Día 900: La hemiplejía económica de Milei y Caputo
La baja de la inflación y la mejora financiera conviven con salarios deteriorados, caída del consumo y millones de personas endeudadas. A medida que se acerca 2027, la incógnita será si la estabilidad macroeconómica logra convertirse en bienestar social antes del desgaste social.
La “hemiplejía”, en medicina, es la parálisis de una mitad del cuerpo mientras la otra continúa funcionando. La palabra proviene del griego: “hemi” significa “mitad” y “plejía” deriva de plēgḗ, que remite a un golpe, una lesión o una parálisis. En neurología suele utilizarse para describir las secuelas de un ACV o de daños severos en el sistema nervioso, donde un lado del cuerpo pierde movilidad mientras el otro permanece activo. Algo parecido parece ocurrir hoy con la economía argentina: una mitad muestra signos de recuperación —bonos en alza, riesgo país en baja, reservas acumulándose, inflación desacelerándose— mientras la otra, que responde a la economía real, sigue lesionada, con caída del consumo, salarios deteriorados, comercios vacíos y millones de personas sobreviviendo a crédito.
La pregunta de fondo es si esa “hemiplejía” económica puede sostenerse políticamente hasta 2027 o si, tarde o temprano, la parte paralizada del cuerpo termina arrastrando a la otra. Ahí aparece el verdadero interrogante electoral de la Argentina que viene. En otras palabras: si Milei terminará compitiendo contra la inflación que logró bajar, aunque no eliminar, o contra las consecuencias sociales del ajuste que utilizó para bajarla.
En Estados Unidos existe una vieja discusión que Alejandro Vanoli volvió a rescatar estos días en una reciente columna: la distinción entre “Wall Street” y “Main Street”. Los bonos versus el changuito del supermercado.
El Gobierno celebró el último dato del estimador mensual de actividad económica EMAE como prueba de recuperación: en marzo la actividad económica creció 5,5% interanual, 3,5% respecto de febrero y alcanzó un máximo histórico. Sin embargo, Vanoli advierte que detrás del promedio aparece una economía profundamente desequilibrada. Los sectores que empujan la mejora son minería, energía y agro, mientras continúan en retroceso construcción, comercio e industria, justamente las actividades que más empleo generan.
Mejora la llamada macro pero empeora la economía cotidiana. Medir la economía requiere seleccionar variables adecuadas, considerar factores cualitativos y evitar interpretaciones engañosas basadas únicamente en promedios o comparaciones arbitrarias. Porque un promedio puede ocultar desigualdades profundas. Si una persona come un pollo y otra nada, el promedio es medio pollo por persona, algo que no refleja cómo se distribuye realmente la riqueza o el consumo.
Según un informe de la consultora Scentia, en abril hubo una caída interanual del 3,8% en las ventas de productos de consumo masivo, junto con una baja mensual del 4,7% respecto de marzo y una contracción acumulada del 3,3% en el primer cuatrimestre del año.
El informe mostró que la desaceleración de la inflación —que en abril se ubicó en 2,6%— todavía no logra traducirse en una recuperación real del poder adquisitivo ni del consumo cotidiano. El deterioro fue prácticamente generalizado en todos los canales físicos: supermercados cayeron 4,5%, autoservicios independientes 3%, kioscos y almacenes barriales 4,8% y mayoristas 4,5%, reflejando que incluso las estrategias defensivas para abaratar compras comenzaron a perder efectividad.
La única excepción importante fue el comercio electrónico, que creció 40,4% interanual impulsado por promociones digitales, descuentos bancarios y cambios de hábitos, aunque todavía sin capacidad para compensar el desplome estructural del comercio tradicional. Porque el e-commerce representa hoy apenas el 6% del consumo total.
En paralelo, el Gobierno atraviesa días de alivio financiero. El FMI desembolsó US$1.040 millones tras aprobar la segunda revisión del acuerdo con Argentina y el Tesoro utilizó esos fondos para recomprar Letras Intransferibles del Banco Central, mientras el stock de esos instrumentos ya se redujo a menos de la mitad desde 2025. El Banco Central, además, realizó una de las mayores compras de dólares del año al adquirir US$447 millones en una sola jornada y acumula casi US$9700 millones en reservas incorporadas durante 2026.
