Escenario argentino

Macri profundizó sus críticas al Gobierno y planteó la necesidad de consensos para sostener las reformas económicas

Las crecientes críticas de Mauricio Macri al Gobierno reabren un debate de fondo sobre el futuro del programa económico de Javier Milei: ¿la estabilidad depende del liderazgo de un presidente o de consensos políticos e instituciones capaces de trascender a los gobiernos?

Mauricio Macri, expresidente de la Nación Foto: Captura

Hay un debate muy interesante que comenzó a tomar forma en los últimos días y que, aunque aparezca disperso entre declaraciones económicas y posicionamientos políticos, en realidad remite a una pregunta central: ¿cómo se construye estabilidad en la Argentina?

La discusión se disparó a partir de dos planteos que, aunque formulados desde lugares distintos, terminan cruzándose. Por un lado, el economista Ricardo Arriazu sostuvo que el programa económico de Javier Milei ha logrado generar confianza gracias a la credibilidad personal del Presidente. Por otro, Mauricio Macri lanzó una frase que merece atención: “Ningún caudillo puede garantizar la estabilidad económica”.

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Detrás de esas palabras aparece una diferencia conceptual profunda. Arriazu pone el foco en el liderazgo. Macri, en cambio, pone el foco en las instituciones.

Y aquí aparece uno de los grandes dilemas argentinos. Es indudable que Milei ha logrado imponer un programa económico que hasta hace poco parecía políticamente imposible. También es cierto que gran parte de la confianza que despierta el actual proceso está asociada a la figura presidencial. Sin embargo, la pregunta relevante no es si Milei puede sostener este rumbo, sino si la Argentina puede sostenerlo cuando Milei ya no esté.

La experiencia internacional ofrece una respuesta bastante clara. Los países que logran estabilidad duradera no dependen de líderes providenciales. Dependen de acuerdos básicos que sobreviven a los cambios de gobierno. Uruguay es un ejemplo cercano. Cambian los presidentes, cambian las coaliciones y cambian las orientaciones ideológicas, pero ciertas cuestiones fundamentales permanecen inalterables.

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La Argentina, en cambio, ha construido una historia económica basada en el péndulo. Cada administración intenta desmontar lo realizado por la anterior y refundar el país desde cero. El resultado es conocido: ciclos de entusiasmo, crisis, recuperación y nuevo derrumbe.

Por eso el planteo de Macri merece atención. La estabilidad monetaria, el equilibrio fiscal, la integración al mundo, la promoción de exportaciones y la previsibilidad jurídica deberían transformarse en consensos mínimos. No en banderas partidarias.

El problema es que el clima político actual parece ir exactamente en la dirección contraria. El diálogo se ha convertido en una mala palabra. La moderación es presentada como una debilidad. La búsqueda de acuerdos es vista por algunos sectores como una forma de traición ideológica.

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Resulta sorprendente escuchar, incluso, argumentos según los cuales las posiciones de centro representan una amenaza para el sistema. Es una visión tan sectaria como desconectada de la experiencia internacional. Las democracias más exitosas del mundo funcionan precisamente gracias a la existencia de zonas de acuerdo entre fuerzas políticas rivales.

Naturalmente, la responsabilidad de esta situación no corresponde únicamente al oficialismo. El kirchnerismo también construyó durante años una lógica basada en la confrontación permanente. Pero el Gobierno actual ha llevado esa dinámica a un nivel superior, instalando una cultura política donde el adversario no es alguien con quien se discrepa, sino alguien a quien se debe destruir.

En este contexto también deben interpretarse las críticas económicas formuladas por Macri. El expresidente reconoció el valor del superávit fiscal, pero cuestionó la calidad del ajuste. Su argumento es que el equilibrio de las cuentas públicas no puede alcanzarse a costa de abandonar la infraestructura o deteriorar servicios esenciales.

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Es una observación discutible, por supuesto. Desde el Gobierno podrían responder que después de décadas de déficit crónico no existe margen para hacer todo al mismo tiempo. Y probablemente tengan razón. Pero también es cierto que la Argentina exhibe niveles alarmantes de deterioro en rutas, obras públicas, transporte y servicios básicos.

La discusión, por lo tanto, no pasa por elegir entre ajuste o desarrollo. El verdadero desafío consiste en encontrar la forma de compatibilizar ambos objetivos.

Finalmente, Macri introdujo otro elemento relevante: la necesidad de una Justicia independiente que garantice el respeto de la Constitución y las reglas institucionales. Tampoco es un detalle menor. Las reformas económicas requieren confianza, y la confianza no depende únicamente de las variables fiscales o monetarias. También depende de la fortaleza de las instituciones.

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Quizás allí resida la cuestión de fondo. La Argentina está atravesando un proceso de transformación económica muy profundo. Pero la verdadera prueba no será la velocidad de las reformas ni la popularidad de sus protagonistas. La verdadera prueba será determinar si esas transformaciones logran convertirse en políticas permanentes.

Porque los líderes pasan. Las instituciones quedan. Y cuando un país depende exclusivamente de un liderazgo para sostener su estabilidad, en realidad sigue siendo inestable.