OPINIóN
Fenómenos

Extraterrestres: revelación prometida y misterio creciente

“El caso Roswell es el mejor ejemplo de la brecha que existe entre lo que se informa y lo que sucede”, dice la autora. Objetos, luces, tecnología no identificada, material biológico no humano, testimonios… En todo caso, “una inquietud que no pertenece sólo a la ciencia o a la política, sino también al terreno de lo simbólico”. Y luego el miedo a la verdad...

Spielger Disclosure Day 20260327
Película de Spielger Disclosure Day. | Captura web

“¿Qué pasaría si la existencia de vida no humana dejara de ser una teoría para convertirse en un hecho imposible de ocultar? Entre el regreso de Steven Spielberg, los archivos que se insinúan y un archivo humano que nunca dejó de crecer, la pregunta no es solo si existen, sino cuánto estamos preparados para saberlo… y dónde.

Steven Spielberg vuelve al territorio que nunca terminó de abandonar: el de los extraterrestres. Con Disclosure Day, su nueva película, pone en escena una hipótesis que hace décadas habita entre la fascinación y la sospecha: ¿qué pasaría si la existencia de vida no humana dejara de ser una teoría para convertirse en un hecho imposible de ocultar? El estreno no llega en el vacío. Llega en un momento en el que la conversación pública vuelve a girar —con una mezcla de ansiedad, espectáculo y política— alrededor de aquello que podría estar más allá de nuestro cielo.

En paralelo, el fenómeno dejó de nombrarse como antes. El viejo “OVNI”, cargado de imaginario popular y asociaciones inmediatas con extraterrestres, fue reemplazado en ámbitos oficiales por la sigla UAP (Fenómenos Aéreos No Identificados).

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El cambio empezó a gestarse a partir de 2019, en el gobierno de Donald Trump, cuando sectores militares y de inteligencia empezaron a usar una terminología más neutra. Con la llegada de Joe Biden el término se consolidó dentro de estructuras formales de investigación, con informes periódicos y organismos dedicados a estudiar el fenómeno. El misterio no desapareció: cambió de idioma y entró en las oficinas del Estado.

¿Y si lo que llamamos “extraterrestre” no fuera necesariamente biológico, sino otra forma de lo desconocido que todavía no sabemos nombrar?"

En ese terreno ambiguo, donde la información parece administrarse más que revelarse, incluso figuras políticas han contribuido a sostener el enigma. Consultado sobre el caso Roswell, Donald Trump respondió: “No voy a hablarte de lo que sé al respecto, pero es muy interesante”. Años después, ya en 2026, fue más lejos al sugerir la liberación de archivos vinculados a vida extraterrestre y fenómenos no identificados. Entre insinuaciones y promesas, el misterio no se resuelve: se amplifica.

Extraterrestres: caso Roswell

El punto de origen moderno de esta historia sigue siendo el Roswell incident, en 1947, cuando el propio ejército estadounidense anunció haber recuperado un “disco volador” para luego retractarse en cuestión de horas. La explicación oficial habló de un proyecto militar secreto, pero la grieta ya estaba abierta. Desde entonces, Roswell no es sólo un episodio: es el símbolo de una desconfianza persistente entre lo que se informa y lo que se sospecha.

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Mucho antes de la inteligencia artificial y de los videos virales, el cielo ya era fotografiado. Desde las primeras cámaras en blanco y negro hasta las filmaciones contemporáneas, existe un archivo visual extenso —y todavía inquietante— de objetos y luces que no pudieron ser identificados en su momento.

No todas esas imágenes resisten el análisis técnico actual: muchas fueron explicadas con el tiempo como errores ópticos, fenómenos atmosféricos o artefactos humanos. Sin embargo, una parte del registro permanece abierta, no tanto como prueba concluyente, sino como evidencia de una constante histórica: el ser humano observa el cielo, registra lo que no comprende y, en ese gesto, construye tanto conocimiento como misterio.

A este entramado se suman declaraciones de exintegrantes de inteligencia y fuerzas armadas que empujan el límite de lo que puede decirse públicamente. Algunos han hablado de tecnología no identificada e incluso de material biológico no humano, sin presentar pruebas abiertas que permitan verificar esas afirmaciones.

Más allá de su veracidad, estos testimonios operan en una zona incómoda: no pueden confirmarse, pero tampoco terminan de desmentirse. Y en ese espacio ambiguo —entre lo documentado y lo sugerido— el fenómeno encuentra su persistencia.

