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BLOOMBERG / OPINIÓN
martes 29 enero, 2019

Cómo incentivar la acción contra el cambio climático

Mitigar el cambio climático es fácil. Lo único que tenemos que hacer es incrementar los costos de la emisión de gases de efecto invernadero. Infortunadamente, eso también incrementaría los costos de la energía, y muchas personas preferirían que los gobiernos reduzcan los costos de la energía. Solo hay que ver las protestas iniciadas por un modesto impuesto a la gasolina en Francia, líder internacional de las negociaciones sobre cambio climático.

Paul J Ferraro

World Bank Group to Raise $200 Billion to Fight Climate Change Foto: Bloomberg
martes 29 enero, 2019

Mitigar el cambio climático es fácil. Lo único que tenemos que hacer es incrementar los costos de la emisión de gases de efecto invernadero. Infortunadamente, eso también incrementaría los costos de la energía, y muchas personas preferirían que los gobiernos reduzcan los costos de la energía. Solo hay que ver las protestas iniciadas por un modesto impuesto a la gasolina en Francia, líder internacional de las negociaciones sobre cambio climático.

En lugar de trabajar en contra de este incentivo –y seguir sorprendiéndonos del lento progreso contra el cambio climático– un acuerdo internacional debería aprovecharlo. Es el momento de abandonar el esfuerzo por asegurar un acuerdo global para disminuir las emisiones, y en cambio trabajar en uno para realizar inversiones considerables en tecnologías de energías limpias.

Los incentivos son importantes; muy importantes. Los acuerdos internacionales exitosos –incluido el Protocolo de Montreal, el cual eliminó las sustancias agotadoras de la capa de ozono, y la convención marina MARPOL 73/78, la cual disminuyó la contaminación de los barcos– requerían principalmente acciones por parte de solo unos pocos países, que a la vez eran los más beneficiados de sus esfuerzos. Una vez estos países actuaron, los incentivos para que otros se unieran a los acuerdos crecieron (a la fecha, todos los miembros de Naciones Unidas han ratificado el Protocolo de Montreal).

En cambio, los incentivos en los acuerdos para reducir emisiones son débiles. El éxito requiere acciones de la mayoría de los países, pero los beneficios corresponden a poblaciones difusas, principalmente en el futuro. Peor aún, los incentivos para unirse al acuerdo se debilitan entre más países se unen, porque las ganancias de aprovecharse de las reducciones de emisiones de los demás crecen cuando más países toman medidas.

Los incentivos para aprovecharse han crecido en la última década, con el auge global del nacionalismo y el populismo. Este es un problema para los acuerdos sobre cambio climático, porque cuando las emisiones de gases de efecto invernadero se encarecen, los pobres y la clase media llevan la mayor parte de la carga. Esta inequidad puede remediarse usando los ingresos por los impuestos de carbono para reducir otros impuestos, pero puede ser difícil dar a entender ese concepto a los votantes. Ejemplo de eso es el fallido referéndum del estado de Washington para un impuesto al carbono "neutro en ingresos" en 2016, o las respuestas de mis estudiantes cuando se les pide en los exámenes explicar el significado de reciclaje de ingresos. Es más, el reciclaje de ingresos redistribuye las rentas, lo que reduce el entusiasmo entre los ricos y poderosos, que a menudo controlan las palancas de los gobiernos.

La alternativa es buscar lo que se necesita para reducir emisiones. Se requerirá una revolución tecnológica en los métodos de producción de energía, de modo que las energías más limpias se vuelvan más baratas que las sucias. En ese caso, no habría necesidad de que los gobiernos o los ciudadanos sacrifiquen beneficios privados hoy para obtener beneficios públicos mañana.

Una forma de hacer que la energía limpia sea más barata sería a través de un acuerdo internacional para financiar la investigación básica, el desarrollo y la difusión de las nuevas tecnologías energéticas. En ese acuerdo, los países con instituciones capaces de lograr esos avances –que casualmente son los países con las mayores emisiones de gases de efecto invernadero– se comprometerían a realizar inversiones sin precedentes en "Fondos para la Libertad Energética" nacionales.

Los gobiernos ya invierten en investigación, desarrollo y difusión, no porque quieran contribuir al conocimiento y la innovación globales, sino porque quieren beneficiar a sus propios ciudadanos y darle a sus negocios una ventaja competitiva. Estas inversiones están motivadas, por ejemplo, por la competencia entre EE.UU. y China por la supremacía tecnológica, y por las preocupaciones en Europa por su creciente dependencia de Rusia para sus necesidades energéticas. Sin embargo, podría ser mucho mayor, especialmente en el sector energético, en donde la primera etapa de la investigación, el desarrollo y la difusión ha sido pasada por alto. Este tipo de financiación ha representado aproximadamente 2 por ciento de las ventas de energía en Estados Unidos, mientras que para las farmacéuticas ha sido aproximadamente 20 por ciento.

Un acuerdo de inversión en Fondos de Libertad Energética no solo exigiría que todos los países cooperen. Cada país podría hacer avances tecnológicos individualmente, y las inversiones podrían pagarse a esos mismos países hasta cierto punto con derechos de propiedad intelectual y ventajas por ser los primeros, con lo que se aumenta los incentivos para la difusión. De esa forma, los incentivos entre los que invierten y los que se benefician estarían alineados, no del todo, pero más que en los acuerdos que aumentan el costo de las emisiones. Además, con los Fondos de Libertad Energética, los países que no participen no pueden aprovecharse del todo de las contribuciones de los demás.

En un contexto de nacionalismo y populismo, los Fondos de Libertad Energética serían más fáciles de vender. A diferencia de los impuestos de carbono, las inversiones en investigación, desarrollo y difusión probablemente beneficiarían a todas las clases sociales, un llamado al orgullo nacional. Los contribuyentes se opondrían menos a estas inversiones, porque la redirección de recursos de otros programas o un alza general de impuestos son menos notorios que los aumentos en los precios de la energía. Finalmente, supervisar el cumplimiento de los compromisos internacionales con los Fondos de Libertad Energética sería más fácil que monitorear las reducciones de emisiones.

Aunque es alentador que cada vez más personas, incluidos los estadounidenses, consideren el cambio climático una amenaza y quieran que sus gobiernos trabajen junto a otros para combatirlo, las mejoras en las actitudes no cambian los incentivos internacionales para aumentar los costos de las emisiones. Los gobiernos tienen una mayor motivación para acelerar la innovación benéfica si aumentan la inversión en investigación, desarrollo y difusión de las energías limpias. No hay garantía de que esas inversiones den los resultados que el mundo necesita. No obstante, ante la certeza del fracaso de los esfuerzos coordinados para aumentar el precio de las emisiones, las oportunidades de éxito para los Fondos de Libertad Energética parecen muy buenas.


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