La elección equivocada en Cuba
El intento de EE. UU. por remover a Díaz-Canel ignora que el poder real sigue en la dinastía Castro y que el modelo venezolano de "extracción" no garantiza la libertad de los cubanos.
En la década de 1960, la CIA intentó matar a Fidel Castro con puros envenenados, conchas marinas explosivas y trajes de buceo contaminados, como si eliminar al hombre de la cima fuera a solucionar de algún modo todo en Cuba. Hoy, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, está intentando algo similar, aunque con métodos menos extravagantes. No funcionó entonces y no funcionará ahora.
Un impávido Miguel Díaz-Canel, actual presidente de Cuba, admitió recientemente que el régimen está negociando con los despreciados gringos. Lo que no dijo es lo que todo el mundo sabe: el objetivo de las conversaciones con Estados Unidos, encabezadas por el secretario de Estado Marco Rubio, es su propia destitución. El régimen puede quedarse, pero Díaz-Canel debe irse. Llámenlo la “teoría de extracción de Nicolás Maduro” del cambio político en América Latina.
Pero Cuba no es Venezuela. Lo que “funcionó” en Caracas en enero, cuando las fuerzas estadounidenses irrumpieron y secuestraron al presidente, no funcionará en La Habana.
Silvio Rodríguez: “El mundo está dirigido por un régimen autoritario, belicista y ladrón”
En Caracas, Trump aceptó mantener el matonesco régimen chavista en el poder, vendiendo a la oposición democrática y echando por tierra las esperanzas de una restauración democrática, porque había algo que quería: petróleo. Cuba no tiene petróleo. Tiene playas, y tal vez Trump quiera construir Trump Resorts en ellas, llevando a Cuba de vuelta a sus días prerrevolucionarios, cuando los mafiosos de Nueva Jersey dirigían casinos en la isla.
Sin embargo, a diferencia del petróleo, ganar dinero con el turismo requiere tiempo y trabajo duro. Para sobrevivir, el régimen de Caracas primero vendió a Maduro y luego aceptó cumplir las órdenes de Trump, con el dinero de los envíos de petróleo venezolano depositado en cuentas bancarias qataríes controladas por la administración, sin hacer preguntas.
Es poco probable que eso se repita en Cuba. Aquí resulta útil una idea política de otros lugares de América Latina. Los brasileños distinguen a los políticos “ideológicos” de los “fisiológicos”. A pesar de toda su fanfarronería sobre el “socialismo del siglo XXI”, los cuadros chavistas siempre fueron fisiológicos: interesados sobre todo en utilizar el poder para llenarse sus propios bolsillos.
En La Habana hay mucha injusticia y corrupción: todos los nuevos hoteles de lujo, por ejemplo, están gestionados por una organización llamada GAESA, que controla el ejército cubano. Pero la Revolución Cubana siempre fue mucho más que codicia. El fervor revolucionario ayuda a explicar por qué el régimen de Castro ha durado 67 años, a pesar de que esas décadas de control centralizado, rigidez burocrática y hostilidad hacia la empresa privada han quebrado la isla.
¿Asfixia o apertura? El dilema de Trump ante el ocaso del comunismo en Cuba
Tal vez haya una Delcy Rodríguez cubana —la vicepresidenta de Maduro que lo traicionó felizmente— dispuesta a olvidar el fervor revolucionario y llegar a un acuerdo con Trump. Pero esa persona aún no ha aparecido; mientras tanto, los leales siguen manteniendo el control. El hombre que supuestamente está llevando a cabo las negociaciones con EE. UU. no es otro que Raúl Guillermo Rodríguez Castro —“Raulito”, como se le conoce en la isla—, nieto de Raúl Castro.
Esto nos lleva a la razón principal por la que deshacerse de Díaz-Canel no cambiará mucho: el hombre nunca tuvo poder real. Díaz-Canel es presidente de Cuba desde 2018, cuando Raúl, el hermano menor de Fidel, supuestamente se jubiló. Pero según la mayoría de los informes, Raúl, que ahora tiene 94 años, y sus descendientes siguen tomando las decisiones.