Las reservas brutas ya alcanzan US$48.511 millones, el nivel más alto desde 2019, mientras las acciones argentinas subieron cerca de 9% en mayo y el riesgo país perforó los 500 puntos básicos hasta ubicarse en 494 unidades. El Gobierno apuesta a que esta mejora financiera le permita volver al financiamiento internacional y despejar dudas sobre los vencimientos de deuda de 2027, aunque crecen las advertencias sobre atraso cambiario y sobre una recuperación económica que todavía parece concentrada “arriba”, en los mercados, mucho más que en la economía real.
Veamos cómo expresaba ese optimismo Luis “Toto” Caputo en el Latam Economic Forum.
La frase es extraordinaria porque puede interpretarse de dos maneras completamente opuestas. Puede significar que Milei ganará porque estabilizó la macroeconomía. O puede significar que perderá porque estabilizó la macroeconomía dejando afuera a demasiada gente.
El riesgo para el Gobierno es quedar atrapado en una especie de espejismo financiero y terminar mirando solamente una mitad de la moneda. Porque aunque “la macro esté ordenada”, las sociedades votan desde la experiencia cotidiana. Un riesgo país en baja puede convivir durante un tiempo con salarios deteriorados, endeudamiento creciente y comercios vacíos, pero difícilmente pueda reemplazar indefinidamente la percepción concreta de bienestar.
Ahora veamos otra declaración reciente de un funcionario del Gobierno. Durante una exposición en Viena organizada por Agenda Austria, el ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger, se emocionó hasta las lágrimas al defender el rumbo económico del gobierno de Javier Milei comparándolo con una película de Hollywood.
Para quienes nos escuchan por la radio, el ministro contó el argumento de “El Núcleo”, un film de ciencia ficción donde un grupo de científicos acepta una misión extrema para salvar al planeta de una catástrofe global. Afirma sentirse identificado con uno de los personajes que, cuando le hacen notar el peso que tienen sobre sus hombros, la vida de 7 mil millones de personas, responde “a mí sólo me interesan dos, sólo me interesan los míos”.
La comparación quizás explica mejor de lo que el propio Sturzenegger imagina cuál es el núcleo emocional del modelo libertario. Porque un funcionario público no está para gobernar solamente a “los suyos”, ni para administrar el bienestar de quienes logran adaptarse al nuevo orden económico, sino para construir un horizonte común para la mayoría de la sociedad.
Cristian Ritondo negó que Javier Milei haya gestionado mejor que Mauricio Macri
Puede existir, efectivamente, un sector —quizás un 30% de argentinos vinculados a las finanzas, actividades dolarizadas o sectores ganadores de este esquema— que hoy sienta alivio, estabilidad o incluso entusiasmo con Milei. Puede incluso haber jóvenes de algunas familias pudientes que decidan quedarse o volver al país. Pero el problema aparece cuando ese relato contrasta con la realidad de la mayoría de la población.
Porque la realidad de la mayoría es muy distinta de la que relata Sturzenegger. Por ejemplo, esta semana salió a la luz el grave problema que hay con la explosión de la morosidad en el país. De 36 millones de mayores de edad en Argentina, 20 millones están endeudados y 6 millones ya están en una situación muy complicada.
La cifra debería ser leída casi como un indicador antropológico. Es el síntoma más profundo de la hemiplejía económica argentina. Porque la mora revela algo peor que la pobreza: revela gente que todavía intenta sostener un nivel de vida que ya no puede pagar.
Algo parecido ocurrió con el trabajo por aplicaciones durante los últimos años. Las plataformas de reparto y transporte de pasajeros funcionaron como un amortiguador social silencioso frente al deterioro del mercado laboral tradicional. Miles de personas que perdían empleos formales, sufrían caída de ingresos o no conseguían trabajo encontraron en las apps una forma inmediata de generar dinero y evitar una explosión mayor del desempleo. Las billeteras virtuales y las fintech parecen cumplir hoy un rol parecido, pero en el terreno financiero: amortiguan la caída del consumo ofreciendo crédito instantáneo, cuotas, adelantos y préstamos rápidos para sostener gastos cotidianos. El problema es que, así como el empleo por aplicaciones representaba una profundización de la precarización, bajos ingresos y jornadas interminables, el crédito digital también puede esconder una fragilidad social mucho más profunda.
