencia continental, avanzó sobre el resto del hemisferio mediante la llamada doctrina del “garrote”, una política de intervención sistemática que sometió a los países independientes al sur del río Bravo a la influencia política, económica y militar de Washington.

Este proceso también marcó una fractura cultural y geopolítica más amplia: mientras la Europa continental fue integrándose en lo que hoy conocemos como la Unión Europea, Inglaterra tomó otro rumbo y terminó separándose de ese proyecto. De ese modo, el Reino Unido quedó cada vez más ligado al mundo anglosajón liderado por Estados Unidos, consolidando un eje atlántico que tiene raíces profundas en aquella expansión iniciada por las trece colonias del siglo XVIII.

El acuerdo Mercosur–Unión Europea, declarado a una semana de la incursión en Venezuela, resulta entonces todavía más disruptivo. Lula celebró la aprobación del acuerdo como “un día histórico para el multilateralismo”. Un pacto logrado tras 25 años de negociaciones, pero que, analizado desde la situación geopolítica actual, no es un tratado comercial común: es un gesto de resistencia al expansionismo político y económico estadounidense.

Y representa además un triunfo para Lula de cara a un año electoral, ya que el liderazgo brasileño en este pacto lo convierte, de hecho, en un acuerdo Brasil–Europa, más que un simple Mercosur–UE. Brasil representa la mayoría del peso del Mercosur, con más de 210 millones de habitantes y aproximadamente tres cuartas partes del producto bruto de toda la región.

Este pacto comercial elimina aranceles, abre mercados y crea un espacio económico integrado de más de 700 millones de consumidores. Implica acceso preferencial para exportaciones agrícolas y industriales sudamericanas en Europa, a cambio de bienes europeos que las industrias del Mercosur necesitan.

El acuerdo con Europa viene en un momento en que la OTAN, tradicional baluarte de seguridad occidental, se siente abandonada ante la amenaza rusa. Europa, que no quiere quedar en la periferia de una hegemonía militar estadounidense, ha optado por afirmar su rol global también en lo económico.

Es decir, Europa se siente, por momentos, tan desamparada como Latinoamérica. Así lo expresaba Carlos Quenan en Modo Fontevecchia la semana pasada: " Hay una gran similitud entre Europa y América Latina. No existe capacidad de oponerse claramente a las posiciones de Trump, aunque sí de intentar moderarlas".

En ese sentido, Quenan sostuvo que ocurre algo similar a lo que vive la oposición en Venezuela, encabezada por María Corina Machado, "que ganó las elecciones de 2024 y busca congraciarse con Trump, incluso planteando compartir un Premio Nobel, al considerar que sigue siendo el principal apoyo para una salida política, más allá de que pesen más factores energéticos y geoestratégicos que la democracia".

Todo esto genera una situación en la que distintos actores quedan prisioneros de las decisiones de Trump. Cualquier intento de involucrar a organismos internacionales, como la OEA o las Naciones Unidas, en una transición pacífica.

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Un triunfo de Lula en las elecciones sería una reafirmación de Brasil como contratendencia regional en el avance de los gobiernos afines a Donald Trump. A diferencia del Brasil de Lula, la política exterior de Milei ha sido una extensión de las posiciones de Trump: respaldó públicamente la intervención en Venezuela y alineó su discurso incondicionalmente con Estados Unidos.

La tensión entre ambos gobiernos escaló en los últimos días, cuando el gobierno brasileño confirmó que decidió dejar de proteger la Embajada argentina en Caracas, poniendo fin a una función que ejercía desde agosto de 2024, cuando las autoridades venezolanas expulsaron al personal diplomático argentino tras la ruptura de relaciones con Maduro. 

Brasil notificó oficialmente tanto a Argentina como a la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, sobre el cese de su rol como custodio de la sede, los bienes y los intereses de Argentina en Venezuela. Milei, por su parte, deslizó en una reciente entrevista que apoya al hijo de Jair Bolsonaro en las elecciones brasileñas, porque allí “tiene amigos”. "En Brasil tengo amigos, los Bolsonaro. Prefiero una solución con los Bolsonaro y no una solución con el socialismo del sigo XXI", declaró el mandatario. 

El bolsonarismo cuenta con una fuerte influencia en Brasil. Los seguidores del líder de ultraderecha son, muchos de ellos, simpatizantes de Milei. Y bajo esta interpretación de las elecciones brasileñas como “una cruzada” contra el comunismo en la región (como lo presenta la nueva extrema derecha), no sería descabellado pensar en que Trump y Milei busquen intervenir en las elecciones de Brasil en favor del hijo de Bolsonaro, que será candidato.

