sobre el ÚLTIMO DISCURSO DEL PRESIDENTE ANTE LA ASAMBLEA LEGISLATIVA

Milei y las formas del populismo incivilizado

“El recinto convertido en tribuna. El insulto como recurso. El grito como método”.

Violencia. El Presidente se mostró beligerante ante el Congreso y repartió duras agresiones. Foto: prensa senado

Uno de los errores más persistentes del debate político argentino consiste en minimizar las formas como si fueran un detalle secundario, superficial o protocolar frente a los contenidos. Se repite que lo importante es “qué se hace” y no “cómo se hace”. El discurso de Javier Milei en la apertura de sesiones ordinarias volvió a colocar esa idea en el centro de la escena, y lo hizo de un modo preocupante. Dejando en evidencia que el populismo –de izquierda o de derecha– se define, en gran medida, por una metodología particular en el ejercicio del poder.

Más allá del tono, lo que predominó fueron generalidades y anuncios grandilocuentes, incluso megalómanos. No hubo precisiones concretas, ni definiciones institucionales claras. En lugar de una hoja de ruta legislativa, asistimos a una puesta en escena. Más que una apertura institucional (y apelando a sus propias referencias históricas) pareció montar su propio circo romano. Hubo espectáculo, gritos y una brutalidad comunicativa que evocó más a Calígula que a un jefe de Estado en ejercicio de sus responsabilidades republicanas. Digamos que si de algo careció fue de autodominio estoico.

Pero volviendo a las “formas”, cabe recordar que los padres fundadores de Estados Unidos comprendieron algo que hoy parece olvidado: la Constitución no era, ante todo, una lista de aspiraciones ni una mera declaración de derechos sustantivos o de fondo, sino un diseño minucioso de “formas” con las que se debía ejercer el poder. La prioridad estaba en su parte orgánica: cómo se divide, cómo se controla, cómo se limita a sí mismo. La libertad no se protegía, entonces, sólo declarándose; se garantiza organizando un poder que respete formas, procesos y métodos, con frenos y contrapesos. Así se logra una deliberación pública robusta que es, a la vez, forma y contenido. Algo de esto menciona Karl Popper en el clásico liberal La sociedad abierta y sus enemigos. No es casual que este autor haga hincapié en el método científico.

Esa tradición ha sido retomada por numerosos constitucionalistas contemporáneos (como Gargarella), que advierten que en América Latina solemos incluir en las constituciones derechos y garantías de fondo, pero descuidamos la “sala de máquinas”. Los mecanismos concretos a través de los cuales el poder opera. Cuando esa estructura es defectuosa, ningún derecho (por más noble que sea su contenido) puede hacerse efectivo.

En el derecho, las formas no son un ritual vacío. Constituyen la esencia del sistema. La democracia no es únicamente un resultado: es un proceso para descubrir el resultado. Supone diálogo, escucha, información y estudio. Supone un Congreso que se informa, investiga, debate, argumenta, dialoga en lugar de gritar vulgarmente. Supone un debido proceso adjetivo con reglas claras, prueba, defensa, acusación y sentencia. Los procedimientos existen precisamente para impedir que el poder se imponga por la fuerza, el insulto o la humillación. El proceso de sanción y formación de leyes tiene un valor epistémico, es decir, ayuda a conocer los intereses de todas las partes, a evitar sesgos y a tomar mejores decisiones.

Sin embargo, el 1° de marzo el Congreso fue transformado en un ring para la incivilidad. El recinto dejó de ser el ámbito de deliberación que la Constitución prevé para convertirse en escenario de confrontación. Cuando el Parlamento se convierte en tribuna y la palabra en agravio, no estamos ante una renovación institucional, sino ante su degradación.

En esa línea, Hannah Arendt advertía que poder y violencia no son sinónimos: “la violencia puede destruir al poder, pero es absolutamente incapaz de crearlo”. Allí donde domina una, el otro está ausente. Esta distinción resulta clave para interpretar lo ocurrido. Cuando la política se reduce a la violencia verbal, gestual o escénica, lo que se erosiona no es solo la convivencia: es el espacio público democrático. Un ámbito en el que deliberar, considerar al otro y respetar las instituciones no es signo de debilidad, sino de solidez republicana. Los extremismos siempre suelen creer que sus fines justifican cualquier medio, por eso terminan apelando a la violencia. 

El Presidente afirma que su agenda implica una “reestructuración moral” de la Argentina. Pero esa pretensión se apoya en una visión cerrada, moldeada por ideas anarcolibertarias que no representan la complejidad ni la tradición de nuestra sociedad. Los argentinos no somos una abstracción ideológica ni una comunidad uniforme sometida a un experimento doctrinario. En la mayoría anidan otros valores: solidaridad, convivencia, pluralismo, cultura del trabajo y respeto por la ley.

Sostener que la moral pública puede fundarse en la lógica del más fuerte no es audaz: es un retroceso. La moral del más fuerte no es una doctrina innovadora; es una negación misma de la república. Donde prevalece la fuerza como criterio ordenador, desaparece la igualdad ante la ley y se desdibuja la noción de comunidad política.

Como señalamos al comienzo en Argentina se repite una lógica corrosiva: “las formas no importan, lo que importa es el contenido”. Esa frase, que puede sonar pragmática o desafiante, encierra en realidad una concepción profundamente antidemocrática. Cuando se sacrifican las formas, se sacrifican los límites al poder. La idea de que el fin justifica los medios atraviesa, sin distinción, a buena parte de nuestras tradiciones políticas. Es el argumento que suele emplearse para justificar decretos de necesidad y urgencia; si el contenido es correcto, la forma puede omitirse. Si la Constitución es, ante todo, el instrumento que establece las formas del ejercicio del poder, ¿podemos realmente sacrificarla en nombre del contenido que deseamos alcanzar?. Una ley no es solo un texto, es el resultado de un proceso, con etapas diseñadas y previstas para asegurar deliberación y control. Todos los autoritarismos de la historia fueron, antes que nada, contra las formas de la democracia.

Los populistas de derecha o de izquierda cambian los discursos, pero las prácticas y metodologías se repiten. El recinto convertido en tribuna. El insulto como recurso. El grito como método. El caos como espectáculo. Se modifican los adversarios, pero no la lógica que reduce la política a confrontación permanente. Porque en el fondo se esconde una idea mítica del poder, hay un destino previsto y la violencia (el cuanto peor, mejor) sirve para destrabar ese destino. 

Quien afirma que las formas no le interesan está diciendo que no le interesan los límites. Y sin límites no hay república posible. Sin formas no hay ley; sin ley no hay derechos; sin derechos no hay libertad.

Sin reglas, sin procedimientos y sin respeto por el otro, lo que prevalece no es la libertad, sino la fuerza. Y la historia argentina conoce demasiado bien las consecuencias de ese camino.

(*) Diputado nacional y presidente de la Coalición Cívica ARI.