La anticultura de la política económica y social del Gobierno argentino
La ideología “libertaria” busca separar a las personas de su entorno natural, que no es visto como el soporte esencial de la vida, sino como una mercancía disponible para la acumulación del capital.
Un Gobierno enfermizamente ideológico como el argentino fracasa cuando se hace evidente que su ideología está basada en falsedades. Esto sucede cuando se ensancha la distancia entre lo que se afirma desde el poder y lo que demuestra la experiencia viva de las personas que padecen sus políticas. El destino final es la pérdida de legitimidad; mientras tanto, en el proceso, quedan los escombros sociales.
Últimamente se han expuesto evidencias de la distancia entre la autoproclamada superioridad moral de las “personas de bien” que integran el Gobierno y sus conductas corruptas. También crecen las evidencias de las distancias entre las promesas de sus políticas desenfrenadas y los rendimientos sociales y económicos: inflación sostenida, distorsión de precios relativos, estancamiento, desempleo creciente, caída de ingresos de la población trabajadora, recorte de beneficios y prestaciones de servicios esenciales, distribución cada vez más regresiva del ingreso y la riqueza, aumento de la deuda pública y privada, etc.
Frente a esto, el presidente pide paciencia para que le dejen seguir alimentando su destructivo plan económico y social. Mientras tanto, proclama su derecho a “destruir el planeta”, llamando a “gozar” de los recursos naturales explotándolos indiscriminadamente. Además de esta barrabasada, también escupe su desprecio por los compromisos generacionales que reclama la consolidación de cualquier sociedad integrada, al vociferar que las generaciones presentes nada le deben a las pasadas y tampoco están obligadas a preocuparse por las futuras. De hecho, desde su ascenso al poder, se empeñó en destruir toda política dirigida a ese objetivo, como la de previsión social, asistencia a la infancia, educación, salud, etc. Esta destrucción de los pactos generacionales que reclama la continuidad de cualquier sociedad sana ni siquiera beneficia a las generaciones presentes, sino a la acumulación de riquezas de una minoría privilegiada.
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Este afán destructivo y hedonista del presidente es acompañado por un grupo importante de legisladores y gobernadores que acaban de votar la llamada Reforma a la Ley de Glaciares, la cual complementa otras barbaridades del mismo tenor expuestas en la llamada Ley Bases, en el Régimen de Incentivos para Grandes Inversiones (RIGI) y la “reforma laboral” que impone mayor explotación a la fuerza laboral. El destino de esta combinación de políticas es la entrega definitiva de los recursos comunes de toda la sociedad, incluyendo el agua y otros elementos esenciales para la vida, como así también el sometimiento total de la clase trabajadora a los más poderosos.
El Gobierno es así consistente con su ideología “libertaria”, por la cual se busca separar a las personas de su entorno natural, que no es visto como el soporte esencial de la vida, sino como una mercancía disponible para la acumulación del capital. Así se opone a concepciones ancestrales no solo de pueblos originarios sino también de prominentes pensadores claves en la cultura occidental. Por ejemplo, en la Ética a Nicómaco de Aristóteles y en la Suma Teológica de Tomás de Aquino se aboga por reconocer los límites que la naturaleza impone a los seres humanos, cuestionando el hedonismo desenfrenado y pregonando la educación en virtudes que busquen la felicidad por cooperación y florecimiento de la vida. Es innumerable el listado de pensadores de distintas fuentes que mostraron la importancia de un rumbo virtuoso y armónico para sostener un orden social próspero.
Estas enseñanzas fueron combatidas por ideólogos adorados por los actuales libertarios, como Francis Bacon y Thomas Hobbes. Ambos pregonaron el utilitarismo de la acción humana. Por ejemplo, promoviendo el uso de la capacidad científica y técnica para dominar y someter a la naturaleza en busca de beneficios materiales inmediatos. También, la difundida (y destructiva) idea que engaña señalando que la búsqueda del interés individual y egoísta, eliminando por competencia a otras personas, terminaría beneficiando a toda la sociedad gracias a una supuesta “selección natural” en la que sobrevivirían los mejores. Los resultados más evidentes del predominio de estas prácticas son la justificación de una creciente desigualdad distributiva, la crisis socioecológica que amenaza la vida en el planeta, así como las guerras y genocidios contemporáneos que buscan la dominación de unos pocos sobre recursos naturales y grupos de población.
