Sentirse en sociedad

Enseñar en la cárcel: caso límite de la educación argentina

“En Argentina, el 85% de quienes realizan estudios durante su período de encierro no vuelve a delinquir al recuperar la libertad”, dice el autor, que fue docente carcelario. Además, tienen 13% más de probabilidades de conseguir un empleo.

UBA-XXII de educación en contextos de encierro, en el Centro Penitenciario Federal de Ezeiza. Foto: Instagram filo.uba

El año pasado di clases en la carrera de filosofía del programa UBA-XXII de educación en contextos de encierro, en el Centro Penitenciario Federal de Ezeiza. Al respecto hay una pregunta que solo me hice luego de empezar, cuando me la hizo alguien más. Esa pregunta es “¿por qué?”. 

Tal como la entendí en el momento, no fue una pregunta vocacional a la cual uno está acostumbrado cuando estudia una carrera poco convencional como lo es la filosofía, que espera una respuesta valórica o sobre convicciones personales. No, la pregunta era puramente práctica: ¿por qué es útil enseñar en la cárcel? ¿Cuál es el propósito de darle clases a los presos?

La pregunta acerca de por qué dar clases en contextos de encierro me hace pensar que la cárcel es un caso límite para pensar acerca de la educación en Argentina en general. Lo que quiero decir es que pensar por qué enseñar en la cárcel nos lleva a una reflexión sobre el valor de la educación en general, dejando de manifiesto su función de inserción social y en la construcción de valores ciudadanos.

Estudios al nivel nacional, regional y global revelan que los programas de educación en contextos de encierro ayudan a disminuir significativamente la reincidencia de quienes participan en ellos. 

Acercar recursos educativos a quienes no podrían acceder de otra manera a ellos facilitan una inserción integral a la sociedad"

 

En Argentina, en particular, el 85% de quienes realizan estudios durante su periodo de encierro no vuelve a delinquir al salir en libertad. Además, datos internacionales indican que quienes participan en programas educativos durante su periodo de encierro tienen al menos un 13% más de probabilidades de conseguir un empleo al momento de volver a la libertad.

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Estos datos por sí solos demuestran el valor de estos programas y abonarían una visión favorable al respecto. Las razones por las cuales enseñar en la cárcel serían similares a las que por las que enseñar en contextos vulnerables en general: los esfuerzos concretos por acercar recursos educativos a quienes no podrían acceder de otra manera a ellos facilitan una inserción integral a la sociedad. 

Los estudiantes del programa forman comunidades y redes de apoyo muy firmes, ayudándose mutuamente en las distintas materias, intercambiando materiales e incluso autogestionando una biblioteca"

Va en esta línea notar que el 80% de los estudiantes en el Centro Universitario de Devoto (donde también se ofrece el Programa UBA XXII) no había completado sus estudios obligatorios antes de ser privados de la libertad, y el 78% de ellos es primera generación universitaria. Por lo demás, bastaría con recordar que la educación es un derecho humano y que los esfuerzos educativos en contextos vulnerables, inclusive en contextos de encierro, son una forma de materializar este derecho.

De todas maneras me interesa hablar sobre una forma más sustantiva de entender la idea de inserción y reinserción social. En su filosofía del derecho Hegel dijo que la marginalidad socioeconómica extrema borra el sentido de pertenencia, junto con el sentimiento de responsabilidad para con la sociedad. Pero no es necesario desempolvar ningún libro para comprender cómo la educación formal e informal son espacios fundamentales en la formación de personas con valores ciudadanos – cuestión que se ve en la existencia de asignaturas como Construcción de la Ciudadanía en los currículos obligatorios de Argentina.

La educación es un espacio donde se forman comunidades y se aprende a vivir socialmente, y en el penal de Ezeiza pude ver esto a flor de piel. Los estudiantes del programa forman comunidades y redes de apoyo muy firmes, ayudándose mutuamente en las distintas materias, intercambiando materiales y consejos de cursada, e incluso autogestionando una biblioteca de textos y apuntes de las diferentes carreras ofrecidas en el Centro Universitario. 

Este compromiso con el funcionamiento del lugar de estudio revela una sensación genuina de que lo público es propio. 

La pregunta sobre por qué enseñar en la cárcel entonces nos hace pensar en cómo entendemos el propio sistema penitenciario: como un lugar de castigo o más bien como un espacio de rehabilitación y reinserción social. 

Sin duda, el crimen es un problema que debe ser afrontado, pero es absurdo pensar que quien comete un crimen deja de ser parte de la sociedad al ser enviado a un lugar en particular, menos aún si saldrá en libertad como la gran mayoría de quienes cumplen una condena en Argentina.

Por otro lado, la pregunta nos enfrenta al sistema educativo: si aceptamos que la educación tiene como uno de sus objetivos la adquisición de habilidades útiles para el mercado laboral, cabe preguntarnos si queremos que sea solo eso o si además queremos que sea un espacio donde se forman ciudadanos. 

La educación en la cárcel hace patente esta pregunta y la relación no siempre exenta de tensiones que hay entre ambas formas de comprender el sistema educativo.

La educación en contexto de encierro es así un caso límite tanto del sistema educativo como del sistema criminal penal, que nos obliga a pensar acerca de las funciones y objetivos que deseamos que cada uno de estos sistemas tengan para nuestra sociedad. 

De todas maneras, cuando fui a enseñar al Centro Universitario de Ezeiza pude ver un sistema agrietado. Si bien la educación en la cárcel ha sabido sostenerse a través de la construcción de lazos de apoyo y compromiso formados tanto por internos como docentes, es importante pensar y desarrollar políticas públicas robustas para su concreción material y su mejora institucional, y no ser ignorado como una mera nota al pie del sistema educativo.

*Profesor de Filosofía de la Historia (UBA); becario de investigación en Instituto de Filosofía Dr. Alejandro Korn  (UBA)
Secretario Técnico de Comunicación en el mismo instituto