Las convulsiones revolucionarias suelen derrocar a una oligarquía solo para terminar creando una nueva. Pero esta traición caribeña a los ideales debe encabezar sin duda todas las listas: después de casi siete décadas de una revolución destinada a dispersar el poder político, Cuba sigue dirigida de facto por una sola familia, cuyo único logro reciente es llevar el apellido Castro.
Esta consolidación del control dinástico es una de las razones por las que pocas personas en América Latina lloran por la situación actual de Cuba. The New York Times se pregunta si América Latina está “lista para abandonar a Cuba”, pero esa pregunta entiende la historia de forma totalmente equivocada. Unos pocos revolucionarios envejecidos todavía recuerdan con cariño a Fidel vestido de verde olivo masticando un puro, pero la generación más joven abandonó hace mucho tiempo a Cuba como faro de cambio. ¿Cuántos jóvenes progresistas pueden admirar un régimen que restringe el acceso a Internet?
Enviado cubano descarta remover a Díaz-Canel pese a la presión de EE.UU.
Obviamente, los gobiernos de derecha de Argentina, Chile, El Salvador o Ecuador no quieren saber nada de Cuba. Pero los tres países más poblados de América Latina —Brasil, México y Colombia— están gobernados por izquierdistas y, más allá de repetir clichés sobre la autodeterminación, no están moviendo un dedo para ayudar a la supervivencia del régimen cubano. El miedo a las represalias de Trump no es la única razón. En privado, los izquierdistas latinoamericanos admiten que un régimen que logra oprimir y empobrecer a su propio pueblo no puede durar para siempre.
Puede que Trump no entienda ese punto, pero Rubio, hijo de emigrantes cubanos, sí lo entiende. Como dice Quico Toro, del Instituto Anthropocene, Rubio “entiende el comunismo caribeño y lo odia”. El mejor de los escenarios para Cuba es que Rubio presione por la democracia mientras Trump no mira. Ese escenario no es del todo inverosímil, y desearía poder creer en él.
Pero si la democratización encubierta es también el plan de Rubio para Venezuela, no parece estar funcionando. La semana pasada, Rodríguez sustituyó al ministro de Defensa Vladimir Padrino, aliado de Maduro desde hace mucho tiempo, por el general Gustavo González, que solía dirigir el SEBIN, la infame agencia de inteligencia de Venezuela. Su experiencia consiste en la represión y la tortura, no en la liberalización política.
En la novela de Graham Greene Nuestro hombre en La Habana, el vendedor de aspiradoras expatriado Jim Wormold se convierte en espía británico pero, al carecer de acceso a inteligencia real, hace pasar dibujos de piezas de aspiradoras por planos de armas secretas. Cuando el plan se desmorona, los jefes de la inteligencia británica, por temor a pasar vergüenza, conceden honores a Wormold y lo envían a una jubilación cómoda.
Tal vez algún día Rubio también reciba honores por sus esfuerzos. Pero es probable que los cubanos reciban solo planos falsos, no la libertad que desean y merecen.
(*) Andrés Velasco, exministro de Hacienda de Chile, es decano de la Escuela de Políticas Públicas de la London School of Economics and Political Science.
También te puede interesar
-
La geopolítica a sangre viva: quién domina la energía
-
La guerra ya no es militar, es geoeconómica
-
El fin de un orden mundial y la guerra perpetua
-
Economía vista con sentido común: ¿cómo entender las estadísticas oficiales?
-
La causa Malvinas es mucho más que la pelea por un territorio
-
Hombres mayores: más grandes, más claros
-
El colapso de la estrategia de Trump: de la no intervención al abismo en Irán
-
Jurisdicción universal contra los crímenes contra la humanidad
-
El caos del "América Primero": por qué los aranceles de Trump solo han traído incertidumbre y derrota económica