Encender conciencias

Si las dudas se anulan, la educación automatizada empobrece

Cuando “el error molesta, la duda hace perder tiempo y la pregunta incomoda”, el sistema educativo está fallando. Allí es cuando el pensamiento crítico desaparece, reemplazado por un video, un foro, un multiple choice y un sistema cerrado de evaluación.

Alumnos siguiendo un tutorial en pantalla. Foto: X @CCHUNAM

Las democracias no suelen colapsar de manera espectacular, aunque la memoria colectiva se tiente a pensarlo de ese modo. Se desgastan en silencio, experiencia que siempre deja aprendizajes. Se verifica en la política y en los medios (que ya son la política), pero, sobre todo, con menos visibilidad pública, en una institución decisiva: el sistema educativo. 

Precisamente allí donde antes se ensayaba el arte de pensar con otros, hoy se impone cada vez con más fuerza una pedagogía de la ejecución y la estandarización, en gran medida impulsada por demandas legítimas de escala, eficiencia y aseguramiento de la calidad. El problema no reside en estas demandas en sí mismas ni en las tecnologías que las hacen posibles, sino en el modo en que pueden ser utilizadas cuando se las desliga de los fines esenciales de la educación.

El modelo tradicional de profesor, el que ya conocíamos, podía abrir una discusión incómoda y de ese modo garantizar que el sistema funcionase con calidad. Ser errático o apasionado detenía la clase entera para discutir si una verdad era probable o no.
La versión emergente de profesor que avizoramos se comporta más bien como un operador educativo. Profesional de la gestión del aula, eficaz y templado, su principal virtud es la obediencia epistemológica. Verifica, no duda. Cumple con los resultados de aprendizaje previstos, aun cuando ese objetivo no requiera un despliegue genuino del pensamiento. 

La inteligencia se reduce a estrategia: no buscan comprender, sino aprobar"

No se trata tanto de una crítica a la planificación o a la profesionalización docente como de una advertencia: qué ocurre cuando estos rasgos se convierten en un horizonte excluyente. Toda herramienta organizativa, incluidas las automatizadas, puede fortalecer o debilitar la experiencia educativa según el propósito que la oriente.

En ese caso, enseñar comienza a parecerse a administrar procesos; aprender, a cumplir secuencias. El error molesta, la duda hace perder tiempo. Y la pregunta incomoda.

Matemática, máquinas y humanos: ¿quién enseña a quién?

El periodista y ensayista estadounidense Sydney J. Harris advirtió alguna vez que “el peligro no es que las máquinas piensen como los hombres, sino que los hombres piensen como máquinas”. Su frase, escrita en pleno siglo XX, parece haber alcanzado su concreción más nítida en el siglo XXI: algunas expresiones del sistema educativo comienzan a pensar con la lógica de un algoritmo. 

El sistema no permite avanzar al siguiente módulo si el estudiante no reproduce literalmente, palabra por palabra, la definición oficial de un concepto"

Una lógica que podría ordenar y ampliar oportunidades, siempre que permanezca subordinada al juicio pedagógico y no sea utilizada como un sustituto acrítico de la reflexión docente.

Un campus virtual de una conocida universidad latinoamericana, por ejemplo, distribuye cursos idénticos a diez mil estudiantes cada cuatrimestre; los docentes solo pueden elegir entre tres comentarios preaprobados para retroalimentar trabajos, de modo que el proceso complete automáticamente los indicadores de “coherencia de evaluación”. 

Los contenidos generan merchandising: vienen con un video, un foro, un cuestionario de opción múltiple, un plazo y un sistema cerrado de evaluación. Todo esto garantiza equidad y consistencia, pero reduce al mínimo los márgenes de intervención significativa. El riesgo aparece cuando estos diseños, pensados para facilitar la enseñanza, se convierten en un fin en sí mismos y no en un medio al servicio del aprendizaje.

En manos malintencionadas, o indiferentes, este tipo de dispositivos puede operar como una forma sofisticada de disciplinamiento cognitivo"

Se observa también con claridad en certificaciones corporativas ampliamente utilizadas en el mundo del trabajo: el sistema no permite avanzar al siguiente módulo si el estudiante no reproduce literalmente, palabra por palabra, la definición oficial de un concepto. Cualquier formulación personal, aun correcta, aparece allí como una desviación. 

