La revolución de la revolución de Cuba es el modelo Vietnam
El analista internacional Gustavo Ferrari Wolfenson sostuvo que dentro del régimen cubano “hay una generación de jóvenes dirigentes que se da cuenta de que así como están no pueden seguir” y planteó que el futuro de la isla podría combinar “partido único y apertura económica”.
Mientras Donald Trump busca mostrar resultados internacionales antes de las elecciones de medio término en Estados Unidos, el politólogo y exdiplomático Gustavo Ferrari Walfensón analizó el posible futuro de Cuba y sostuvo que “la revolución de la revolución” no se parecería al modelo chino, sino más bien al de Vietnam. “Fundamentalmente es el tema agrícola y, segundo, turístico”, explicó, al advertir que dentro del propio régimen “hay jóvenes dirigentes que evidentemente se dan cuenta de que así como están no pueden seguir”. "El gran problema de Cuba es, además de ese aislamiento, muchas veces también producto de las generaciones pasadas", opinó en en Modo Fontevecchia, por Net TV y Radio Perfil (AM 1190).
Gustavo Ferrari Wolfenson es politólogo y consultor internacional, doctor en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Se desempeña como profesor en el Centro de Estudios Internacionales de la Universidad de Harvard y en temas de gobernabilidad en el ITAP de México. Trabaja con diversos organismos internacionales en temas de fortalecimiento institucional, relación con la comunidad y estrategia gubernamental.
¿Cómo se ve en la cercanía, no solamente geográfica sino también, podríamos decir, ideológica, salvando las distancias entre México y Cuba, el avance de Trump respecto de la isla y la posibilidad de que, una vez, si es que encuentra salida de su guerra con Irán, se la tome con Cuba para tener algo para mostrar antes de las elecciones de medio término de Estados Unidos?
Muy interesante lo que está preguntando, porque hay algo que hay que analizar, pero no de ahora, sino histórico. Partamos de la premisa de que México fue el único país que no se adhiere, en los años 60, al bloqueo y a la ruptura de relaciones diplomáticas con Cuba. Esa decisión, tomada en el año 61 en Punta del Este, para muchos, o para la política exterior mexicana, fue un poco el principio de la doctrina Estrada, que es prácticamente la bandera de la política exterior de México, que dice o marca el principio de la no intervención.
Pero, al mismo tiempo, según los análisis, también significó el punto, el fusible, el puente que tenían indirectamente los Estados Unidos con Cuba. O sea, todo el tráfico de información, de comercio, que podía pasar entre Estados Unidos y Cuba pasaba por México. Así que no necesariamente, dentro de la dualidad típica de la política exterior mexicana, fue una decisión de defensa de la soberanía cubana, sino también, en su momento, fueron un canal que le permitió a Estados Unidos mantener un contacto permanente.
Yo, en los 70, fui diplomático argentino cuatro años en La Habana y fui testigo quizás de esa relación dual entre México y la isla. Porque al comienzo del gobierno peronista del año 73 se firman los grandes acuerdos comerciales, todavía no pagos, entre Argentina y Cuba, de 2000 millones de dólares. Eso lo viví muy directo, que prácticamente la isla se vio invadida de productos argentinos: coches, locomotoras, proyectos ferroviarios, cereales, etcétera; la pregunta era, por qué eso mismo no pasaba entre el comercio entre la isla y México. Y evidentemente no había ningún tipo de presencia fuerte.
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Quizás podríamos también sentir que mucha de la industria pesada mexicana tenía origen en los Estados Unidos. Entonces, ha sido un tema más de sentimiento y afinidad moral, ideológica, de amistad, más allá de una presencia de fortaleza que, en los últimos años, quizás ha cambiado desde que López Obrador mantuvo o llegó a la presidencia, sobre todo en la asistencia permanente de una de las riquezas que tiene México y una de las necesidades más importantes que tiene Cuba, que es el petróleo.
Entonces, hoy por hoy, la situación entre México y Cuba está, por un lado, en el envío cuasi permanente de barriles de petróleo, pero no pasa absolutamente nada más. Aparte, quizás podríamos señalar los históricos lazos culturales de la península de Yucatán con la isla del Caribe. Estamos a 200 millas el lado de Yucatán, inclusive Cancún, con la isla, pero nada más.
En ese sentido, ¿imagina verosímil que Trump aspire a un cambio de gobierno en Cuba antes de las elecciones de medio término de Estados Unidos para mostrar algún logro en ese sentido?
Según algunos colegas y especialistas en el tema, inclusive amigos políticos, prácticamente la mayoría de los representantes al Congreso pertenecientes al estado de Florida están metidos tiempo completo en Washington tratando el tema Cuba. Es una situación netamente más que comercial, aspiracional, y que Trump, dentro de estas situaciones donde él se autodenomina el primer solucionador de los conflictos del mundo, quiere cerrar un capítulo de 70 años donde diga: “Yo devolví la libertad a Cuba”. Eso es un comentario aspiracional.
