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MODO FONTEVECCHIA
Polarización

La imposibilidad argentina de reconocer los errores: desde los 70 a la grieta

El autor de Golpe militar y dictadura en Argentina 1976-1983, Carlos Malamud, reflexiona sobre las heridas abiertas de la dictadura y advierte que en la Argentina “primó la justicia”, pero nunca hubo una verdadera autocrítica de los actores enfrentados.

Carlos Malamud
Carlos Malamud | realinstitutoelcano.org

A cincuenta años del golpe de Estado, el historiador Carlos Malamud ensaya una reflexión que excede a la dictadura y alcanza de lleno a la Argentina contemporánea. En en Modo Fontevecchia, por Net TV y Radio Perfil (AM 1190), el investigador sostuvo que “no hubo pedido de perdón ni reconocimiento de los crímenes cometidos” ni por parte de las cúpulas militares ni de las guerrilleras, y vinculó esa ausencia de autocrítica con la polarización actual.

Carlos Malamud es catedrático de Historia de América en la UNED, investigador principal para América Latina en el Real Instituto Elcano. Es miembro de la Academia Nacional de la Historia de la Argentina. Se especializa en historia política contemporánea de América Latina, con énfasis en populismos y transiciones democráticas. Recientemente ha publicado el libro Golpe militar y dictadura en Argentina 1976-1983. Sur, paredón y después, obra lanzada en el marco del 50 aniversario del golpe de Estado del 24 de marzo del 76, que propone una revisión crítica y documentada de ese período.

La última vez que habías estado, ¿cuándo fue?

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La última vez que estuve aquí fue a finales de octubre, principios de noviembre del año pasado.

Se me hace que es un buen momento para hacer la comparación de estos seis meses, porque allí había un optimismo con Milei tras el triunfo de las elecciones de octubre y hoy te encontrás con una situación bien diferente. Es decir, en ese entonces todavía el eco de las elecciones de septiembre estaba fuerte. La perspectiva de que teníamos “Milei forever” también estaba presente, no se discutía prácticamente el hecho de la reelección. Hoy es algo que está sobre la mesa, la popularidad del gobierno ha caído y eso marca una gran diferencia con entonces. Inclusive la propia percepción del funcionamiento económico también ha cambiado.

Quiero entrar en tu libro Golpe militar y dictadura en Argentina 1976-1983. Sur, paredón y después. ¿Hay alguna capa geológica que continúa en el gobierno de Milei? ¿Algún punto de contacto del gobierno de Milei con alguna de las ideas de aquella época?

Yo creo que no. Es decir, yo creo que, en los años 70, cuando los militares se plantean volver a ocupar el poder,porque esto era un ritornello frecuente desde los años 30, es decir, la secuencia de golpe-democracia, golpe-democracia era una constante, uno de los objetivos ilusos de los militares era quebrar esa dinámica. Finalmente se quebró, pero no por ellos ni gracias a ellos, sino por culpa de ellos y sobre todo como consecuencia de la invasión de Malvinas.

Pero, a partir de entonces, yo creo que se instala en Argentina un fuerte sentimiento democrático. La democracia argentina se muestra, como se dice ahora, muy resiliente, funciona, es efectiva, quizás, por supuesto, con un déficit institucional bastante marcado. Pero yo no creo que haya una continuidad en las ideas entre el gobierno de la dictadura y Milei, por más que Milei o la vicepresidenta o alguno de sus miembros más destacados puedan tener en algún momento algún tipo de proximidad, de cercanía o de melancolía con el gobierno dictatorial. Pero yo creo que es absolutamente diferente.

Ahora, vos planteaste en tu libro que la Operación Cóndor se gestó en el Cono Sur y no tuvo ninguna injerencia de Estados Unidos.

No. Yo lo que digo es que la doctrina de seguridad nacional, no la Operación Cóndor, es un producto básicamente de los estados mayores de Brasil y de Argentina en los años 60, que, por supuesto, bebe de toda la teoría de la Escuela de las Américas, de la experiencia de Vietnam, de la lucha de Vietnam de Estados Unidos.

