Día 772: El eje Trump-Putin y “el fin de Europa”
Donald Trump estaría dispuesto a “ceder” Europa a la esfera de influencia rusa para asegurarse Groenlandia y el control del Ártico. Se trataría de una transacción geopolítica pura, sin principios ni alianzas históricas.
Mientras los líderes mundiales participan hoy de la cumbre de Davos, Donald Trump decidió correr a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y a los organismos internacionales del centro del tablero y crear su propio dispositivo internacional de poder mundial. El llamado “Consejo de la Paz”, anunciado desde la Casa Blanca, no surge de ninguna resolución multilateral ni de un mandato de la ONU, sino de una iniciativa directa de Washington. Un esquema que, en los hechos, reemplaza al sistema internacional clásico por una mesa chica diseñada por Estados Unidos. Y lo más controvertido: invita a Vladimir Putin a la mesa de decisiones.
En el primer párrafo de su preámbulo, la Carta del "Consejo de Paz" establece que para una paz duradera es necesario “romper con los enfoques e instituciones que con demasiada frecuencia han fracasado”, un claro cuestionamiento al orden geopolítico surgido tras la Segunda Guerra Mundial, que hasta ahora venía rigiendo las relaciones internacionales.
Ese orden geopolítico que hoy Trump cuestiona explícitamente no surgió de manera espontánea, sino como respuesta al trauma más profundo del siglo XX.
Tras la Segunda Guerra Mundial, las potencias vencedoras impulsaron un sistema destinado a evitar una nueva catástrofe global. De allí surgieron las Naciones Unidas, el Consejo de Seguridad, el derecho internacional moderno y la idea de seguridad colectiva: los conflictos mayores debían resolverse mediante reglas, instituciones y equilibrios, no de forma unilateral.
Pero antes incluso de la arquitectura institucional, hubo una ruptura más profunda: la bomba atómica y los campos de exterminio nazis provocaron una crisis radical del pensamiento occidental. Por un lado, Hiroshima y Nagasaki demostraron que el ser humano había alcanzado, por primera vez en la historia, el poder técnico de su propia destrucción total; por el otro, Auschwitz reveló hasta dónde podía llegar el horror cuando la racionalidad moderna se ponía al servicio del exterminio.
Pero ese orden comenzó a agotarse. Y de ese desgaste surgieron los líderes de derecha extrema que hicieron del desprecio por los organismos internacionales una bandera política, como Trump, Putin, Jair Bolsonaro o Javier Milei, que construyeron poder denunciando al “globalismo” y a las burocracias multilaterales. ¿Pero qué pasa cuando el orden que garantiza el equilibrio político tras la guerra más cruenta que vivió la humanidad es cuestionado por las principales potencias del mundo? Vuelve la sombra de las mayores amenazas.
En una reciente entrevista entre Serguéi Karaganov, asesor de Putin, y Tucker Carlson, uno de los comunicadores más influyentes del movimiento MAGA, reproducida en Le Grand Continent, el ideólogo ruso afirma sin rodeos que la guerra de Ucrania “podría haber terminado hace tiempo”, pero que no lo hará hasta que Rusia inflija una derrota completa a Europa.
“No estamos en guerra contra Ucrania, Zelenski y compañía. Estamos en guerra contra Europa”, sostiene el principal asesor de Putin, quien define a Europa como responsable histórica de “todas las desgracias de la humanidad”, desde las guerras mundiales hasta el colonialismo y la decadencia moral contemporánea. Para Karaganov, cualquier alto el fuego que no aborde ese núcleo sería apenas una pausa engañosa.
Además, aseguró que Estados Unidos ya no es garante de la seguridad europea: si Rusia atacara un objetivo europeo, Washington no respondería. “Si atacamos Poznań, está claro que los estadounidenses nunca responderán”, afirma, y extiende esa lógica al conjunto del continente. Sobre esa convicción desliza la amenaza más grave: Rusia estaría a menos de un año de utilizar armas nucleares contra Europa, convencida de que la disuasión estadounidense ha dejado de funcionar y de que la OTAN ya no es un paraguas real.
