En casi todo el mundo ocurre lo mismo: nacen menos personas. No es un fenómeno aislado ni localizado. Se repite en Europa, en América Latina, en Estados Unidos y en buena parte de Asia. Con matices, con ritmos distintos, pero con una dirección común. La pregunta ya no es si la natalidad cae, sino por qué.
Las respuestas más habituales circulan con facilidad: crisis económica, precarización laboral, costo de la vivienda, dificultades para conciliar trabajo y crianza. Todo eso es cierto. Y, sin embargo, no alcanza para explicar del todo la sincronía global del fenómeno. Hay algo más profundo , y más silencioso que está ocurriendo.
También China e India muestran un descenso en la natalidad, aunque su enorme volumen poblacional disimula la tendencia. Tener hijos dejó de ser un proyecto naturalmente sostenido por el entorno y pasó a convertirse en una responsabilidad casi individual. La vivienda se volvió cara y escasa. El tiempo, un bien limitado. El trabajo, un terreno inestable. Las redes de cuidado se debilitan y, en muchos países, el Estado acompaña poco o nada.
Criar se volvió una tarea difícil en un mundo que ya es, de por sí, exigente. No se trata solo de ingresos económicos, sino de estabilidad, previsibilidad y comunidad. La maternidad y la paternidad se postergan cada vez más. Primero estudiar, luego trabajar, después “ordenarse” (si es que eso ocurre). El tiempo biológico no siempre acompaña al tiempo social, el retraso termina, muchas veces, en renuncia.
Lo significativo es que ese retraso ya no se vive necesariamente como pérdida. Se vive como una elección razonable, incluso como una forma de prudencia frente a un futuro incierto.
Durante siglos, formar familia fue mandato y horizonte. Hoy dejó de serlo. La vida plena ya no se asocia automáticamente con hijos, sino con proyectos personales, autonomía, libertad de movimiento, autorrealización.
Este cambio no es espontáneo ni individual. Es cultural. Y como todo cambio cultural, necesita relato.
Un dato que suele quedar fuera del análisis sobre la natalidad es la cantidad creciente de personas migrantes en el mundo. Millones viven hoy lejos de su lugar de origen, sin estabilidad jurídica, económica ni afectiva. En ese contexto, la pregunta es inevitable: ¿qué deseo real de proyectar hijos puede tener alguien cuya vida está marcada por la incertidumbre?
Migrar no es una elección romántica. En la mayoría de los casos es una respuesta forzada a la pobreza, la violencia, el colapso económico o climático.
Sin vivienda estable, ingresos seguros y redes de contención, la idea de tener hijos no es solo difícil: se vuelve impensable.
A las condiciones materiales se suma un elemento decisivo: el megáfono cultural de los medios de comunicación. La soledad, que históricamente fue una etapa transitoria o un desafío emocional, aparece hoy revalorizada como signo de inteligencia, lucidez o profundidad.
Se instala así una narrativa persistente: vivir solo es más liviano, más eficiente, más deseable. Si necesitar a otros empieza a leerse como debilidad, tener hijos, el vínculo más demandante que existe, pierde atractivo.
Las redes sociales amplifican este imaginario. No se dice “no tengas hijos”. Se muestra una vida que no los necesita. En paralelo, se celebra un núcleo afectivo alternativo: mascotas como familia, cuidados intensos hacia animales, un tipo de ternura que ocupa un lugar real en la vida cotidiana.
No se trata de una crítica al amor por los animales, (personalmente los adoro), sino de observar un desplazamiento. El deseo de cuidar y amar no desaparece: encuentra cauces menos demandantes, más compatibles con vidas fragmentadas y sin garantías.
El cine y las series cumplen un rol clave en la construcción del deseo, especialmente entre públicos jóvenes. En muchas producciones contemporáneas se naturalizan vínculos prolongados sin matrimonio, relaciones sin urgencia y proyectos centrados en el desarrollo individual. El casamiento y la crianza aparecen, cuando aparecen, como algo lejano o innecesario.
No hay discursos explícitos contra la familia. Simplemente no está en escena. Y ese silencio repetido educa tanto como un mensaje directo.
Migración, pobreza, dificultad de acceso a la vivienda, precarización laboral y un relato cultural que ensalza la autosuficiencia forman un entramado coherente. No como resultado de una decisión única, sino como consecuencia acumulativa.
La caída de la natalidad no responde a una sola causa. Es el resultado de condiciones que hacen cada vez más difícil y menos deseable proyectar futuro en común.
Como casi siempre, las decisiones no se distribuyen de manera pareja. La libertad de elegir si tener hijos y cuándo, está profundamente ligada a la posición económica. Para muchos, la elección existe; para otros, simplemente no. Las condiciones materiales, la falta de vivienda, de estabilidad y de red hacen que proyectar descendencia no sea una decisión libre, sino una imposibilidad.
Conviene recordarlo antes de hablar de “preferencias” o “cambios de mentalidad”: no todos eligen en igualdad de condiciones.
Y aun así, la vida insiste. Basta pensar en una batata tirada en el piso, en la oscuridad, sola, sin luz ni humedad, que estira sus tallos como pidiendo existir. Tal vez la pregunta no sea por qué nacen menos personas, sino por qué el deseo de tener hijos dejó de encontrar condiciones donde afirmarse.