Así como Trump ha intervenido en las elecciones de Argentina de mediano término, no sólo mediante ayuda económica al gobierno de Milei, sino también con fuertes declaraciones, en las que afirmaba que si Milei no ganaba vendría un cataclismo económico. Podría hacer lo propio con Brasil. Y esto quizás tenga más impacto ahora, que Estados Unidos está jugando sus fichas militarmente en la región.

Para Washington, si Lula gana, el control de la región no será apabullante; si pierde, en cambio la hegemonía estadounidense se reafirma. Según Gosman, la situación de Venezuela implica "la posibilidad real de que Estados Unidos intervenga en las elecciones en Brasil" y el mandatario estadounidense muestre su apoyo a un candidato de derecha, como lo hizo con el oficialismo en las elecciones argentinas.

La derecha brasileña ya empezó su campaña de desgaste contra Lula apuntando al mismo flanco de siempre: la corrupción. El ataque se centra ahora en el hijo del presidente y en supuestos vínculos irregulares con fondos jubilatorios, en una narrativa que busca reinstalar que “el PT es corrupto” y que el gobierno está “enfermo de corrupción”, mientras Flavio Bolsonaro capitaliza el respaldo directo de su padre.

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Es imposible separar los hilos: la caída de Maduro, el acuerdo Mercosur–UE y la estrategia electoral en Brasil forman un mismo tablero que muestra la disputa entre la hegemonía estadounidense y la cooperación multilateral representada por Brasil y Europa. Mientras tanto, líderes de Europa y Brasil no solo negocian términos de comercio, sino que también envían una señal geopolítica: no aceptarán que su destino económico sea dictado desde Washington.

Por eso, el acuerdo Mercosur–UE no es solo una herramienta comercial, es también un escudo político frente al unilateralismo de Washington. Europa busca diversificar sus asociaciones comerciales y reducir su dependencia de Estados Unidos, algo que hasta hace poco parecía inimaginable.

¿Cuáles son los frenos al avance desbocado de Trump? El presidente estadounidense afirmó en una entrevista en el New York Times que el único límite que tiene es su propia conciencia: "Mi propia moralidad. Mi propio criterio. Es lo único que puede detenerme". Y añadió: "No necesito el derecho internacional".

Sin embargo, algunos obstáculos empiezan a oponerse a su ambición desmedida. Viene de sufrir una votación adversa en el parlamento estadounidense, donde 5 republicanos se plegaron a los demócratas para votar contra la posibilidad de volver a intervenir militarmente en Venezuela.

Además, en una reunión partidaria, Donald Trump advirtió a los legisladores republicanos que, si pierden las elecciones legislativas de noviembre de 2026, los demócratas intentarán someterlo a un nuevo juicio político. Con este tono de alarma, reclamó mayor disciplina interna y una confrontación más dura con la oposición, a la que describió como “malvada e inteligente”. 

Trump está llevando al mundo a una nueva situación en la que se adelgazan las mediaciones institucionales y las disputas se resuelven con los hechos consumados: despliegues militares, amenazas, presión económica, guerras comerciales. En ese escenario, América Latina dejó de ser un espacio periférico para convertirse en un laboratorio central del nuevo orden que Trump intenta imponer.

La intervención en Venezuela mostró un método peligroso: no se trata de “normalizar” países, sino de convertirlos en piezas funcionales a una arquitectura de poder que combina control de recursos, disciplinamiento político y demostraciones de fuerza. Esto no absuelve a Maduro de sus crímenes, como tampoco los crímenes de Maduro justifican una intervención militar estadounidense que viola la soberanía y el derecho internacional.

Lo ocurrido en Caracas funciona como mensaje para todos los gobiernos que pretendan sostener márgenes de autonomía, y todavía no está claro con qué métodos pueden defender los gobiernos regionales, y de todo el mundo, su soberanía. Brasil aparece entonces como una hipótesis por su capacidad objetiva de torcer equilibrios: tamaño económico, liderazgo regional y una política exterior que articula con Europa y China. El acuerdo Mercosur–Unión Europea opera como un gesto de insubordinación estratégica, como un límite a quien se cree emperador del mundo.

Lula dista de ser un líder maximalista. Su trayectoria política está marcada por la negociación, el pragmatismo y la construcción de consensos amplios, tanto dentro de Brasil como en el plano internacional. Incluso en sus momentos de mayor confrontación con Washington, evitó siempre romper puentes: apostó a una política exterior de equilibrios, capaz de dialogar con Estados Unidos, Europa, China y el Sur Global sin quedar subsumido en ninguno de esos polos. La suerte de Lula no será solo la de un presidente: será la medida concreta de si todavía queda margen para un proyecto regional que no se arrodille ante la lógica de la hegemonía por la fuerza.

Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira

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