OPINIóN
El mito

Modernización, obediencia y trabajo

“Modernizar” suena bien porque indica avanzar, pero ¿hacia dónde? Al conjunto de normas sociales del siglo XIX para disciplinar el trabajo, ignorando los derechos conquistados, pero poniendo a disposición el cuerpo. Si esto es progreso, es “administrar sacrificios presentes en nombre de un futuro siempre diferido

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Tiempos posmodernos. | Pablo Temes

Me encanta cómo las palabras suelen funcionar como recipientes, a veces casi vacíos, donde cualquiera puede verter el contenido que le convenga. Una de esas palabras es "modernización". Porque, si algo necesitaba la ley laboral vigente, era "modernizarla".

Ironía aparte. Modernizar suena bien, a progreso, a ir hacia adelante, a avanzar. Pero conviene detenerse un segundo: ¿ir hacia adelante hacia dónde, exactamente? ¿Se trata de un progreso, o de un desplazamiento retórico que vuelve deseable lo que, en otro registro, podría resultar aterrador? Es decir, cuando se habla de "modernizar", ¿no se está proponiendo, más que un progreso, un regreso a la modernidad?

Para mí la cuestión se vuelve histórica porque "modernidad" no es simplemente "lo nuevo". Es un conjunto de formas sociales que nacen, con violencia y con promesas, entre los siglos XVIII y XIX: la disciplina del trabajo, la centralidad del mercado, la subordinación de la vida a la productividad, la idea de que la libertad se juega, principalmente, en la capacidad de contratar.

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Para algunos, el futuro es un horizonte de oportunidades. Para otros, es un dispositivo que les exige aguantar; ¿quién tiene margen?"

En ese sentido, "modernizar" puede querer decir algo muy concreto: retornar a los comienzos de la modernidad, allí por el siglo XIX, cuando la cuestión laboral se organizaba menos en torno a derechos conquistados y más en torno a la disponibilidad de los cuerpos. 135 diputados decidieron modernizar en este sentido la ley laboral. El sueño húmedo de los libertarios es una nostalgia colonial, una añoranza de la opresión donde no había más utopía que la diferencia de clase.

Max Horkheimer quien fue director de la llamada Escuela de Frankfurt lo formuló con una lucidez que pone la piel de gallina en el libro El Estado Autoritario (1940): el Estado liberal “ha madurado” hasta convertirse en un “Estado autoritario”, “obediente hacia arriba, hacia el capital, e impositivo hacia abajo, hacia la sociedad”.

Esa frase es una estructura, le pone nombre a una asimetría en el trato estatal: finura técnica para captar los imperativos de acumulación, tono pedagógico y disciplinario cuando se trata de la vida social. No hace falta un uniforme para que exista disciplina. Basta con que el riesgo se distribuya hacia abajo y la protección se concentre arriba.

Acá entra otra idea del autor que, para mí, corta la discusión con bisturí: “El progreso existe, pero en la prehistoria, y domina todas las épocas hasta ahora. […] Para el revolucionario, el mundo ha estado ya siempre maduro. Lo que a la mirada retrospectiva le parece una etapa previa, una situación inmadura, fue para él, en su momento, la última oportunidad que había para la transformación. Él está con los desesperados que se dirigen al patíbulo a cumplir una condena, no con aquellos que tienen tiempo”.

El Estado liberal 'ha madurado' hasta convertirse en un 'Estado autoritario', 'obediente hacia arriba, hacia el capital, e impositivo hacia abajo, hacia la sociedad' (Max Horkheimer)"

La potencia y la crudeza de este pasaje está en su crítica del tiempo político. El progreso no aparece como una promesa neutra, sino como un mito que administra sacrificios presentes en nombre de un futuro siempre diferido. Y lo “maduro”, lo “aún no”, lo “todavía no es el momento”, queda expuesto como una coartada, porque casi siempre el “todavía no” lo pronuncian quienes sí pueden esperar.

En otras palabras una reforma laboral es, también, una reforma del tiempo. Reparte de manera desigual la espera. Para algunos, el futuro es un horizonte de oportunidades. Para otros, es un dispositivo que les exige aguantar. La pregunta que me hago no es si la reforma mejora un indicador, sino qué hace con la vida y el tiempo de los trabajadores. ¿Quién tiene margen para transitar transiciones? ¿Quién queda en el borde, viviendo cada cambio como última oportunidad, o como antesala de condena, o como dice el texto, es llevado al patíbulo?

No escribo esto para idealizar el statu quo. Lo que me preocupa es otra cosa: que volvamos a llamar “progreso” a una operación cuyo mecanismo principal consiste en trasladar fragilidad hacia quienes menos capacidad tienen de soportarla. Si el progreso “domina” todas las épocas, como sugiere Walter Benjamin, es porque suele presentarse como redención mientras consolida jerarquías. Si el Estado tiende a ser “obediente hacia arriba e impositivo hacia abajo”, entonces el criterio crítico es inevitable: preguntarnos si esta modernización corrige asimetrías o las vuelve normales.

En el fondo, la discusión no es solo laboral. Es ética. Es una decisión sobre a quién se le concede tiempo y a quién se le exige paciencia. Y, si quiero tomar en serio la frase del patíbulo, la vara no puede ser la promesa, sino el costo humano de la promesa. Porque hay quienes no tienen tiempo. Y ese hecho, por sí solo, ya debería producir algo de escozor en cualquier idea fácil de progreso.