Pero también hay otra fuente donde abreva, que son, por un lado, la experiencia francesa del Ejército Secreto de la OAS, que tuvo un papel protagónico contra el Ejército de Liberación Nacional argelino, pero también de algunos nazis refugiados en Argentina, Brasil, Paraguay, etcétera. Que de esto de torturar y violar derechos humanos algo sabían. Pero básicamente todo el know-how sobre represión se importa desde Francia.

Ahora, en el caso concreto de la Operación Cóndor, yo lo que digo es que, por supuesto, puede haber colaboración de Estados Unidos, pero el proyecto es un proyecto más autóctono, más de las dictaduras militares de América del Sur que una imposición que viene de Estados Unidos. Es decir, Estados Unidos, sobre todo durante la administración Carter, fue una gran defensora de los derechos humanos. Luego cambia con el cambio de gobierno y previamente bajo la presencia de Kissinger en la administración de Estados Unidos, pero la Operación Cóndor tiene un sustrato local bastante importante.

Y esto no lo digo en el libro, pero es algo que afirmo irónicamente con bastante frecuencia: en la historia de la integración latinoamericana ha habido dos momentos exitosos y los dos, de alguna manera, vinculados al delito. Por un lado, la Operación Cóndor y hoy la actividad conjunta y más o menos coordinada de los carteles de la droga.

En ambos casos, esas grandes barreras que se interponen en la integración latinoamericana, que son el fuerte nacionalismo existente en nuestras naciones y el gran peso de la soberanía y de las fronteras, fueron vulneradas sin ningún tipo de problema por las dictaduras y sus servicios de inteligencia para que los operativos atravesaran las fronteras, pudieran secuestrar a los militantes, torturarlos, asesinarlos, desaparecerlos o lo que fuera.

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O sea que, finalmente, el poder militar y material es superior a las fronteras. Con suficiente capital militar y material se pueden burlar las fronteras.

Absolutamente. En el caso del narcotráfico, por un lado, y en el caso de Chile en el 78, estuvimos al borde de ir a la guerra por un problema fronterizo, casualmente.

Guerra de Malvinas. Probablemente la última guerra convencional, sin ninguna duda la última del siglo XX. ¿Qué reminiscencias te genera, cuando estuviste trabajando en este libro, aquella guerra con las guerras que ves hoy? Podríamos decir la situación inversa, cuando Trump le dice al jefe de gobierno inglés que le va a retirar el apoyo por Malvinas. No sé si te resuena en algún sentido aquel año 82 de la Guerra de Malvinas.

Me provoca mucha melancolía. Es decir, lo que decías: la última guerra convencional es verdad. Siempre me acuerdo de una anécdota que me ocurrió en plena guerra, cuando los buques de la Navy se aproximaban, muchos decían lentamente porque tenían miedo de llegar y enfrentarse al gran Ejército Argentino. Yo estaba en un pueblito de La Mancha, en el Viso del Marqués, donde casualmente está el archivo de la Marina. Entonces estaba haciendo unas investigaciones y demás. En la España de aquella época, y más en un pueblo manchego, la siesta era sagrada, inclusive para los funcionarios del archivo. Fui a comer a la única fonda que había en este pueblo y, mientras comía, veía las noticias.

Entonces, primera imagen de un video que estaban narrando todo lo que estaba pasando en relación con Malvinas: la preparación de los gurkas a bordo de un avión inglés. Los veías entrenándose con un potente arsenal, armas novísimas, gran destreza, etcétera, etcétera. Acto seguido, el otro video: “El arma secreta del Ejército argentino para enfrentarse a los gurkas”. Eso fue desolador. La imagen era mayo del 82.

En Malvinas hacía un frío de pelarse. Un montículo del cual salió un mástil con la bandera argentina y alrededor de ese montículo seis chicos correntinos bailando el malambo con sus facones. Y esa era “el arma secreta” para enfrentarse a los gurkas: soldados correntinos en alpargatas y sin abrigo.