Si es posible, según fuentes de ambas partes, dicen que hay negociaciones. Negociaciones, sobre todo, donde el nieto de Raúl Castro, que es también miembro de Fuerzas Armadas, es uno de los principales negociadores, abanderando una generación de jóvenes dirigentes del partido que evidentemente se dan cuenta de que así como están no pueden seguir.
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Ya en su momento Raúl Castro hizo una apertura. En la época de Obama se empezaron a establecer algún tipo de relaciones de respeto mutuo en cuanto a ciertas políticas individuales. Después, a la salida de Raúl, Díaz-Canel fue mucho más ortodoxo. Díaz-Canel y su cúpula. No nos olvidemos que todos los reformistas prácticamente de la última etapa de la revolución cubana han sido desterrados. No estamos hablando de Robaina, estamos hablando de los cancilleres, de Lage, el economista. Evidentemente, todos ellos hoy cumplen tareas administrativas en niveles de quinto lugar, los cuales no le permitieron hacer la revolución de la revolución de la década moderna y volvieron a los viejos esquemas tradicionales de hace 80 años.
Y muchos de los líderes siguen todavía mostrándose en la foto como una suerte de dirigentes momificados. Como a veces pasa en Corea del Norte, que defienden o sienten defender la revolución. Creo que es uno de los objetivos fundamentales. Si lo va a lograr, no lo sé, pero yo siento que eso también depende mucho de las cosas de su política interna, que tiene que mostrar algún tipo de resultados para los años que le siguen.
La revolución de la revolución ¿sería el modelo chino, en la proporción infinitesimal que representa la isla de Cuba, pero la revolución de la revolución sería un sistema de partido único con sistema capitalista?
No sé si el modelo chino, porque evidentemente tampoco tiene un desarrollo tecnológico como el que fue armando China. Tal vez podría ser un sistema como el que tuvo Vietnam. Yo creo que es, sobre todo, agrícola. Vietnam se desarrolló agrícolamente en forma considerable y ha marcado ciertos récords en niveles de producción inimaginables en una época después de los casi 20 años de guerra. Yo te diría más: es un suelo agrícola que históricamente dio resultados. Evidentemente no es un tema donde haya un desarrollo tecnológico, más allá de algunos experimentos aislados que promovía en su momento Fidel Castro, pero fundamentalmente es el tema agrícola y, segundo, turístico.
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Fíjate que frente a la zona donde yo me encuentro residiendo acá, en todo el tema del Caribe, la Riviera Maya, etcétera, ven con bastante preocupación una apertura de Cuba. Primero, porque es lo que está pasando con República Dominicana. Ellos están garantizando algo que hoy México no tiene, que es la seguridad. Destinos turísticos seguros. Entonces, para los empresarios hoteleros, para los empresarios y la maquinaria turística que tanto resultado le ha dado a México en los últimos 20 años, la apertura de una Cuba turística le puede generar, o le está preocupando.
¿Una revolución de la revolución que quede al frente de un nieto de Fidel Castro sería, tanto para Marco Rubio como para el propio Trump, un triunfo? ¿O el solo hecho de un apellido como el de Castro implicaría que no se ha percibido de esa manera?
Yo no creo. Yo creo que hay algo que Trump tiene en su interior, que sigue siendo un negociador, un empresario, un comerciante. Como decir: “Te dejo hacer los negocios, solo que ahora el socio también voy a ser yo”. Eso fue un caso de Venezuela. O sea, dentro de los cambios que hubo, más o menos el aparato no se modificó mucho. Lo único que fue cambiando fueron los actores.
Y en el caso de Cuba, yo no sé si el apellido Castro siga siendo, en una tercera generación, genere tanta urticaria como la figura de Fidel. Porque ni siquiera Raúl ha generado esa figura tan de rechazo, sobre todas las nuevas generaciones, porque en el fondo durante la época de ellos empezó una pequeña apertura que les dio posibilidades de integración.
El gran problema de Cuba es, además de ese aislamiento, muchas veces también producto de las generaciones antiguas y pasadas. Estamos hablando del nieto de Fidel Castro, por decir, voy a tomar esa figura, con el nieto de una persona que se fue hace 60, 70 años de Cuba. Ya no es la persona nostálgica que dice: “La mesa de luz del abuelo, tengo la llave de mi casa. Entonces, mañana cae la dinastía Castro, me tomo un avión y abro la puerta de mi casa y me encuentro en mi nuevo paradigma".
Ahora, el nieto, que es un ciudadano americano, que quizás habla español limitado, va a querer hacer negocios en la isla y va a querer continuar los lazos familiares o sentimentales de su terruño. Pero yo creo que ya no hay una aprensión a Fidel Castro, por decir así. Ya es una persona de la nostalgia. Es una opinión muy, muy personal que también.
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