Y es justamente ahí donde la metáfora de la hemiplejía económica vuelve a cobrar sentido. Porque una persona puede seguir moviendo una mitad del cuerpo durante un tiempo mientras la otra permanece paralizada, pero tarde o temprano esa asimetría termina afectando el funcionamiento del conjunto. Algo parecido podría ocurrirle al modelo económico de Milei: la mitad financiera muestra vitalidad, acumula reservas, baja el riesgo país y seduce a los mercados, mientras la otra mitad —la del consumo, el empleo, los salarios y la vida cotidiana— continúa perdiendo fuerza.
Veamos algunos ejemplos históricos. Fernando de la Rúa llegó al colapso de 2001 con inflación prácticamente inexistente, convertibilidad todavía vigente y respaldo explícito del FMI, pero gobernando una economía en recesión, con desempleo alto, pobreza creciente y una sensación social cada vez más extendida de agotamiento del modelo. Mauricio Macri, por su parte, logró conservar competitividad electoral en 2019 aun después de la crisis cambiaria de 2018, mientras el Fondo Monetario Internacional seguía respaldándolo financieramente con el mayor préstamo de su historia, aunque la inflación ya superaba el 50% anual y la economía acumulaba caída del salario y aumento de la pobreza. Incluso el peronismo perdió en 1999 después de casi una década de estabilidad monetaria y convertibilidad, en un contexto donde la recesión, el desempleo y la fatiga social comenzaban a erosionar la legitimidad del modelo.
La Argentina tiene una larga historia de gobiernos que intentaron conservar cierta estabilidad financiera mientras perdían respaldo social en la economía cotidiana.
También existe la historia inversa. Y esa es la dificultad de nuestro país: el péndulo argentino.
El oficialismo logró continuidad en 2007 con la elección de Cristina Fernández de Kirchner luego de los años de Néstor Kirchner, en un contexto donde crecían simultáneamente salario, empleo, consumo y actividad económica. Pero incluso ese ciclo terminó mostrando los límites del péndulo argentino: con el correr de los años reaparecieron la inflación alta, el atraso cambiario, la pérdida de reservas y el deterioro del poder adquisitivo, erosionando progresivamente el respaldo social del kirchnerismo. Finalmente, después de más de una década en el poder, el peronismo perdió las elecciones de 2015 frente a Mauricio Macri en medio de una sociedad que ya no percibía la misma mejora material que había consolidado políticamente al ciclo anterior.
Menem arrasó en 1995 porque la convertibilidad todavía conservaba capacidad de generar sensación de estabilidad, acceso al crédito y ascenso social después del trauma hiperinflacionario de los años ochenta. En la Argentina, las reelecciones o continuidades exitosas de los oficialismos casi siempre estuvieron asociadas a una percepción concreta de mejora material más que únicamente a indicadores financieros o macroeconómicos.
Hoy, los sectores que empujan el modelo son energía, minería, agro y finanzas. Los sectores que se hunden son comercio, industria y construcción. Es decir: los sectores que más empleo generan. La economía crece, pero no derrama. Produce dólares, pero no necesariamente bienestar extendido. El mileísmo consiguió estabilizar arriba sin resolver abajo.
Por eso es problemático que desde la oposición no se plantee una alternativa clara al modelo Milei. Por estos días llamó la atención una declaración de Aníbal Fernández. Vamos a escucharla.
La oposición todavía enfrenta un problema gigantesco: Milei sigue conservando el monopolio emocional de la expectativa. Mucha gente siente que le va mal pero todavía cree que podría irle mejor mañana. La Argentina entró en una lógica donde el sacrificio funciona como inversión psicológica. Hay votantes que piensan: “Ya sufrí demasiado como para volver atrás ahora”. ¿Pero esa expectativa puede sostenerse?