Y desde el punto de vista geopolítico, aquel mundo del 82, donde la alianza de Inglaterra con Estados Unidos era unívoca, y este de hoy, ¿genera oportunidades distintas para la Argentina para recuperar Malvinas?

Obviamente. Es decir, primero porque en aquel entonces, recordemos, Reino Unido y Estados Unidos eran aliados de la OTAN, de la NATO, de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, un tratado que en plena Guerra Fría tenía pleno sentido. Todavía lo tendría en otras circunstancias, pero entonces tenía pleno sentido.

Argentina y Estados Unidos también eran socios de otro tratado, que era el TIAR, el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca. Los dos surgidos en la misma época, con la misma plantilla, con el mismo diseño. Pero mientras que el TIAR era un zombi prácticamente inexistente, era un papel, la OTAN sí tenía un pleno significado.

Hoy, gracias a Trump, la OTAN está perdiendo sentido y a grandes pasos, más allá de los intentos desesperados de su secretario general, Rutte, de salvar lo que pueda salvar de la institución. Pero lo cierto es que hoy Europa está en un problema serio y está intentando ver cómo se va desacoplando de la OTAN. Pero es algo que no puede ejercerse de inmediato.

Yendo a tu pregunta sobre las oportunidades para Argentina, obviamente que hay oportunidades, pero que no tienen que ver únicamente con la proximidad o la cercanía de Milei con Trump, que es un elemento positivo que juega en ese sentido, sino sobre todo porque en el mundo actual la reconfiguración de las cadenas globales de valor, todo el tema del aprovisionamiento de tierras raras, de minerales estratégicos, de fuentes energéticas y de alimentos, ofrece a la Argentina una oportunidad importante.

Y sobre todo también la sitúa en una buena posición en relación con el enfrentamiento global entre China y Estados Unidos, que en América Latina tiene también un papel importante. No olvidemos, por ejemplo, todo lo que supone, en cuanto a reinterpretación, el corolario Trump de la Doctrina Monroe, presente en la nueva doctrina de seguridad nacional elaborada a finales del año pasado por la Casa Blanca.

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¿Cuál es tu reminiscencia de cómo se veía en España la Guerra de Malvinas y el peñón de Gibraltar? ¿Cómo debía tirar el nacionalismo español en ese contexto?

En aquel entonces el presidente del gobierno español era Leopoldo Calvo-Sotelo, que reemplazó a Suárez en condiciones complicadas. Pero en una visita al campo de Gibraltar, mirando el peñón, tuvo una frase genial que sintetiza perfectamente cuál fue la posición española durante la guerra. Le preguntan los periodistas: “Bueno, ¿y España se va a aliar con Argentina? ¿Va a apoyar a Argentina en esta guerra? ¿Qué va a pasar?”. Calvo-Sotelo, que tenía una retranca muy grande, mira el peñón, lo señala y dice: “Es un problema distinto y distante”. Punto final.

Ahora, yo creo que, en ese sentido, el nacionalismo español y el nacionalismo argentino en cuanto a reivindicaciones territoriales, concretamente Malvinas por un lado, Gibraltar por el otro, son absolutamente distintos. Es decir, en Argentina tenemos absolutamente integrado el hecho de que las Malvinas son argentinas. La reacción que hubo durante la guerra, con la gente movilizada en la calle inclusive, y es algo que trato en mi libro: el tema de la guerrilla, la izquierda, los montoneros respaldando a los militares, intentando desde los consulados, en el exilio o en las cárceles, alistarse como voluntarios para defender la posición argentina.

Pues eso, eso en España es incontrable. Es decir, nadie va a salir a la calle a pegar tiros o a decir “me voy a inmolar por Gibraltar”. Gibraltar se puede reivindicar como parte del territorio nacional, pero ni en los políticos, ni en la cultura política, ni tampoco en la educación hay una reivindicación así. No se sufre como una herida a la soberanía. No hiere el narcisismo nacional.

