La biblia y el calefón del siglo XXI
“La contraposición de dos cosas que, en principio, no tienen nada que ver pero se hallan juntas está más vigente que nunca” dice el autor. Este siglo “es mucho más ‘cambalache’ de lo que fue el XX. Todo, a un nivel intelectual, es un poco peor”, agrega.
Mientras en el Congreso se debaten (y aprueban) leyes contra el pueblo trabajador, como la nueva Reforma Laboral, o se tejen discursos elusivos como la baja de la edad de imputabilidad, para correr el foco de los verdaderos problemas que azotan al pueblo argentino, los “Therian” invaden las calles. No, no es un chiste.
La autopercepción llegó hasta el paroxismo. La cumbre de la imbecilidad está al alcance de la mano. El pensamiento racional tiende a creer que la humanidad se encamina hacia el summum de la evolución, el summum que estamos alcanzando es el de la idiotez.
Quizás, como dice Pino Aprile, la estupidez sí sea un rasgo evolutivo. O como dicen ciertos imbéciles con investiduras presidenciales: “el capitalismo es el mayor salto evolutivo de la humanidad”; claro, si se lo compara con la edad oscura o la esclavitud, podría considerarse, pero el salto no es hacia adelante. Falacia ad hoc, diría, parafraseando al imbécil.
¿Qué ocurre en el capitalismo mundial?
En este contexto, donde se coartan las libertades del trabajador, se cercenan derechos fundamentales como las vacaciones, las horas extras o las bajas por enfermedad, nos encontramos con un nuevo fenómeno tan poco trascendental como sus protagonistas: los therians. Estos esperpentos se autoperciben cosas, animales, objetos y funcionan como tales. Funcionan es un decir.
Casi como un cosplay de Lemoine, estos seres cuya capacidad intelectual podría ofuscar a un caracol, visten sus disfraces y se comportan como sus personajes. Hoy escuchaba de uno que se sentía motocicleta. Con un carburador claramente defectuoso, porque no le llega suficiente aire al cerebro, estos individuos pululan por los diversos canales de televisión y medios ejerciendo su estupidez y, nuevamente, generando una función distractiva de los problemas reales.
No es mi intención perder el tiempo hablando de estos sujetos, sino hacer una reflexión sobre el momento, sobre la actualidad. Hace casi un siglo, el gran Enrique Santos Discépolo escribía La biblia y el calefón; esta contraposición de dos cosas que, en principio, no tienen nada que ver pero se hallan juntas está más vigente que nunca.
Como lo están algunos fragmentos de El Capital, en especial los que tratan de la acumulación de los medios de producción (capital), el siglo XXI es mucho más cambalache de lo que fue el XX. Todo, pero todo, a un nivel intelectual es un poco peor.
Chorra, Cambalache y grieta: 70 cosas que hay que saber de Enrique Santos Discépolo
Y estoy siendo condescendiente con el adjetivo “poco”. Recuerdo épocas en las que los servicios infiltrados en las agrupaciones sindicales y manifestaciones eran difíciles de identificar. Estos días, en el Congreso, era tan alevoso que hasta eso es más pobre. Hasta los servicios son más mediocres. Las cámaras filmaban cómo un grupo de “revoltosos”, escondidos tras un “parapeto casualmente encontrado en el piso”, lanzaban “bombas caseras Molotov”, con una pericia que haría enojar hasta al más inocente de los niños. Si esto no es tratarnos de boludos, ¿qué es?
Está claro que el capitalismo ya no necesita de la dictadura, sino que ejerce su crudeza a través de la democracia”. Una democracia rancia que distrae, que empobrece, que infiltra revoltosos en las marchas para enturbiar el discurso, la pelea y el pensamiento crítico. Todo es más pobre, más estúpido, más banal. Pan y circo, therians e infiltrados, biblias y calefones.
* Ingeniero Industrial, Product Manager Payments, Revenue Optimization, Fintech, SaaS , Blockchain & Web3
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