El afán destructivo y hedonista del presidente es acompañado por un grupo importante de legisladores y gobernadores
Para la camarilla que ocupa el poder en Argentina, esta guerra contra la naturaleza y grupos humanos escogidos es parte de una “batalla cultural” que pretende enterrar toda herencia pasada, incluyendo la preservación de los recursos naturales esenciales para la vida y que son comunes a todas las generaciones. Para ello, se conchaba una maquinaria de energúmenos que plagan el espacio comunicativo con insultos, desprecio y banalidades, promoviendo con crudeza visceral todo tipo de distracciones superficiales y destructivas de la vida en común.
Esta gente no busca imponer una “nueva cultura”, sino la “anticultura”. Cultura es una convención construida a lo largo del tiempo para interactuar responsable y respetuosamente con la naturaleza y con otros grupos sociales, incorporando creatividad e ingenio para mejor vida. La cultura trasmite sabiduría y experiencia del pasado con el fin de educar en virtudes esenciales para la preservación de la sociedad. Cultura implica trabajo conjunto con la naturaleza y otras personas, que no son consideradas obstáculos o enemigos para la satisfacción de los apetitos inmediatos de un determinado grupo.
Por eso se asocia cultura con las ciencias y las artes. Pero también la cultura se vincula con una producción sana que toma en cuenta las condiciones locales (compromiso con el lugar) y trata de mantener la fecundidad durante generaciones (compromiso con el tiempo), como lo muestran términos como “agricultura” y “cultivo”. Cultura, territorio y pactos generacionales son las fuentes de conformación de una sociedad integrada, próspera y trascendente.
En contraste, la anticultura de este Gobierno descansa sobre la depredación de la naturaleza y el sometimiento de los grupos más subordinados, poniendo esa conquista al servicio del beneficio inmediato de un grupo minoritario, destruyendo todo tipo de pacto inter e intrageneracional. Consistentemente, se atacan las ciencias y las artes que no se ponen al servicio de esta anticultura, donde la honestidad intelectual es reemplazada por el engaño en la búsqueda de lo que Hobbes describe como “poder tras poder y así sin cesar hasta que se acabe la vida”. Es el poder político sin límites, sin equilibrio, sin ninguna armonía e integración; poder político que se jacta de arrasar lo que existe y oprimir a los más débiles.
No es azaroso que, además de las “improductivas” y rentables finanzas, las actividades productivas que impulsa el Gobierno sean la agricultura industrializada y la extracción de minerales y combustibles fósiles que destruyen el ambiente agotando los suelos, contaminando la atmósfera y las reservas acuíferas, disminuyendo la diversidad biológica, extinguiendo especies, etc. Es que, para quienes buscan imponer la anticultura, no hay separación entre vida y mercado, sino que la vida es una mercancía que debe someterse para generar beneficios a quienes tienen poder. Esto es lo que se viene haciendo con las leyes y normas aprobadas con la connivencia de gran parte de la dirigencia del país. Y es lo que se pretende continuar haciendo.
El desconocimiento de los límites de la naturaleza es concomitante con la anticultura oficial que promueve creencias y prácticas relativistas, desconectadas de cualquier cosa que suene a universal y duradero. Por eso el presidente pasea por el mundo abrazándose con incultos de igual calaña que tienen similares visiones destructivas, apoyando guerras de todo tipo, como parte de un proyecto global que amenaza con conducir a un colapso de las formas de vida conocidas.
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Argentina vive un horror que no admite la paciencia que reclama el presidente. Este horror proviene de una política económica y social inculta que día a día acrecienta la distancia entre lo que dicen que van a lograr y lo que sufre la sociedad. No se trata de una cuestión meramente teórica, sino de una experiencia viva de todos los días que pretende continuar y consolidarse como una nueva “normalidad”.
Frente a esto, algunos grupos heroicos buscan defender el agua, la naturaleza y la cultura para preservar elementos básicos para el florecimiento de la vida. No lo hacen porque están en contra del progreso tecnológico, sino para promover un progreso adaptado a la naturaleza y a un orden social más igualitario. Son los que marcan el camino frente a la complicidad y desidia de gran parte de la dirigencia que otorga licencia a los vándalos que gobiernan el país y que piden paciencia para tener más tiempo y así seguir destruyendo a la sociedad argentina.
*Economista, investigador del Ciepp, presidente de la RedAIC.
ML
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