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Por qué es poco probable que Europa se enfrente a un aumento de la inflación

El impacto energético de la guerra en Irán es menor al de 2022. La postura preventiva del BCE y la dinámica actual del gas sugieren una inflación bajo control, pese a riesgos climáticos.

European Central Bank President Christine Lagarde Speaks At International Women’s Day 2026 Conference Foto:

El fuerte aumento de los precios mundiales de la energía desde el inicio de la guerra en Irán ha reavivado los recuerdos de la escalada de 2022, provocada por la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia y las sanciones energéticas que le siguieron. En aquel momento, los bancos centrales no reconocieron de inmediato la magnitud de las presiones inflacionistas que se estaban generando. Para cuando lo hicieron, no tuvieron más remedio que poner en marcha un ciclo de endurecimiento monetario abrupto y agresivo. Hoy, parecen decididos a no cometer el mismo error.

Hasta ahora, este choque parece ser menor que el de 2022. Aunque el aumento de los precios del petróleo crudo es similar —en torno al 60-70%—, el punto de partida es diferente. Los precios del crudo subieron bruscamente durante los meses anteriores a la guerra de Ucrania, duplicándose con creces desde su mínimo de la primavera de 2021 (a raíz de la pandemia de COVID-19) hasta alcanzar los 80 dólares por barril —el doble de la media de 2020— a finales de ese año. Este repunte ya generaba presiones inflacionistas mucho antes de que el petróleo alcanzara su máximo de 110-120 dólares por barril en el verano de 2022.

En Europa, estas presiones se vieron agravadas por el aumento de los precios del gas natural, que se multiplicaron por 5 o 6 desde su mínimo de mayo de 2020 hasta finales de 2021. Ese diciembre, el gas natural alcanzó los 70 euros (80 dólares) por megavatio-hora en el mercado de referencia TTF de Ámsterdam, una cifra superior a los 50-55 euros/MWh registrados desde que comenzó la guerra de Irán. Aunque los consumidores suelen tener contratos de calefacción y electricidad a largo plazo que los protegen de las fluctuaciones de precios a corto plazo, los contratos se reajustaron gradualmente, provocando el aumento del índice de precios al consumo.

Para cuando Rusia lanzó su invasión a gran escala de Ucrania, la inflación se situaba por encima del 5% a ambos lados del Atlántico. Pero la Reserva Federal de los Estados Unidos y el Banco Central Europeo (BCE) le prestaron poca atención, porque sus modelos predecían que la inflación volvería a caer hacia el 2% al final de su horizonte de previsión.

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Los modelos modernos de los bancos centrales asumen que los agentes miran hacia el futuro y confían en que los responsables de la política monetaria cumplirán finalmente el objetivo del 2%. Mientras se espere que los precios de la energía bajen, los bancos centrales no necesitan subir los tipos de interés. Las proyecciones del personal del BCE reflejaban este optimismo fundamental: en marzo de 2022, preveían que la inflación caería del 5,1% en 2022 al 2,1% en 2023, sin ninguna subida de tipos de interés. Para cuando el BCE subió los tipos, en julio de 2022, la inflación ya había superado el 8%.

La presidenta del BCE, Christine Lagarde, es muy consciente de que el actual choque de los precios de la energía es menor que el que enfrentó Europa hace cuatro años. Así lo afirmó en un discurso reciente, señalando que el aumento de la inflación debería ser temporal. Las proyecciones del personal del BCE coinciden con esta visión, situando la inflación modestamente por encima del objetivo, en el 3,5% para 2026 incluso bajo un escenario adverso, y asumen que volverá a caer al 2% el próximo año.

Pero el BCE parece dispuesto a actuar de todos modos. Como dijo Lagarde, un exceso "grande aunque no demasiado persistente" del objetivo de inflación de la institución no debe dejarse "totalmente sin respuesta", ya que esto "podría suponer un riesgo de comunicación", dado que al público le resultaría "difícil de entender una función de reacción que no reacciona". Además, la expectativa de que la inflación se "desvíe de forma significativa y persistente del objetivo" justifica una respuesta "apropiadamente contundente o persistente".

El aumento de los tipos de interés a medio plazo indica que los mercados financieros anticipan ahora un endurecimiento de la política monetaria este año, no solo en Europa sino también en Estados Unidos. Al menos, la Fed parece estar ralentizando su ciclo de recortes de tipos. Esto es notable, dado que Estados Unidos paga aproximadamente un tercio por el gas natural en comparación con Europa o Asia, gracias a su gran base de producción de energía doméstica.

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La política se rige no solo por los datos y los modelos, sino también por la experiencia. Los bancos centrales no quieren volver a perder la última guerra. Como resultado, es probable que la inflación permanezca bajo control, a pesar de las presiones generadas por la guerra de Irán. El impacto inmediato del alza de los precios del petróleo ha sido modesto hasta ahora, con un aumento de la inflación de medio punto porcentual, hasta el 2,5%. El BCE debería ser capaz de lidiar con esto.

Para Europa, el mayor riesgo reside en otra parte. Ante el aumento de los precios del gas natural, la industria está presionando intensamente para obtener subsidios y una relajación de los objetivos de reducción de emisiones. Y los responsables políticos europeos parecen estar cediendo ante la presión. En la última reunión del Consejo Europeo, pidieron una revisión del Sistema de Comercio de Emisiones de la UE (ETS), que constituye el núcleo de la transición verde de Europa. El gobierno de Italia ya ha anunciado planes para neutralizar los efectos del precio del carbono fijado por el ETS.

Ese es un giro alarmante. Dados los costes cada vez más elevados del calentamiento global, Europa lamentará haber permitido que sus ambiciones climáticas se conviertan en otra víctima más de la guerra de Irán.

(*) Daniel Gros es director del Instituto de Formación de Políticas Europeas de la Universidad Bocconi.