Hombres mayores: más grandes, más claros
El “enamorate de cómo te tratan” podría resumir una tendencia creciente: mujeres jóvenes vinculadas a hombres que les llevan bastantes años. “¿Por qué cotizan? Seducen de otro modo, proponen planes, se muestran disponibles, deciden con más claridad”, dice la autora
Hace pocas semanas, mientras volvía del consultorio, escuché por la radio un tema que circula cada vez más en redes: mujeres de 20 que eligen hombres de 60 o más.
La entrevista abría un debate interesante. Para algunas, un hombre mayor puede asociarse con más seguridad emocional, más escucha, madurez que facilita sostener acuerdos y proyectos en común. La frase “enamorate de cómo te tratan” resumía bien ese enfoque. Pasada la primera impresión, lo que termina pesando no es el efecto inmediato, sino la experiencia diaria del vínculo, “¿qué me hace sentir? ¿Me ofrece tranquilidad o me mantiene en alerta?”
Esa nota también traía consigo una mirada crítica sobre cierto “princesismo” en algunos varones jóvenes, como una forma de estar más pasivos o demandantes, con menos iniciativa o menos constancia. En contraste, el hombre mayor era presentado como alguien que “conquista” o “seduce” de otro modo, propone planes, se muestra disponible, decide con más claridad, sostiene la presencia.
Más allá de si se comparte esta etiqueta, la cuestión está en otro punto. Hay una sensación, cada vez más visible, de que ciertos valores que parecían “de antaño” vuelven a cotizar. La presencia, la iniciativa, la cortesía, el compromiso explícito, la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
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Como si, en medio de vínculos cada vez más líquidos, muchas mujeres comenzaran a extrañar lo simple, que te llamen, que te busquen, que armen un plan. Incluso surge, sin culpa, el gusto por gestos clásicos como invitar o pagar una salida. No tanto por el dinero, sino por lo que simboliza: interés, cuidado y ganas de hacerse cargo de ese momento.
Desde lo psicológico, esto también puede entenderse como una búsqueda de calma en un mundo acelerado. La vida cotidiana está llena de notificaciones, exigencias, ansiedad y vínculos rápidos que a veces se sienten frágiles. En ese contexto, un hombre de la “vieja escuela” puede percibirse como lo contrario a la incertidumbre, alguien más estable, menos cambiante, con más claridad. No se trata de idealizarlo como “salvador”, sino de reconocer que, en ciertos momentos, la estabilidad puede ser altamente atractiva, a veces incluso más que otros aspectos.
Otro factor es el cansancio que generan ciertas dinámicas frecuentes en las citas actuales. Mensajes tibios, idas y vueltas, el “vemos”, ghosteo y esa sensación permanente de estar interpretando señales. Esto desgasta. Por eso, cuando aparece alguien más directo, coherente y menos ambiguo, se vive como un alivio no tener que adivinar qué está sucediendo.
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La generosidad es una virtud y conviene no reducirla a lo económico. En muchos vínculos significa algo más simple y profundo: dedicar tiempo, escuchar, tener detalles, acompañar, cuidar. La generosidad, para algunas mujeres, está más asociada a hombres mayores, no necesariamente por edad, sino por recorrido, por experiencia vivida y otra manera de sostener el vínculo.
En el terreno de la sexualidad, la experiencia del hombre puede ser especialmente valorada. Para algunas personas, esto se expresa en mayor empatía, más registro del otro y una disposición más atenta a todo el acto. El hombre puede encontrar placer no solo en su propia excitación, sino también en provocar y acompañar el goce de la mujer, disfrutando genuinamente de verla disfrutar.
En ese marco, la conversación sobre deseos, límites y acuerdos tiende a ser más explícita y directa en parejas con diferencia de edad.
Hay otra versión de esta historia: el hombre casado que busca una amante joven, como afrodisíaco, validación o la fantasía de volver a sentirse potente, deseado. La juventud funciona como un espejo que le devuelve sensación de “vigencia”. La diferencia de edad tensa la escena y sube la temperatura:para él, la excitación de lo prohibido; para ella, la adrenalina de un hombre seguro, decidido, con recursos y experiencia.
Por último, no todas las elecciones tienen el mismo sentido ni destino. Hay etapas en las que se busca intensidad y aventura, y otras en las que se busca paz.
Me atrevo a traer una reflexión esperanzadora: más allá de reels, tendencias o etiquetas, parece que vuelve a valorarse lo esencial en los vínculos: el respeto, el cuidado, la presencia, la coherencia y el compromiso con el otro. Se reaviva el valor de la palabra, de los acuerdos claros y de esa tranquilidad que nace cuando se sabe dónde se está parado dentro de una relación. Porque, al final, no importa la edad, importa cómo se ama. Y si estos valores empiezan a recuperar protagonismo, es una buena noticia.
*Mg. directora de la Licenciatura en Psicología de UADE
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