La caída de un orden político internacional post segunda Guerra Mundial cruje desde hace años. Pero desde 2025, tras asumir Donald Trump la presidencia de los Estados Unidos, este proceso llegó a su fin. La ilusión kantiana de un mundo en paz, donde “ningún Estado debe inmiscuirse por la fuerza en la constitución o el gobierno de otro Estado” (La Paz Perpetua), hoy está flagrantemente violada.
Surge así la tentación de la guerra perpetua, un primitivo estado de naturaleza hobbesiano, donde la desconfianza mutua es natural y la mejor manera de asegurar la propia seguridad es anticipando el dominio por el engaño y por la fuerza (Leviathan).
La invasión estadounidense a Irak para derrocar a Saddam Hussein, y su posterior ejecución, fue un anticipo del reciente asesinato del ayatola Alí Jamenei. Entonces EE. UU., mediante su presidente George W. Bush, intentó buscar el apoyo de las Naciones Unidas. Incluso pretendió presentarlo como una cruzada, que fue rechazada por el Romano pontífice Juan Pablo II.
En febrero del año 2003, el embajador estadounidense ante la Santa Sede organizó en el Vaticano un simposio con el objetivo de convencer a Juan Pablo II de bendecir la guerra en Irak. Por el contrario, ante los ojos del Papa, el gobierno de Bush, con su teoría de guerra preventiva, se convirtió en “un nuevo peligro que amenaza la paz” y sobre el cual hay que informar a la luz del mensaje social cristiano.
La falsedad de los argumentos esgrimidos por EE.UU. sobre las armas de destrucción masiva quedó en evidencia, reconocida por los propios servicios de inteligencia. La captura, enjuiciamiento y ejecución de Hussein, por crímenes cometidos en 1982 durante la guerra con Irán, fue un simulacro de proceso justo.
Ahora el uso de la fuerza está desenmascarado. El asesinato del máximo líder religioso musulmán chiita—durante conversaciones diplomáticas en Omán—no tuvo más justificación que su potencial peligrosidad. ¿Sinceridad o cinismo?¿Debilidad o fortaleza de quienes tomaron esa decisión? Asimismo, el asesinato de casi doscientas personas, la mayoría niñas, en una escuela primaria iraní, ocasionado por un misilde los Estados Unidos, no puede ser catalogado como un “error técnico”, mero daño colateral. Il volto della guerra, artículo en tapa de L`Obsservatore Romano del pasado 6 de marzo, cuestionólos usos militares de la inteligencia artificial porque “eliminan los últimos vestigios de humanidad”.
En el Libro IVde La Ciudad de Dios, San Agustín subrayaba que sin justicia los reinos no son sino una banda de ladrones. Y citaba a un pirata frente a Alejandro Magno cuando éste lo interrogó sobre sus actos de pillaje en el mar. El pirata le respondió que hacía lo mismo que él, sólo que con pocas personas, “por eso me llaman ladrón, pero a ti, porque lo haces con una gran flota, te llaman emperador”.
No casualmente el 9 de enero pasado León XIV, en su discurso al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, citó largos párrafos de la célebre obra agustiniana.
Surge un debate filosófico/político, e incluso teológico, sobre cuáles son los verdaderos instrumentos para sostener el bienestarhumano entre las naciones. Hoy el mundo observa perplejo que, las autonomías de los Estados, con el principio de no injerencia, están considerados obsoletos por la principal potencia y sus pocos aliados. Pero este no parece un camino sostenible para la paz.
La justicia humana es materia de interés para la religión /teología, porque hoy aboga por un humanismo integral, en términos de Jacques Maritain, donde la inviolabilidad por la vida del otro está basada en la fraternidad originaria de la humanidad. Por lo tanto, la guerra no justifica los crímenes / asesinatos de inocentes, los cuales merecen la condena de la comunidad y de los organismos internacionales.
En un mundo dominado por la fuerza y la extorsión en las relaciones internacionales, desaparece el iusgentium, derecho que a diferencia del civil es universal. Según la clásica definición del jurista romano del siglo II Gayo, en su obra Instituciones, “el derecho de gentes es lo que la razón natural constituyó entre todos los hombres y es observado entre todos los pueblos”. Santo Tomás, señalaba que el derecho de gentes es el que define la diferencia específica entre la multitud de los animales y la comunidad humana (SummaTheologiae).
El fin del orden mundial renueva un antiguo dilema, la búsqueda entre un sistema basado en la inestabilidad de la fuerza o en la fortaleza de la justa razón.