David Levy, autor e investigador británico especializado en IA y relaciones humano-robot, menciona en su obra Amor y sexo con robots que, hacia 2050, convivir y mantener intimidad con robots o muñecas sexuales podría volverse común y socialmente aceptado.
Las tecnologías de placer dejaron de ser clandestinas y se volvieron un consumo cotidiano, impulsado por el e-commerce y por una impronta wellness.
En esa transformación, los juguetes sexuales evolucionaron de dispositivos simples a experiencias cada vez más sofisticadas hasta alcanzar la obsesión por el realismo. Materiales que imitan piel, peso, textura, temperatura, rostros, miradas, gestos; y una estética que ya no se presenta como “fetiche” sino como “experiencia”. Lo que empujó el mercado hacia un objetivo claro: no solo estimular, sino también simular vivencia.
Bienvenidos a la nueva experiencia sex dolls. Estos robots sexuales pueden emitir gemidos y sonidos naturales durante el coito, lo que potencia en el usuario una sensación de realismo. La frontera entre juguete y “presencia” se volvió borrosa, el producto ya no promete solo placer, promete compañía, rutina, un vínculo a medida.
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Y ese “a medida” no es solo una metáfora, algunos fabricantes ofrecen modelos personalizados según las preferencias del cliente, desde el color de pelo y el estilo, hasta el maquillaje y rasgos estéticos específicos. Claro que esa personalización implica más tiempo de trabajo y detalle por parte del fabricante y el precio suele ser mayor que el de un modelo prefabricado.
El comercio global de muñecas sexuales podría pasar de US$ 6,6 mil millones en 2025 a US% 16,1 mil millones en 2035"
Las muñecas hiperrealistas dejan de ser un objeto raro para convertirse en la versión extrema de una tendencia cultural más amplia.
La ciencia, sin embargo, baja el volumen del hype e intenta ponerle precisión a un fenómeno que crece más rápido que su evidencia. Una revisión exploratoria disponible en la National Library of Medicine, Design, use, and effects of sex dolls and sex robots: scoping review, define a la muñeca sexual como una figura antropomórfica, de cuerpo completo y anatómicamente correcta.
Y distingue a los robots sexuales como una evolución tecnológica, conservan el cuerpo hiperrealista, pero suman sensores, actuadores y sistemas de software que habilitan cierto nivel de interacción, desde respuestas y “personalidad” preprogramada hasta la posibilidad de sostener una conversación básica y, en algunos casos, registrar preferencias del usuario.
Se discute mucho lo que podría pasar; se conoce poco lo que en verdad pasa"
El punto que desordena el prejuicio, tanto en muñecas como en robots, es que el uso no se agota necesariamente en lo sexual; para algunas personas también funciona como compañía, rutina y presencia cotidiana.
Ese salto no ocurrió de golpe, es la consecuencia lógica del boom del “bienestar sexual” y de un consumo cada vez más normalizado.
Ahora bien, lo más llamativo es la brecha entre el volumen del debate público y la evidencia disponible. Una revisión publicada en Journal of Medical Internet Research relevó la literatura hasta 2019 y registró 29 publicaciones sobre muñecas sexuales y 98 sobre robots sexuales, aunque advirtió que el “núcleo duro” de la investigación sigue siendo limitado.
Predominan los abordajes teóricos o especulativos, mientras que escasean estudios empíricos con usuarios reales que permitan estimar efectos a largo plazo en cuestión de salud mental, vínculos de pareja y dinámicas relacionales. En síntesis, se discute mucho lo que podría pasar; se conoce poco lo que en verdad pasa.
En cambio, donde sí se evidencian resultados más sólidos es en robots sociales y “compañeros” digitales usados con adultos mayores, que en ciertos programas mostraron reducir la soledad.
Y mientras discutimos si esto es liberación o distopía, el mercado ya votó con billetera: Future market insights proyecta que el comercio global de muñecas sexuales podría pasar de US$ 6,6 mil millones en 2025 a US$ 16,1 mil millones en 2035.
Con esos números, la pregunta deja de ser si existe demanda y pasa a ser qué tipo de demanda estamos comprando, ¿placer y curiosidad, o también una forma de vínculo sin riesgo, sin rechazo y con control total de la intimidad? ¿Ayuda contra la soledad o la fija en un loop cómodo? Por ahora, lo más honesto es que para algunos puede ser un alivio subjetivo (una prótesis de presencia), para otros, un atajo que reemplaza la incomodidad (y la riqueza) del encuentro humano. Y ese “riesgo/beneficio” no lo define la tecnología, lo define el lugar que le damos en nuestra vida afectiva.
En un mundo con menos hijos, menos redes de cuidado y menos vínculos cara a cara sostenidos en el tiempo, la satisfacción mediada por tecnología empieza a ocupar un lugar cada vez más central. Esto no solo responde en el sexo, sino también en la forma de calmar la soledad, regular el malestar y “tener presencia” sin exposición al rechazo. Las muñecas hiperrealistas, los robots sexuales y hasta los compañeros digitales son parte del mismo movimiento cultural.
Cuando lo humano se vuelve más costoso por tiempo, por incertidumbre, por desgaste emocional, lo programable “predecible y seguro” gana atractivo. El punto crítico: todavía no sabemos si estas tecnologías están funcionando como un complemento saludable o como un reemplazo silencioso que empobrece el tejido social.
Y la paradoja es fuerte, el mercado avanza rápido, el deseo encuentra nuevas formas, pero la comunidad científica y el debate ético todavía están en deuda con las respuestas más importantes.
Porque lo que está en juego no se mide en ventas, sino en cuánto de nuestra humanidad queda intacta, es decir, la intimidad, la empatía y la capacidad de vincularnos con otros humanos de verdad.