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¿Por qué Inglaterra tenga un pedazo de España ahí, justo en ese lugar, un enclave tan estratégico, aunque no tenga ningún valor económico hoy en día y haya perdido alguna relevancia?

Tiene, tenía un valor estratégico mayor. Durante mucho tiempo el peñón estuvo bastante integrado en la economía española. De hecho, si uno va a Gibraltar y oye hablar a los llanitos, que es el nombre que tienen los nativos del peñón, lo que escucha es andaluz, un andaluz muy cerrado, pero hablan un perfecto español andaluz.

Entonces, las diferencias no son demasiadas. No hay un irredentismo como podríamos encontrar. Ahí uno puede encontrar una diferencia. O sea, esos que viven en Gibraltar son españoles. Se reivindican como gibraltareños, tan orgullosos de ser británicos y de tener el pasaporte británico, pero no reniegan. Y ahí hay una gran diferencia. Siempre hubo una proximidad entre la gente del campo de Gibraltar, es decir Andalucía, España, con los gibraltareños. Esa división, esa separación tan tajante que hay entre isleños y argentinos, que después de la guerra se convirtió en un rechazo frontal. Uno habla con isleños y la mención a Argentina es “no me hables, no me metas a Argentina”. Pero en el caso de Gibraltar no se da. La relación es muy diferente.

Entonces, saliendo de tu libro y llegando al hoy, ¿qué te hace reflexionar Argentina? ¿Qué te dejó dedicarte los meses o los años que te llevó el libro, por lo menos la escritura? ¿Qué te hace reflexionar de la Argentina hoy aquella época?

Creo que en el terreno de la revisión de la dictadura, de los años de la dictadura, Argentina supone una gran paradoja. Argentina fue un país pionero, quizás el primero, en llevar a la justicia a los violadores de derechos humanos, condenar a las juntas militares, ser avanzada en todo lo que supone la justicia transicional. Y pese a eso, la cantidad de heridas que aún siguen abiertas en relación con el pasado dictatorial es enorme.

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Y si uno compara lo que pasó en otros países de América Latina, pero también de, por ejemplo, África del Sur, hay una gran diferencia. Las respuestas frente a la dictadura son posteriores, pero sin embargo la cantidad de heridas que se cerraron son mayores. Es decir, en muchos lugares se pudo pasar página. Y eso tiene que ver también, de alguna manera, con el reconocimiento de las víctimas, con el valor que se le dio a la verdad.

Es decir, en la ecuación de toda justicia transicional entre verdad y justicia, en Argentina primó la justicia. En África del Sur, por ejemplo, primó la verdad. Es decir, se aceptó que aquellos violadores de derechos humanos que confesaban sus crímenes, que reconocían haber vulnerado y haber matado y asesinado, podían ser perdonados. Eso aquí no ocurrió. De hecho, a día de hoy no hubo ni una cosa ni la otra. Tampoco justicia hubo.

Es decir, no hubo, en tiempos del estalinismo se hablaba de autocrítica. No hubo pedido de perdón ni reconocimiento de los crímenes cometidos ni por las cúpulas militares. El caso de Balza es bastante extraordinario. Pero tampoco lo hubo por parte de las cúpulas guerrilleras. Firmenich todavía sigue insistiendo en el valor de la lucha revolucionaria, de la lucha armada.

¿Reflexionás eso sobre el carácter nacional? Esa actitud indómita de no reconocer los errores. Eso es algo que lastra de alguna manera. Porque a mí me resuena escuchándote y reflexiono de que probablemente eso también esté en uno de los problemas de la grieta argentina: la imposibilidad de reconocer.

Cierro mi libro precisamente hablando del problema del no reconocimiento de las responsabilidades y citando a José Mujica. José Mujica, un destacado guerrillero tupamaro que luego fue presidente de Uruguay, creo que fue en 2018 dijo algo así como: “La verdad es que vale la pena luchar por la democracia”.