Karaganov describe a Europa como un continente en decadencia intelectual, política y moral, gobernado por élites “antimeritocráticas” incapaces de comprender el peligro que enfrentan. Según él, los dirigentes europeos necesitan la guerra para justificar su permanencia en el poder y sostener una Unión Europea en declive. La idea de una derrota rusa sería, en sus palabras, una “fantasía peligrosa”, porque si Rusia se viera acorralada “Europa quedaría aniquilada”. En ese sentido, presenta la amenaza nuclear no como un tabú, sino como un instrumento legítimo para forzar a Europa a retroceder.
El discurso incorpora una dimensión abiertamente moral y religiosa. Karaganov sostiene que Europa “ya no teme a Dios y por eso ya no teme a la guerra”, que ha perdido sus referencias espirituales y humanas y se ha vuelto “antihumana”. Desde esa lógica, justifica incluso la actualización de la doctrina nuclear rusa: el uso de armas nucleares sería un “pecado”, pero uno “necesario” si se trata de “salvar a la humanidad”.
Al ser consultado sobre qué pasaría si Putin muriera en manos de Ucrania, Europa o Estados Unidos, el director del Consejo de Política Exterior y Defensa de Rusia dijo: "Esperemos de todo corazón que eso no suceda. Sin embargo, si ocurriera, el castigo sería inmediato. Europa, ya que espero que no se trate de Estados Unidos, sería borrada del mapa de la humanidad".
Ayer, en una entrevista en este mismo programa, el sociólogo y antropólogo Pablo Semán lo explicó con claridad: la brutalidad de Trump no es un exabrupto personal ni una anomalía pasajera, sino la expresión de un cambio cultural profundo en las democracias occidentales.
Según Semán, sociedades que durante décadas se apoyaron en la legitimidad de las instituciones, los derechos y el multilateralismo atraviesan hoy una crisis estructural de confianza. Trump no irrumpe desde afuera de ese proceso, sino que lo encarna y lo acelera: llega al poder gracias a esa erosión y, desde el poder, la profundiza, desbaratando simbólica y materialmente las mediaciones institucionales que ordenaban la política internacional.
"Trump hace evidente que no funciona, intenta establecer una institucionalidad paralela y las vacía (a las organizaciones internacionales) desde el punto de vista simbólico y desde el punto de vista práctico", expresó, y advirtió: "Trump en su momento dijo también con sinceridad que él quería ser un dictador".
Semán se refería a una declaración del actual presidente norteamericano: antes de asumir su segundo mandato, dijo que sería “dictador por un día”. Pero también señala que Trump es, quizás, la expresión más aceleracionista de un cambio cultural que se está dando en la sociedad.
Una encuesta de Massachusetts midió en los votantes el impacto de estas declaraciones y el resultado es impactante: el 74% de los republicanos acepta que Trump sea “dictador por un día”. Es llamativo el concepto de “dictador por un día”. Trump afirma que, si por un día puede saltarse las leyes y ser un dictador, solucionaría grandes problemas del país.
La lógica de un superhéroe, un Batman o Superman, que salvan el día de una amenaza con una acción rápida y eficaz, saltándose las leyes. Esta parece ser la idea que Trump emplea en su política exterior, como en el caso de la incursión en Venezuela o sus afirmaciones de que podría intervenir en Irán si una acción militar le asegurara la derrota del régimen de los ayatolás. ¿Pero qué pasa si jugar al superhéroe con la geopolítica sale mal?
Pablo Semán: “La brutalidad de Trump es la expresión de un cambio cultural”
En una reciente columna de este mismo programa hablamos del concepto de boomerang imperial, rescatado por Lydia Polgreen para un artículo en The New York Times. El boomerang imperial es un fenómeno por el cual la violencia ejercida en el exterior regresa en forma de represión interna y erosión democrática. Es decir, la represión interna en EE. UU. refuerza y se retroalimenta con la prepotencia en política exterior. Existe la contradicción entre ser democracia e imperio. Ninguna democracia puede ser imperio, porque para ser imperio, debe llevar a cabo acciones que van en contra del sistema democrático.
