A más de cinco décadas de la última misión tripulada a la Luna, la exploración espacial vuelve a enfocarse en su superficie, pero con un objetivo distinto: encontrar recursos que permitan la permanencia humana. En ese contexto, un estudio publicado en Nature Astronomy identificó zonas del polo sur lunar donde el agua habría quedado atrapada en estado sólido durante períodos extremadamente prolongados.
Estas regiones, conocidas como “trampas de frío”, se ubican en cráteres profundos que nunca reciben luz solar directa. Allí, las temperaturas pueden descender por debajo de los -160 °C, lo que permite que el hielo no se evapore ni se degrade con el paso del tiempo.

El trabajo fue liderado por el científico Oded Aharonson, del Instituto Weizmann de Ciencia (Israel), junto a un equipo internacional. A partir de modelos térmicos y datos orbitales, los investigadores reconstruyeron la evolución de estas zonas y concluyeron que algunas habrían acumulado hielo de forma continua durante al menos 1.500 millones de años.
Por qué el polo sur lunar concentra el agua congelada
A diferencia de la Tierra, la Luna presenta una inclinación axial muy baja. Esto provoca que en las regiones polares el Sol permanezca siempre cerca del horizonte, sin alcanzar a iluminar el interior de ciertos cráteres. Como resultado, se generan áreas en sombra permanente donde las condiciones térmicas son extremadamente estables.
Sin embargo, el estudio revela que este escenario no siempre fue igual. Hace miles de millones de años, la inclinación lunar era mayor, lo que implicaba una exposición solar distinta. Con el paso del tiempo, el eje se fue estabilizando, aumentando progresivamente la cantidad de regiones en oscuridad perpetua.
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Este proceso permitió que algunas zonas comenzaran a funcionar como verdaderos “depósitos naturales” de hielo. Según los investigadores, cuanto antes un cráter quedó en sombra permanente, mayor fue su capacidad para acumular agua a lo largo de la historia geológica lunar.
El rol del hielo lunar en las misiones Artemis
El hallazgo tiene implicancias directas para el programa Artemis, impulsado por la NASA, que busca establecer una presencia sostenida en la Luna durante la próxima década.
El hielo no solo representa una fuente de agua potable para futuras tripulaciones, sino también un recurso energético estratégico. A través de procesos de electrólisis, el agua puede descomponerse en hidrógeno y oxígeno, dos componentes fundamentales para la producción de combustible de cohetes.
Esto abre la posibilidad de convertir a la Luna en una plataforma de abastecimiento para misiones más ambiciosas, como viajes tripulados a Marte. En ese escenario, el polo sur lunar se posiciona como un punto clave para la infraestructura espacial del futuro.
Qué revelan los nuevos mapas sobre dónde buscar agua en la Luna
El equipo científico utilizó datos del Lunar Reconnaissance Orbiter (LRO), una sonda que orbita la Luna desde 2009, para analizar el interior de los cráteres en sombra. A partir de estas observaciones, lograron identificar cuáles son las zonas más prometedoras para encontrar hielo.
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Uno de los aspectos más relevantes del estudio es que algunos cráteres tradicionalmente considerados prioritarios no serían los más eficientes para acumular agua. En cambio, otras regiones menos exploradas habrían mantenido condiciones más estables durante períodos más prolongados.
Este nuevo mapa funciona como una guía estratégica para futuras misiones robóticas y tripuladas, que buscarán obtener muestras directas del hielo lunar.
Un recurso estratégico pero limitado
A pesar de su valor, los científicos advierten que el hielo lunar no es un recurso renovable. A diferencia de la Tierra, donde existe un ciclo hidrológico activo, en la Luna el agua se acumula a partir de procesos esporádicos, como impactos de cometas o interacciones con el viento solar.
Una vez extraído y utilizado —por ejemplo, como combustible—, ese recurso se pierde en el vacío del espacio. Por eso, su explotación plantea desafíos no solo tecnológicos, sino también políticos y ambientales, en un contexto donde aún no existen acuerdos globales claros sobre la gestión de recursos extraterrestres.