Posible derrota política autoinfligida

Adorni: una semana para decidir entre el orgullo y la política

La oposición avanza con una ofensiva parlamentaria que podría derivar primero en una interpelación y luego, si consigue los números necesarios, en una moción de censura contra el jefe de Gabinete. Frente a ese escenario, la Casa Rosada tiene opciones.

Manuel Adorni Foto: NA- CLAUDIO FANCHI

El Gobierno de Javier Milei enfrenta una decisión que trasciende a Manuel Adorni. Lo que está en juego no es solamente la continuidad de un funcionario, sino la capacidad del Gobierno para entender que la política, guste o no, manda y obliga.

Las próximas semanas serán decisivas. La oposición avanza con una ofensiva parlamentaria que podría derivar primero en una interpelación y luego, si consigue los números necesarios, en una moción de censura contra el jefe de Gabinete. Frente a ese escenario, la Casa Rosada tiene apenas dos caminos: encontrar una salida elegante para Adorni o prepararse para una batalla institucional que puede terminar convirtiéndose en una derrota política autoinfligida.

Muchos se preguntan si vale la pena arriesgar tanto por un funcionario cuyo desgaste parece haberse instalado en una parte importante de la sociedad y difícilmente sea olvidado en el corto plazo. Dentro del oficialismo, muchos creen que sí. Entienden que ceder sería una señal de debilidad y que entregar una pieza propia alentaría nuevas ofensivas opositoras. Otros, en cambio, consideran que la permanencia de Adorni se está transformando en un costo innecesario y que insistir en sostenerlo puede terminar debilitando al propio Presidente. 

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Las opciones de Milei frente a la crisis de legitimidad de su jefe de Gabinete

La interpelación es un mecanismo parlamentario mediante el cual el Congreso obliga a un funcionario a dar explicaciones públicas sobre sus actos. No implica una destitución. No lo expulsa del cargo. Es, fundamentalmente, un instrumento de control político.

La moción de censura es otra cosa. Es una herramienta mucho más severa prevista por la Constitución para el jefe de Gabinete. Si obtiene las mayorías requeridas, puede provocar su remoción. En términos simples, la interpelación pregunta; la moción de censura juzga. Una busca explicaciones. La otra busca reemplazos.

Y existe un tercer mecanismo, mucho más sencillo y rápido: la decisión presidencial. Javier Milei puede remover a su jefe de Gabinete cuando lo considere conveniente. No necesita votos, negociaciones ni sesiones especiales. Basta una decisión política. Por eso la discusión de fondo no es jurídica, sino estratégica.

Milei tiene una semana para decidir si quiere administrar una crisis o protagonizarla

El Gobierno parece convencido de que todavía puede evitar una derrota parlamentaria negociando directamente con gobernadores y bloques provinciales. Es una ironía que durante meses se despreció a la política tradicional, se cuestionó a los gobernadores y se denunció a la "casta". Hoy, sin embargo, la supervivencia de un funcionario depende precisamente de aquellos dirigentes a los que se señaló como parte del problema.

La política tiene estas cosas. Cuando sobran los votos, las negociaciones parecen innecesarias. Cuando faltan, se vuelven imprescindibles.

Seguramente, contrarreloj, la Casa Rosada intentará evitar que la interpelación avance hacia un escenario más complejo. Gobernadores, legisladores provinciales y sectores dialoguistas vuelven a tener una llave que muchos creían perdida.

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Pero existe otra alternativa que comienza a sobrevolar los pasillos de la política: la salida elegante. Un cargo diplomático, una representación internacional, una misión especial o algún organismo donde el funcionario abandone el centro de la escena sin que el Gobierno deba admitir una derrota.

A prima facie parece una solución inteligente. En la práctica podría transformarse en un problema aún mayor,
la sociedad podría preguntarse cómo alguien que enfrenta cuestionamientos políticos y pedidos de explicaciones termina "premiado" con un cargo mejor remunerado y alejado del control parlamentario. La discusión dejaría de ser sobre la continuidad de Adorni, para instalar en la opinión publica la de los privilegios de la política.
Si la salida termina siendo un puesto en dólares financiado por el Estado o sostenido desde alguna estructura internacional, muchos ciudadanos podrían interpretar que no se resolvió el problema: simplemente se lo trasladó de oficina.

La Argentina tiene una larga tradición de funcionarios que nunca terminan de irse. Cambian de despacho, cambian de cargo, cambian de título, pero permanecen dentro del sistema.

Sintetizando, el Gobierno dispone de una salida mucho menos traumática. Podría reubicar a Adorni, ofrecerle una salida elegante, preservar su capital político y evitar una confrontación institucional desgastante. Sin embargo, la lógica que domina actualmente al oficialismo parece ser otra: resistir hasta el final, aun cuando el costo sea creciente.

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La historia reciente demuestra que los gobiernos suelen confundirse cuando convierten a determinados funcionarios en símbolos intocables. A partir de ese momento dejan de defender una gestión y comienzan a defender un orgullo.

Milei tiene una semana para decidir si quiere administrar una crisis o protagonizarla. Puede negociar con los gobernadores y evitar que la oposición reúna los votos necesarios. Puede anticiparse O puede apostar a la confrontación total. Lo que difícilmente pueda hacer es ignorar el problema.

A veces la política confunde la salida elegante con el premio inmerecido. Y cuando eso ocurre, la factura no la paga el funcionario. La paga la credibilidad del Gobierno.

"La ética de la responsabilidad implica hacerse cargo no sólo de las intenciones, sino también de las consecuencias de los actos". Max Weber.

 

ML