En agosto de 2025, Trump volvió a referirse a la posibilidad de ser un dictador, sugiriendo que “quizás a los estadounidenses les guste un dictador”. La frase llegó tras la firma de órdenes que refuerzan la represión federal en Washington, el despliegue de la Guardia Nacional y el control directo de la policía local, medidas que el presidente justifica como respuesta a una supuesta ola de delincuencia e inmigración fuera de control. Los gobernadores demócratas lo acusan de actuar como un “aspirante a dictador” que busca usar al ejército para disciplinar a opositores y obtener rédito político, mientras crecen las denuncias por un ejercicio del poder que desborda los límites constitucionales y consolida un estilo cada vez más autoritario.
“Algunos dicen: 'No lo necesitamos. Libertad, libertad, él es un dictador. Mucha gente dice: 'Quizás queremos un dictador'. A mí no me gustan los dictadores. No soy un dictador. Soy un hombre inteligente y con sentido común”, dijo ante la prensa desde la Oficina Oval.
Junto con el adelgazamiento de la democracia occidental y el debilitamiento del orden geopolítico construido tras la Segunda Guerra Mundial, vuelven todos los peligros y amenazas que habíamos dejado atrás como sociedad global: la polarización extrema, los conflictos raciales, las guerras mundiales e incluso la emergencia de gobiernos con rasgos fascistas. El siglo XX aparece en el siglo XXI como “recuerdos de futuro”.
Estados Unidos vuelve a mostrar una escena que parecía archivada en los manuales de historia. Este mes, el Partido Pantera Negra reapareció en las calles de Filadelfia, Nueva York y Minnesota con patrullas armadas, boinas negras y el mensaje de que las comunidades no piensan esperar pasivamente nuevas redadas de ICE, la policía migratoria.
La muerte de Renee Nicole Good, una ciudadana desarmada abatida por un agente migratorio, terminó de encender una mecha social que ya venía cargada por meses de endurecimiento represivo. Obviamente, no estamos hablando de algo masivo, pero el peso simbólico que cobran estos gestos en la era de internet y las redes sociales amplifica su impacto.
La respuesta del gobierno de Trump escala en paralelo. Tras haber declarado a Antifa como organización terrorista, la Casa Blanca evalúa aplicar el mismo encuadre legal al Partido Pantera Negra. El Pentágono ya puso en alerta a tropas en Minnesota y Trump amenaza con invocar la Ley de Insurrección para desplegar al Ejército dentro del país. Con miles de agentes de ICE en las calles y patrullas armadas comunitarias que juran no retroceder, el conflicto entra en una fase inédita. Estados Unidos vuelve a enfrentar una pregunta que parecía insólita en el siglo XXI: ¿qué ocurre si el orden interno se resquebraja y el poder responde con militares, mientras parte de la sociedad decide armarse para resistir?
En un reciente artículo publicado en el sitio europeo Le Grand Continent, el político y empresario francés Thierry Breton sostiene que el mundo ha entrado en una era de radicalidad en la que la fuerza reemplazó al derecho y el orden internacional basado en reglas dejó de existir.
Advierte que no hay retorno posible al equilibrio previo y que la rivalidad estructural entre Estados Unidos y China define el presente y el futuro inmediato. En ese contexto, Trump no aparece como una anomalía pasajera, sino como el rostro político de una élite con un plan estratégico duradero orientado a colocar a Estados Unidos en una lógica de guerra económica, tecnológica y geopolítica contra China.
Según Breton, esa estrategia incluye la apropiación de recursos, la vasallización financiera y regulatoria de aliados, el control de sectores clave como tecnología, energía y armamento, y una visión resumida en la llamada “doctrina Donroe”, que busca expulsar a China de América y someter a los pocos regímenes díscolos. Europa, lejos de ser un socio, aparece para Trump como un territorio a disciplinar, incluso con la complicidad de fuerzas de extrema derecha europeas. La guerra en Ucrania, en ese esquema, funciona como herramienta de presión sobre los europeos más que como un freno a Rusia.
