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¿A quién le sirve una cultura desfinanciada?

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Ley ómnibus. “Los recortes a la cultura alcanzarían el 0,004% del PBI”. | telam

En el comienzo de la guerra, cuando todas las fuentes de consuelo para nuestros espíritus estaban en su punto más bajo, nació, con la ayuda del Pilgrim Trust, un organismo denominado oficialmente Consejo para el Fomento de la Música y las Artes (CEMA por sus iniciales en inglés). Era su tarea llevar música, drama e imágenes a lugares que de otro modo estarían aislados de todo contacto con las obras maestras de días y épocas más felices. Con la experiencia, nuestras ambiciones y alcance aumentaron. Debo explicar que mientras el CEMA se inició con ayuda privada, pronto llegó el momento en que fue patrocinado por la Junta de Educación y financiado íntegramente por una subvención del Tesoro. Nunca nos dieron mucho dinero, pero con cuidado y buen mantenimiento de la casa logramos que llegara muy lejos. Al principio, nuestro objetivo era reemplazar lo que la guerra nos había quitado, pero pronto descubrimos que estábamos proporcionando lo que nunca había existido ni siquiera en tiempos de paz. De ahora en adelante seremos un organismo permanente, independiente en su constitución, libre de trámites burocráticos, pero financiado por el Tesoro y responsable en última instancia ante el Parlamento.…Si nos comportamos tontamente, cualquier miembro del Parlamento podrá interrogar al ministro de Hacienda y preguntarle por qué”. Estas palabras las dijo un economista, uno que Milei detesta, en el primer reporte anual del Consejo de las Artes de Gran Bretaña, nuevo nombre del CEMA en la posguerra, que existe al día de hoy dividido en el Consejo de las Artes de Inglaterra, el Consejo de las Artes de Escocia y el Consejo de las Artes de Gales, cada uno con su propia Carta Real. Ese experto en números era John M. Keynes.

Seguramente, el presidente Milei encuentre un motivo más para odiar a Keynes en ese fragmento, pero no creo que tenga problemas con eso. Siempre se hace un rato para odiar.

Ninguna novedad. Tampoco es algo reciente lo que plantea el libertario cuando ataca a la cultura. Hay una estrategia de las derechas mundiales; lo hicieron Trump y Bolsonaro en el poder, fantasean con hacer eso Vox en España y el Frente Nacional en Francia, por citar un par de casos. Pero si nos vamos más atrás en el tiempo y seguimos con el ejemplo que le dio inicio a esta nota, durante las décadas de 1970 y 1980 el Consejo de las Artes fue atacado por “elitista y políticamente parcial”, por el ministro de Margaret Thatcher, Norman Tebbit. En ese entonces, se limitó la subvención del gobierno, argumentando que al déficit lo compensaría el sector privado.

Milei quiere desfinanciar completamente a la cultura, a pesar de que lo que se invertía en ella era ínfimo. Por lo tanto, si miramos lo que se “ahorraría” el Estado, veremos que no va a producir nada más que angustia en el sector, impactando negativamente en otros a los que la actividad aporta como la gastronomía, la hotelería o el transporte, rubros que, como tantos otros, ya están sufriendo el ajuste que finalmente no pagará “la casta”. Pero vayamos directamente a las finanzas. Según la Oficina de Presupuesto del Congreso, las modificaciones previstas en la ley ómnibus, los recortes vinculados a la cultura alcanzarían el 0,004% del PBI, lo que demuestra que la discusión pasa por otro lado. No es por plata que agrede públicamente a artistas populares, porque el Presidente sabe perfectamente que sus medidas no van a generar nada positivo.

Quizá todo se reduzca a su pulsión de odio y por ello eliminó el Ministerio de Cultura y congeló el presupuesto, al igual que en educación, sin importar el más del 200 por ciento de inflación. Muy posiblemente lo único que pueda generar desde su lugar de poder es violencia y encuentre como principal enemigo a un colectivo que potencia el encuentro. ¿A quién le sirve todo esto? Solo a Milei, porque fortalece su discurso. El ahorro es mínimo, pero el costo es altísimo.

* Gestor cultural. Exdirector del Centro Cultural San Martín.