No se evalúa la comprensión; se premia la fidelidad sin fisuras al texto autorizado. La estandarización cumple así su promesa de control, pero debilita la apropiación crítica del saber. En manos malintencionadas, o simplemente indiferentes a la formación integral, este tipo de dispositivos puede operar como una forma sofisticada de disciplinamiento cognitivo.

El aula pensada como protocolo, aunque se presente bajo el lenguaje de la calidad y la innovación, se parece cada vez más a los restaurantes de comida rápida"

Las plataformas, multiplicadas hasta un número inimaginable, ofrecen materiales impecablemente diagramados, cursos listos para consumir, videos guiados por la voz neutra de los tutoriales. Commodities. “Es suficiente con que siga las instrucciones”, parecen decir las interfaces. En los cursos masivos en línea, denominados MOOCs, millones de estudiantes producen trabajos evaluados por otros estudiantes siguiendo grillas rígidas definidas por la plataforma. 

La corrección entre pares, mediada por algoritmos, asegura escala y consistencia, pero el juicio académico se desliza hacia una operación de chequeo: el texto encaja o no encaja. Pensar algo nuevo deja de ser la pregunta central. La ilusión del control y la idea de progreso se confunden. La tecnología, aquí, no es el problema; lo es su uso cuando se la orienta exclusivamente al control y no al desarrollo del pensamiento. El aprendizaje adopta así la forma de una secuencia de pasos auditables que garantizan que nada quede fuera de lugar, especialmente la incertidumbre.

En apariencia, este modelo elimina el error humano. No debería sorprendernos descubrir que, en verdad, elimina lo humano cuando se adopta sin mediaciones ni contrapesos. El error, concebido durante siglos como un tropiezo necesario del pensamiento, era la señal de que algo vivo ocurría en el aula. Pero los operadores no yerran. Administran sin improvisar, sin exponerse. El clásico oficio de enseñar, arte de provocar asombro, deviene así en un procedimiento técnico. El aula pensada como protocolo, aunque se presente bajo el lenguaje de la calidad y la innovación, se parece cada vez más a esos restaurantes de comida rápida que, para garantizar consistencia y volumen, sacrifican el gusto.

El estudiante, por su parte, ha aprendido a sobrevivir en este ecosistema de la apariencia cognitiva. Muchos dominan el arte de parecer que saben: son prestidigitadores académicos que citan autores sin leerlos, mencionan conceptos que quizá no comprendan del todo y producen textos que funcionan como espejos de lo que el sistema espera leer. La inteligencia se reduce a estrategia: no buscan comprender, sino aprobar. Desean validación; el conocimiento queda relegado.

Formalmente perfectos, esencialmente vacíos.

Si es cierto que el saber que no transforma la vida no es saber, los años de mucha información y poco conocimiento invitan a evitar zonas incómodas donde nada es seguro y las ideas se tambalean. Los protocolos evitan el temblor. Las tablas y criterios utilizados para calificar pueden medir con precisión cuánto se aprendió, pero no revelan la densidad del pensamiento ni si ese aprendizaje logró articularse con una experiencia significativa.

El resultado de estas tendencias es un paisaje educativo empobrecido en aquello que no se deja medir: el misterio del conocimiento. La aventura intelectual se ve intervenida por el procedimiento administrativo. Y, sin embargo, no suenan todas las alarmas; los informes de calidad son impecables, las estadísticas de aprobación crecen y las plataformas registran actividad constante. Todo funciona y brilla. Pero no todo lo que brilla es legible, diría Umberto Eco.

Entusiasma pensar que esta mutación no sea más que una fase. Se dice que donde hay peligro, crece también lo que salva; tal vez el exceso de burocracia nos devuelva, por saturación, a la necesidad de la incertidumbre.

Ello exige una decisión institucional explícita: poner la tecnología al servicio de la educación y no a la inversa. Porque enseñar, en su sentido más profundo, nunca fue reproducir contenidos sino encender conciencias. Incluso en sistemas altamente regulados, algún docente detenga la clase y pregunte por qué.

Y quizá el verdadero problema no sea que las respuestas estén automatizadas, sino que hayamos olvidado qué preguntas valía la pena formular.