Breton plantea que Europa enfrenta simultáneamente la amenaza de tres imperios: Estados Unidos, Rusia y China. Washington ha abandonado su rol universalista y vuelve a un aislacionismo agresivo; Moscú retoma una lógica histórica de expansión imperial hacia Europa del Este; y Pekín persigue una revancha histórica y una estrategia de dominación económica y tecnológica, con Europa como objetivo privilegiado y Taiwán como horizonte central. En ese escenario, Europa está sola y debe abandonar la nostalgia por alianzas que ya no existen.
La respuesta, afirma Breton, no puede ser la resignación sino una “unión sagrada” europea basada en la autonomía estratégica. Propone reforzar la defensa, la energía, la soberanía tecnológica, el espacio, la ciberseguridad y el control del espacio informativo, sin renunciar a los valores democráticos, pero entendiendo que estos ya no alcanzan como escudo. El Parlamento Europeo, en particular, debe asumir un rol de resistencia activa, saber decir no a la vasallización y encarnar un patriotismo europeo capaz de unir a 450 millones de ciudadanos frente a un mundo que solo reconoce la fuerza.
Donald Trump en Davos: sólo "la gran potencia" de Estados Unidos puede proteger Groenlandia
Este martes, en Davos, hubo una voz que pareció levantarse en ese sentido: Emmanuel Macron. El discurso se dio mientras Trump difundía mensajes privados en los que exhibía su desconcierto ante la postura de Macron sobre Groenlandia y su iniciativa de organizar una reunión ampliada del G7 en París, incluso con presencia rusa.
La relación bilateral se deterioró aún más luego de que Macron rechazara sumarse a la “Junta de Paz” impulsada por Trump, lo que derivó en amenazas de aranceles del 200% a vinos y champagnes franceses. Desde el Elíseo criticaron la estrategia comercial coercitiva de Washington y la calificaron como contraria a la cooperación internacional. “Preferimos el respeto a los matones”, declaró Macron.
El conflicto también tiene una dimensión militar. Macron anunció el refuerzo de la presencia francesa en Groenlandia y un fuerte aumento del gasto en defensa para los próximos años. El choque entre ambos líderes marcará el pulso de Davos 2026, donde Trump dará su discurso central y la delegación estadounidense será la más numerosa de la historia del foro.
Durante siglos, Europa se pensó a sí misma como el centro de la civilización occidental, heredera directa de Roma y Atenas. Allí nacieron la idea de ley común, ciudadanía y universalismo político. Hoy, ese eje parece desplazarse hacia actores que desprecian esas tradiciones y privilegian la fuerza y la transacción. Los nuevos “bárbaros” ya no llegan desde afuera de las fronteras de las ciudades, sino que gobiernan desde Washington y Moscú. Anglosajones norteamericanos y eslavos rusos redefinen el orden global con lógicas ajenas al consenso europeo.
El Foro de Davos nació como un espacio europeo, pensado para fortalecer la competitividad del continente y su liderazgo global. Durante décadas fue vitrina del consenso liberal y multilateral que Europa ayudó a construir. La edición 2026, sin embargo, funciona más como un termómetro del retroceso europeo que como una usina de poder real.
La hipótesis que circula en voz baja es inquietante. Trump estaría dispuesto a “ceder” Europa a la esfera de influencia rusa para asegurarse Groenlandia y el control del Ártico. Se trataría de una transacción geopolítica pura, sin principios ni alianzas históricas.
El filósofo ruso Aleksandr Duguin plantea que detrás del conflicto entre Trump y el llamado “Estado profundo” podría existir una capa aún más poderosa: un “Estado aún más profundo” encarnado por las élites tecnológicas de Silicon Valley, con Peter Thiel, cofundador de PayPal junto a Elon Musk y uno de los primeros inversores de Facebook, como figura central. Según esta hipótesis, estos actores no solo toleraron la llegada de Trump al poder, sino que buscan utilizarlo como vehículo de un proyecto político-filosófico radical, influido por la “Ilustración Oscura”, el aceleracionismo de derecha y una crítica frontal al liberalismo globalista. En ese marco, proyectos como la construcción de una ciudad tecnocrática en Groenlandia aparecen como laboratorios de un nuevo orden postdemocrático.