Ayer entrevistamos en este programa a Hernán Letcher, quien insistió en que 2027 probablemente se defina alrededor de la economía más que de debates institucionales o culturales, pero advirtió que el resultado no es automático.
Recuerda que Milei ya ganó elecciones con una situación económica negativa porque gran parte del electorado votó expectativas futuras antes que su realidad cotidiana. Escuchemos sus palabras.
En ese marco, hay una hipótesis que empieza a insinuarse silenciosamente. La hipótesis Macri. El expresidente empezó a diferenciarse de Milei sin romper del todo. Habla de “liderazgo emocional”, cuestiona las formas violentas del oficialismo y propone al PRO como “el próximo paso” del cambio. La idea que empieza a sobrevolar en parte del establishment es interesante: conservar el orden macroeconómico mileísta, algo parecido a lo que decía Aníbal Fernández, pero reemplazar la épica del caos por un modelo desarrollista, institucional y previsible. Un Milei con modales. Macri parece querer construir algo así como un “mileísmo civilizado”.
El problema es que todavía nadie sabe si existe mercado electoral para eso. Porque el votante libertario muchas veces no separa las formas del contenido. Para una parte importante de la sociedad, el grito, la agresión y la demolición simbólica de la política tradicional no son defectos del modelo: son precisamente su principal atractivo.
Gustavo Marangoni, a quien también entrevistamos ayer, coincide en que la elección de 2027 va a ser fundamentalmente económica y no una discusión sobre “las formas” o el republicanismo. Sostuvo que la clave va a ser un escenario con polarización entre “dos modelos económicos opuestos”. Es decir que la oposición debería tomar un camino muy distinto al que escuchábamos en palabras de Aníbal Fernández.
“En el ring hay dos, no hay tres”.
Axel Kicillof probablemente intente construir exactamente el discurso opuesto al de Milei: la heladera vacía como evidencia de fracaso estructural de la gestión libertaria.
Mientras los mercados celebran la baja de la inflación, el aumento de reservas y la reducción del riesgo país, los sectores más dinámicos en la creación de empleo —como el comercio, la industria y la construcción— enfrentan una recesión severa. Este desequilibrio plantea un interrogante central sobre la sostenibilidad de un modelo que, por ahora, se sostiene políticamente sobre la base de las expectativas futuras y la tolerancia social al ajuste.
De cara al horizonte electoral de 2027, la discusión política quedará inevitablemente polarizada por esta brecha. El oficialismo apostará a consolidar su legitimidad mediante los logros de la estabilidad monetaria y el orden fiscal como condiciones necesarias para el crecimiento. Por el contrario, la oposición intentará estructurar su discurso alrededor de las consecuencias sociales del programa económico, convirtiendo la pérdida del poder adquisitivo, el endeudamiento de los hogares y la caída del consumo en el eje de la demanda electoral.
En última instancia, el éxito del experimento libertario dependerá de los tiempos de la reactivación y de su capacidad de derrame. Si la mejora financiera logra perforar hacia la microeconomía y generar empleo antes de que se agote el capital político del sacrificio, el Gobierno habrá validado su rumbo. De lo contrario, la persistencia de una economía atomizada reactivará el histórico péndulo argentino, donde la urgencia del bienestar cotidiano termina imponiéndose sobre los indicadores abstractos de los mercados.
Luis Caputo: "Este gobierno en términos de política económica es lo opuesto al de Macri"
Heráclito de Éfeso fue un filósofo griego del siglo VI a.C., célebre por su visión de que todo fluye y nada permanece estático. Sin embargo, su concepto de la "armonía de los contrarios" sugiere que el universo no es caótico, sino una estructura unificada que se mantiene en pie precisamente gracias a la tensión interna entre fuerzas opuestas que se necesitan mutuamente para existir, tal como la tensión entre la cuerda y el arco permite que este funcione.
Al trasladar esta idea a la Argentina actual, el verdadero desafío radica en esa misma tensión filosófica: determinar si la profunda brecha entre la vitalidad macroeconómica y la parálisis de la economía real es una contradicción destructiva o la fase previa a un nuevo equilibrio. Esa armonía de los contrarios necesaria para superar la etapa interminable de nuestra deriva pendular entre modelos opuestos.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira
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