OPINIóN
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Las cicatrices en las relaciones entre África y Europa

La relación euro-africana sigue marcada por el trauma del colonialismo, políticas comerciales desiguales y una falta de autonomía europea que impide un trato de iguales entre continentes.

UN Headquarters As 75th Meeting Of General Assembly Begins
UN Headquarters As 75th Meeting Of General Assembly Begins | Bloomberg

La Asamblea General de las Naciones Unidas declaró recientemente la trata transatlántica de esclavos, que duró cuatro siglos, como “el crimen más grave contra la humanidad” y pidió reparaciones para sus víctimas en África, el Caribe y las Américas. De los 193 miembros de la ONU, 123 votaron a favor de adoptar la resolución, con un bloque afrocaribeño al que se sumaron muchos países latinoamericanos y asiáticos. Cabe destacar que los países europeos más culpables de la esclavitud transatlántica, y por tanto más responsables del pago de reparaciones, se abstuvieron.

Es justo decir que, a pesar de su proximidad —el Estrecho de Gibraltar que separa los continentes africano y europeo tiene apenas 13 kilómetros de ancho en su punto más estrecho—, Europa rara vez ha sido un buen vecino para África. Por mucho que se hable en Europa de “asociación”, las relaciones entre ambos continentes siguen estando configuradas —y distorsionadas— por el trauma histórico de cinco siglos de esclavitud y colonialismo.

Es cierto que la Unión Europea ha aportado generosamente más de 3.500 millones de euros (4.000 millones de dólares) en financiación para la seguridad de África desde 2004. Sin embargo, el enfoque de mano dura del bloque en la negociación de acuerdos de asociación económica con los países africanos entre 2002 y 2016 ha dejado a los africanos sintiéndose atrapados en una relación desigual y paternalista, con sus preocupaciones sobre el desarrollo repetidamente desestimadas. Las políticas migratorias cada vez más draconianas de la UE no han hecho sino reforzar este sentimiento.

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Para entender cómo persiste aún la resaca imperial, basta considerar la cumbre más reciente entre la Unión Africana y la UE celebrada en Luanda, Angola, el pasado noviembre. Los responsables políticos repitieron los mismos tópicos trillados sobre “valores compartidos” e “intereses mutuos”. Pero la reunión siguió el patrón establecido por las seis cumbres anteriores: los líderes de la UE aparentaron consultar a grupos de la sociedad civil y a empresas, pero ignoraron en gran medida sus aportaciones, tras haber dejado la redacción de la mayoría de los documentos “conjuntos” en manos de los eurocrátas.

Sin duda, la UE es ampliamente admirada en África como el ejemplo de integración regional más exitoso del mundo, y las instituciones de la UA siguen el modelo del bloque. Esa cohesión ha traído prosperidad a la UE, donde el PIB alcanzó los 19,5 billones de dólares en 2024; sin embargo, la participación de la UE en el PIB mundial (basada en la paridad del poder adquisitivo) pasó del 25% con 12 miembros en 1990 al 14,2% con 27 miembros en 2024. A pesar de sus pretensiones, el bloque ya no es un gigante económico y, lo que es quizás más importante, el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha dejado al descubierto sus debilidades políticas.

Desde la perspectiva de África, Europa parece estar en una relación abusiva con Estados Unidos, una que el bloque siente que no puede abandonar. Se requiere una terapia colectiva antes de que el continente se convierta en un museo que solo exhiba odas a la gloria pasada. Como señaló Mario Draghi en su informe de 2024 sobre la competitividad de la UE, el atraso tecnológico del bloque y la pesada regulación han dado lugar a un crecimiento esclerótico.

El discurso nativista del Secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, en la Conferencia de Seguridad de Múnich en febrero retrató a Berlín como el símbolo de la victoria de la alianza occidental en la Guerra Fría. Sin embargo, Berlín fue también el lugar donde 14 estados, en su mayoría europeos, se reunieron en 1884-85 para establecer las reglas para un reparto ordenado de África.

Contrariamente a la imagen optimista de Rubio sobre una era benefactora del imperio, el dominio europeo fue violento y brutal. La tiranía del rey belga Leopoldo causó diez millones de muertes en el Congo a finales del siglo XIX, mientras que Alemania cometió el primer genocidio del siglo XX en Namibia. Un millón de argelinos murieron en la brutal guerra de Francia para impedir la independencia de Argelia, y las fuerzas británicas mataron a unos 25.000 kenianos durante la rebelión de independencia de ese país.

Hoy en día, los esfuerzos de Europa por ganar dominio sobre África son más sutiles pero no menos perjudiciales. Los negociadores africanos han acusado a la UE de utilizar tácticas de “divide y vencerás” en las recientes conversaciones comerciales, mientras que la Comisión de la UE ha intentado forzar la apertura de los mercados africanos en sectores sensibles. Además, se multiplican las quejas de que la política agraria común proteccionista del bloque está inundando los mercados africanos con productos baratos, retrasando la industrialización del continente.

En 2022, la UE anunció un paquete de inversiones Global Gateway de 150.000 millones de dólares para contrarrestar la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China, pero no ha llegado a despegar. El bloque también ha fracasado a la hora de respaldar políticas que proporcionen alivio de la deuda o reduzcan los costes de los préstamos. No es de extrañar que, cuando la UE quiso que los países africanos apoyaran una resolución para condenar la invasión rusa de Ucrania en la ONU en marzo de 2022, solo alrededor de la mitad de ellos votara a favor.

La segunda administración Trump ha puesto al descubierto la falta de confianza y de fibra moral de Europa. Siguiendo el ejemplo de Estados Unidos, los países europeos han realizado profundos recortes en la ayuda exterior. Claramente, la UE está lejos de ser la “potencia ética” que a menudo afirma ser; su conspicuo silencio ante el genocidio en Gaza y la intervención ilegal de EE. UU. en Irán y Venezuela dificultará aún más la movilización de apoyo diplomático para Ucrania en el Sur Global.

Solo el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ha adoptado una postura moral contra la violencia que Trump ha desatado en el mundo, rechazando el uso de bases militares españolas para atacar a Irán. Mientras tanto, la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, describió absurdamente el secuestro del líder venezolano Nicolás Maduro por parte de Trump como defensa propia “legítima”. Este fracaso persistente en la defensa del derecho internacional, sumado a la continua falta de voluntad para tratar a África como un igual, acabará pasando factura a Europa.

(*) Adekeye Adebajo, profesor e investigador principal del Centro para el Avance de la Erudición de la Universidad de Pretoria, es el editor de The Black Atlantic’s Triple Burden: Slavery, Colonialism, and Reparations (Manchester University Press, 2025).