Duguin sostiene que Peter Thiel no es solo un empresario, sino alguien que piensa el poder mundial como un proyecto religioso-tecnológico. Thiel no solo dialoga con estos temas en privado, sino que los llevó al centro del debate en una serie de conferencias cerradas sobre la figura del Anticristo, organizadas en San Francisco en 2025. Allí, Thiel vinculó ciencia, tecnología, globalización y poder político con una lectura cristiana del fin de los tiempos, advirtiendo que el verdadero peligro no es el caos, sino el estancamiento impuesto por regulaciones, burocracias y estructuras globales.
En esas conferencias, Thiel presentó al Anticristo como una figura que puede manifestarse en instituciones globales, gobiernos centralizados y discursos que frenan el progreso tecnológico. A la vez, introdujo una tensión permanente: Estados Unidos podría actuar como Katechon, la fuerza que contiene al Anticristo, pero también como su vehículo, especialmente si se convierte en un imperio tecnocrático apoyado en inteligencia artificial, aceleración del poder y hegemonía unipolar. Duguin subraya la ambigüedad de Thiel, que parece denunciar al Anticristo mientras simpatiza con sus rasgos: velocidad, concentración de poder y ruptura de los límites tradicionales.
Vale mencionar al respecto que Europa se ha convertido en la principal enemiga política de las grandes tecnológicas norteamericanas, porque es el único actor con capacidad real de regularlas y sancionarlas mediante legislación. Las normas europeas sobre datos, competencia y contenidos no quedan en el continente: funcionan como estándares que luego imitan países como Australia o Brasil. Para figuras como Peter Thiel, Europa no es un rival tecnológico, sino un obstáculo ideológico capaz de exportar límites y disciplinar a las plataformas digitales a escala global.
Para Duguin, el proyecto tecno-oligárquico que asoma detrás de Thiel radicaliza el globalismo. Frente al “Anticristo colectivo” del liberalismo woke, se propone un Anticristo 2.0: un imperio estadounidense gobernado por tecnócratas, fusionado con inteligencia artificial y orientado al poshumanismo. En esta lectura, el “Estado profundo” y el “Estado aún más profundo” no son enemigos, sino etapas sucesivas de un mismo proceso histórico que empuja a Occidente hacia una forma nueva, y más extrema, de dominación.
La crisis del orden atlántico tradicional lleva a Trump a repensar las alianzas estratégicas. La OTAN, pensada para el Atlántico Norte, ya no garantiza cohesión ni protección equilibrada. De allí surge la idea provocadora de una OTAS, una Organización del Tratado del Atlántico Sur como horizonte de reequilibrio geopolítico.
¿Existe una convergencia estratégica entre Trump y Putin en detrimento de Europa? No hace falta una alianza formal para que haya coincidencia de intereses. Gaza, Groenlandia, la energía y la seguridad muestran una lógica compartida. Europa aparece como el espacio donde esa convergencia se ensaya.
En una columna anterior nos preguntamos qué pasaría si Trump perdía una elección. Hoy la pregunta es más profunda y más incómoda. ¿Qué ocurre si quien pierde no es Trump, sino Estados Unidos como potencia hegemónica? Cuando las principales potencias empiezan a impugnar el orden que nació para contener la guerra total, lo que se reabre es un abanico de riesgos muy concretos. Se debilitan los límites al uso de la fuerza, se normaliza la amenaza nuclear, se habilitan zonas grises de soberanía y se legitima la idea de que los conflictos pueden resolverse por imposición directa. Lo que entra en crisis no es solo el multilateralismo, sino el principio mismo de que evitar la guerra debe ser un objetivo común de toda la humanidad y no una herramienta más de negociación.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira
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