Venden la casa de Pino Solanas en Olivos: una historia de película y el “esperar a alguien que no vuelve más”
La propiedad relata historias donde se mezcla la política, la cultura y una fuerte carga emocional. Hablan su viuda, Ángela Correa y su hija Victoria Solanas.
La venta de la casa de Fernando “Pino” Solanas en Olivos abre una historia que excede lo inmobiliario y se instala en un terreno más complejo: el de la memoria, el legado y el duelo. En las voces de su hija, Victoria Solanas, y de su viuda, Ángela Correa, aparece una trama atravesada por proyectos y una carga emocional que se proyecta sobre el futuro del inmueble.
La propiedad, ubicada en Olivos, fue durante décadas mucho más que una vivienda. Adquirida tras el regreso del exilio, se convirtió en un espacio central en la vida adulta de Solanas (fallecido el 6 de noviembre de 2020 a los 84 años por COVID en Francia), en paralelo a su consolidación política y cultural. Allí funcionaron su estudio de montaje, su lugar de trabajo y un ámbito de encuentro permanente con artistas, dirigentes y referentes internacionales.
La propiedad tiene 338 metros cuadrados, tres plantas, 8 habitaciones, 4 baños y esta valuada en 598 mil dólares. De la construcción original —una casa de más de cien años— se conserva principalmente la fachada, considerada una de las más emblemáticas de la zona. Más allá de su valor histórico, la casa guarda elementos profundamente personales. Entre ellos, los números de cerámica de la entrada, realizados por una abuela de la familia.
Sin embargo, hoy ese mismo espacio se encuentra en una encrucijada. Mientras avanza el proceso de venta y la casa comienza a mostrarse a potenciales compradores, persiste —aunque debilitada— la idea de preservarla como un espacio cultural. “Es todo muy movilizante”, resume Victoria Solanas, al describir un momento atravesado por decisiones prácticas pero también por el peso simbólico del lugar.
Angela Correa, Pino Solanas y Victoria Solanas
“En los últimos años existieron gestiones para reconvertir la propiedad en un centro cultural”, cuenta Victoria. Hubo conversaciones con funcionarios, contactos con instituciones y distintos intentos de articulación. En paralelo, parte del archivo audiovisual de Solanas —que incluye películas, documentos y materiales personales— fue trasladado a un espacio de resguardo en la Municipalidad de Avellaneda, aunque todavía queda material por desmontar."
Las discusiones sobre el legado también abrieron tensiones. La utilización del nombre de Solanas por parte de una fundación vinculada a sectores políticos del partido Proyector Sur, que fundó Pino Solanas, generó diferencias con la familia, que evalúa la posibilidad de crear una estructura propia para ordenar el uso y la preservación de ese patrimonio.
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Pero si en el plano público la casa representa un fragmento de la historia política y cultural argentina, en el plano íntimo adquiere otra dimensión. Y es allí donde la voz de Ángela Correa introduce un quiebre.
La decisión de vender no responde únicamente a una lógica patrimonial. Es, ante todo, una decisión atravesada por el duelo. “Ya no podía más”, les transmitió a los hijos de Solanas al comunicarles su determinación. “A los 72 años, la casa se le volvió demasiado grande, pero sobre todo demasiado silenciosa”, dice Ângela.
“Durante años, este mismo jardín fue escenario de almuerzos, debates políticos y reuniones con invitados de distintos países. "Yo organizaba las mesas, cocinaba y sostenía una dinámica cotidiana donde la vida doméstica y la actividad intelectual se mezclaban sin fronteras”, cuenta. Hoy, en contraste, describe una quietud que pesa. Un silencio distinto al de otras épocas, cuando las ausencias de Solanas eran temporales. Ahora, dice, es el silencio de “esperar a alguien que no vuelve más”.
Esa sensación transforma la casa en algo más que un espacio físico. Los recuerdos —las reuniones, los proyectos, la vida compartida— aparecen, en sus palabras, “incrustados en las paredes”. Permanecer allí implica convivir con esa presencia constante, con una memoria que lejos de apaciguarse, se vuelve más intensa en la soledad.
El proceso de desprenderse de la propiedad, en ese contexto, no es sencillo. Ángela lo describe como algo “violento”, una ruptura con una historia de más de treinta años en el barrio. Allí construyó vínculos cotidianos, desde vecinos hasta pequeños rituales diarios que también forman parte de su vida. Pero al mismo tiempo, siente la necesidad de cerrar esa etapa y regresar a Brasil, donde la espera una familia numerosa con la que busca reencontrarse.
La casa, tal como existe hoy, es también resultado de una transformación que ambos impulsaron a fines de los años noventa. El proyecto, a cargo del arquitecto Juan Molina y Vedia, respetó la fachada original de más de un siglo pero rediseñó por completo el interior. Se sumó una planta alta y, sobre todo, el estudio privado donde Solanas trabajaba en sus películas. “Durante ese proceso yo llevá adelante la obra, supervisando los trabajos incluso en condiciones precarias, cuando la vivienda aún no estaba terminada”.
La identidad del lugar nunca respondió a un diseño planificado. Se construyó de manera orgánica, combinando muebles familiares —muchos de ellos heredados de la madre de Solanas— con objetos de sus películas. Entre ellos, muñecos de Tangos (El exilio de Gardel) y figuras de El viaje, que aún permanecen en la casa como parte de una escenografía cotidiana donde lo artístico y lo personal se entrelazan.
Esa misma lógica define el dilema actual. Para Ángela, la posibilidad de que la casa se convierta en un espacio cultural sigue siendo deseable, pero no en un rol que la incluya. No está dispuesta a gestionarlo ni a permanecer allí para sostener el proyecto. Su aspiración es que, eventualmente, alguien del ámbito cultural pueda hacerse cargo y darle continuidad a ese espíritu: talleres, visitas, archivo y un espacio abierto al público.
Mientras tanto, la venta avanza como el único paso concreto. Entre el mercado y la memoria, la casa de Pino Solanas sigue buscando destino. Pero en ese proceso, lo que queda expuesto no es solo el futuro de un inmueble, sino la forma en que una historia personal y colectiva intenta encontrar el mejor cierre posible.
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