miércoles 26 de enero de 2022
COLUMNISTAS transfiguraciones
26-11-2021 23:55
26-11-2021 23:55

Albertítere

26-11-2021 23:55

Todavía no habíamos salido del éxtasis en el que nos había sumido la aparición de La follia di Hölderlin. Cronaca di una vita abitante (1806-1843), de Giorgio Agamben, con ese extraordinario concepto de una vida que vive según hábitos y habitudes y con el encanto añadido de que nos hizo recordar al Roland Barthes de Cómo vivir juntos) y ya estamos ante un nuevo regalo y un nuevo prodigio, su libro (de Giorgio) sobre Pinocho (Pinocchio. Le avventure di un burattino). ¡Qué año!

En los dos libros, Agamben se deja llevar por el rigor filológico que lo caracteriza para definir lo viviente y, en el segundo, la máquina antropológica en toda su potencia. La fábula de Pinocho, nos dice, se desarrolla de principio a fin a través de una serie de reveses inesperados y de pasajes incesantes de un contrario a otro. La única moraleja es que nada es como es:  ni el bosque el bosque, ni el amigo el amigo, ni el burro el burro, ni el hada el hada, ni el grillo el grillo, sino que todo cambia y se transforma continuamente.

Como el pícaro (ese personaje tanto de la novela clásica como del Martín Fierro), Pinocho sólo puede vivir desviviéndose, perdiéndose y escapando obstinadamente de su propia vida. De allí el apuro de Pinocho. Cuando se encuentra con el caracol que tarda nueve horas en llegar del cuarto piso hasta la puerta y le pide que apure su marcha, éste le contesta: “Soy un caracol, y los caracoles nunca tienen prisa”.

La marioneta anda a los saltos como un galgo o una liebre; no camina, sino que “corre” por los campos; va “siempre por delante de todos: parecía que tenía alas en los pies”. ¿Por qué tiene tanta prisa Pinocho? No porque quiera convertirse en un niño. Más bien, la prisa forma parte de su naturaleza indefinida, de su des-vivir constitutivo, de su no ser, como el caracol, sólo lo que irremediablemente es. Al axioma del caracol, la marioneta podría responder especularmente: “No soy lo que soy, y por eso siempre tengo prisa”.

Antes de su definitiva transfiguración, Pinocho sufre otra: se transforma en burro. Las dos naturalezas –la del títere y la del burro– definen entonces el verdadero tema de la historia de Pinocho. La marioneta –¿el hombre?– es el misterio del burro, y el burro es el misterio de la marioneta demasiado humana.

Todas las aventuras narradas en el libro –incluida la última, la de falsa transfiguración– no serían más que un sueño del títere maravilloso, que al final sueña que se despierta y se ve en un sueño, dormido y “apoyado en una silla”, igual que al principio se había dormido en una silla, “apoyando los pies en una estufa”. Pero el sueño (tan real como la vigilia) es sólo la otra cara del misterio que, como la marioneta y como el burro, seguimos llevando en nosotros sin darnos cuenta. Tal vez, agregamos a espaldas de Agamben, Pinocho sea Chucky.

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