Adiós a Messi de la Selección Argentina

Manto sagrado

Se va… Sí, justo ahora. En el mejor momento de su extraño romance con la gente. Justo ahora que había hallado en la Scaloneta a su otra familia, esa que nos malcrió a fuerza de tratarnos tan bien.

Lionel Messi Foto: AFP

Se va… La Scaloneta ya no lo tendrá. Nuestros ojos ya no lo verán como lo vieron. Todo pasa, todo fluye. Lo decía el anillo de Julio Grondona y lo sentenció Heráclito: nadie se baña dos veces en las mismas aguas. Es ley de vida, pero no por eso deja de doler; no por eso deja de percibirse como una injusticia. La vida nos hiere de verdad pocas veces entre el primer aliento y el último, y esta es, sin duda, una de esas veces. Es el dolor de ya no ser. Sin Messi en el césped, ya no seremos los mismos en las tribunas, frente al televisor y en la vida. Nunca más. Y el golpe es doble porque… ¿justo ahora?

Se va… Sí, justo ahora. En el mejor momento de su extraño romance con la gente. Justo ahora que había hallado en la Scaloneta a su otra familia, esa que nos malcrió a fuerza de tratarnos tan bien. Justo ahora que hizo del mundo entero su propia hinchada. “Percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida”, reza el tango ‘Mi noche triste’ de Pascual Contursi. Y es que la vida, en el fondo, es un tango: lo bueno es efímero, aunque esta vez la dopamina duró más de lo imaginado. Pero pasa. “Puede pasar”, diría un relator.

Se va… Y la Selección parece perder sentido. Ya vivimos algo similar con Maradona; no fue igual, pero se le parecía. Sin embargo, aquel adiós se presentía, su doble vida lo preanunciaba. Además, Diego le entregó el 10 al 10, a Messi. ¿Pero a quién se lo legará el GOAT? No asoma un heredero para esa dimensión inalcanzable. La noticia amarga es que se va, pero hay otra más amarga: que, posiblemente, jamás volvamos a ver un ET como él. Platos voladores seguramente veremos, pero otro ET, difícilmente.

Messi es Plutón: ese planeta enano e inalcanzable de órbita elíptica que resguarda su brillo a siete mil millones de kilómetros del sol. Nadie llega a él. Messi es una de esas rarezas del cosmos. Se marcha de la Selección el 10 que nadie quiere despedir. Nadie se preparó para este invierno de retorno ‘a lo otro’, porque nadie se prepara para las tragedias. El instinto nos prohíbe pensar en la muerte de nuestros padres; sabemos que el momento llegará, pero nos negamos a ejercitar ese pensamiento. Con Messi nos sucedió lo mismo. Pero llegó el momento.

No podemos ser ingratos. Sería una falta de nobleza pedirle que siga. Messi tiene el derecho ganado de irse, como tendrá el de volver como ya volvió, aunque esta vez… Él tiene derecho a todo. Nos dio tanto, nos dio todo, que la única palabra que cabe es GRACIAS. Se entregó hasta los 39 años. Clubes tuvo algunos, pero Selección solo tuvo una: la Argentina. Sus goles fueron nuestras palpitaciones más exageradas. Sus ‘caños’ fueron nuestra carcajada más sonora. Sus arranques fueron nuestro viaje a la Atlántida sumergida: ¡nadie más lo hizo!

Además, ya no está ‘papá Jorge’, su motivación primera y eterna. Hay una lógica en su partida, aunque esa lógica le declare la guerra a nuestro deseo, que es el de todos. Ese anhelo que nos empuja a la pregunta desesperada: ¿y si le pidiéramos a Papá Noel, todos juntos, que Messi juegue un Mundial más? Si a cambio renunciáramos al iPhone, a la pelota, a una novia nueva y al Marvel Rivals; a todo hasta el 2030, ¿lo haría realidad el viejo del trineo?... Basta de fantasías. Es hora de despertar, de volver a crecer. Nos tocará hacerlo sin él en la Selección, porque Messi era el puente que nos retornaba a la mejor niñez; nos hacía olvidar que ser adultos, para la mayoría, es protagonizar aquel tango en cada despertar.

Por ahora, pensemos positivo. Pensemos que peor estará ‘su viuda’: sí, De Paul, que ya no tendrá las cámaras que tuvo hasta hoy. Pensemos que peor estará Scaloni, que ya no contará entre sus once el que multiplicaba por tres. Y pensemos, sobre todo, que solo se retira el jugador, pero no el ejemplo. Esa es la gran noticia de este día gris, de corazones apretados. La Selección posee ahora algo más que un futbolista único en su historia; posee el ejemplo que motivará a todo aquel que vista la celeste y blanca, aunque nadie más, nunca más, vuelva a calzarse la número diez. Esa, desde hoy, es manto sagrado.

 

ff