Pero el fenómeno no vive solo en archivos ni en declaraciones oficiales. Vive, sobre todo, en las experiencias.

No se trata sólo de si hay alguien allá afuera… sino de si estamos listos para aceptar que tal vez nunca estuvimos del todo solos"

En relatos que se repiten en distintos países, en distintos idiomas, con una estructura sorprendentemente similar: luces que descienden, objetos que se detienen en silencio, presencias que no se explican.

En Uruguay, por ejemplo, la estancia La Aurora se convirtió en un punto de referencia donde durante décadas se han reportado avistamientos, descensos de objetos luminosos y episodios que quienes los vivieron describen como transformadores, incluso curativos. No hay pruebas concluyentes que validen estos relatos en términos científicos, pero tampoco desaparecen. Persisten, se transmiten, se sostienen.

En el plano local, la figura de Benjamín Solari Parravicini vuelve a aparecer cada vez que el tema se reactiva. Sus psicografías —dibujos acompañados de frases que, según sus seguidores, anticipaban acontecimientos futuros— incluyen referencias a contactos con inteligencias no humanas y a una eventual revelación de su existencia.

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Para muchos, se trata de uno de los videntes más precisos del siglo XX; para otros, de una interpretación posterior que ordena símbolos ambiguos en función de los hechos. Más allá de la posición que se adopte, Parravicini ocupa un lugar singular: el de haber traducido en imágenes una inquietud que no pertenece sólo a la ciencia o a la política, sino también al terreno de lo simbólico.

En 1938, una emisión radial dirigida por Orson Welles interrumpió la programación habitual para narrar, en formato de boletines informativos, una supuesta invasión extraterrestre. La obra, basada en The War of the Worlds radio broadcast, no era más que una ficción dramatizada. Tanto realismo ocasionó confusión en gran parte de la audiencia, que interpretó el relato como un hecho real.

Con el tiempo, el episodio fue amplificado hasta convertirse en una leyenda sobre pánico masivo. Las investigaciones posteriores matizaron ese relato: hubo alarma, sí; pero no evidencia sólida de una ola de suicidios como se llegó a afirmar. Lo que sí quedó expuesto fue algo más inquietante que cualquier invasión: la capacidad de los medios para convertir una narración verosímil en una experiencia emocional colectiva.

Si una ficción pudo generar ese nivel de inquietud en 1938, cuando el mundo era más lento y la información más escasa, la pregunta hoy es inevitable: ¿qué pasaría ante una revelación real, en una era donde la información no sólo circula, sino que se multiplica sin control?

La pregunta ya no es sólo si existen o no formas de vida más allá de la Tierra. La pregunta es otra: ¿estamos preparados para saberlo? Y quizás más incómoda aún: ¿y si la cuestión no fuera únicamente lo que está allá afuera, sino también lo que podría estar más cerca de lo que imaginamos? Entre archivos que se prometen, testimonios que insinúan y experiencias que persisten, el fenómeno extraterrestre parece moverse en un equilibrio delicado entre la curiosidad y el impacto.

Tal vez la pregunta no sea sólo si existen formas de vida más allá de la Tierra. Tal vez sea otra: ¿y si lo que llamamos “extraterrestre” no fuera necesariamente biológico, sino otra forma de lo desconocido que todavía no sabemos nombrar?

¿Y si, de algún modo, ya convivimos con lo inexplicable, pero lo domesticamos con palabras para poder seguir adelante?

En ese contexto, surge otra inquietud menos cómoda: ¿cuánto debemos creer sobre lo que se dice… y sobre lo que no se dice? A lo largo de la historia, los mismos sistemas que hoy prometen transparencia han sido capaces tanto de revelar verdades como de sostener falsedades.

Entonces, la pregunta deja de ser únicamente qué hay ahí afuera —o incluso acá—, y se vuelve más compleja: ¿cuánto de lo que sabemos es realmente cierto… y cuánto forma parte de un relato que todavía no termina de completarse?

Tal vez por eso la información, cuando aparece, lo hace fragmentada, gradual, administrada. No necesariamente por ocultamiento absoluto, sino por una intuición más profunda: que algunas verdades, de ser confirmadas, no sólo cambiarían lo que sabemos del universo, sino también la forma en que nos pensamos a nosotros mismos.

Porque, al final, no se trata sólo de si hay alguien allá afuera…sino de si estamos listos para aceptar que tal vez nunca estuvimos del todo solos.

Porque quizás el mayor misterio no sea lo que no vemos en el cielo… sino lo que todavía no sabemos reconocer en la Tierra.