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COLUMNISTAS / acuerdo nacional
domingo 5 enero, 2020

Autismo y alteridad

El país está en una encrucijada, debe escoger entre una visión “conservadora” alineada en lo internacional con países sin futuro o dar un salto hacia una modernización que nos lleve al desarrollo. Argentina no puede vivir aislada, la globalización existe.

por Jaime Duran Barba

Diplomacia. “La ceremonia de transmisión del mando de Alberto Fernández reflejó cuan aislados estamos del mundo.” Foto: Escayola
domingo 5 enero, 2020

Un personaje pintoresco que de tiempo en tiempo aparece en la televisión sugirió que se celebrara en Argentina un acuerdo como el que puso las bases de la España moderna. Había contactado con alguien que se decía especialista en los Pactos de la Moncloa y podía unificar al país. Era obvio que al buen hombre le estaban vendiendo un buzón, porque en la era de internet no puede existir alguien que va por el mundo unificando naciones sin que nadie se dé cuenta, pero la idea tenía sentido: no se podrán superar los problemas de fondo sin acuerdo nacional en serio.

Cuando terminó el gobierno de Franco, la nueva etapa de la historia española empezó con acuerdos entre los líderes representativos del país que suscribieron esas reglas generales que todos se comprometieron a respetar. Años antes se habían celebrado dos pactos semejantes. En 1967, en la ciudad española de Sitges, Laureano Gómez y Alberto Lleras Camargo suscribieron el Pacto del Frente Nacional, que gobernó Colombia durante 16 años, restableciendo la institucionalidad destruida por la única dictadura que tuvo el país en su historia contemporánea, la del general Gustavo Rojas Pinilla. En 1968 se firmó el Pacto de Puntofijo, que instauró en Venezuela una democracia representativa que duró cuarenta años, hasta que los militares volvieron al poder. Así como Rojas Pinilla fue una excepción en la historia colombiana, este período democrático lo fue en la historia de Venezuela, gobernada siempre por militares. Los pactos fueron la mejor expresión de la democracia representativa: líderes de fuerzas que se habían combatido durante años llegaban a acuerdos que fundaban un sistema político, la población obedecía y la política funcionaba así.

Creer en la democracia. Estos acuerdos fundacionales no son frecuentes, en la mayoría de las naciones existen normas generalmente aceptadas por los dirigentes y la población. En los países democráticos, los candidatos y los electores suelen creer en la democracia. El presidente se elige por un tiempo determinado y, si incurre en alguna falta grave, puede ser juzgado con  procedimientos complejos, como ocurre ahora en los Estados Unidos. En Argentina no ha existido consenso sobre el respeto a la democracia. Desde hace un siglo todos los presidentes no peronistas que fueron elegidos, Arturo Frondizi, Arturo Illia, Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa, no pudieron terminar su mandato. A los presidentes peronistas surgidos de las urnas no les fue mejor: Perón fue derrocado en septiembre de 1955, Héctor Cámpora renunció a los pocos meses de asumir, la dictadura de 1976 truncó el período del binomio Perón-Perón. Los únicos que completaron  su período fueron Carlos Menem, Néstor Kirchner, Cristina Fernández y Mauricio Macri, tres peronistas y uno que no lo es. En contraste, desde 1944 hemos tenido 14 mandatarios que llegaron al poder sin ser electos, cuatro civiles y diez militares.

Cuando asumió Macri, la tradición golpista recrudeció: buena parte de la oposición dijo que lo derrocaría y se puso a trabajar para eso. Mauricio Macri fue el único presidente occidental al que le hicieron movilizaciones desestabilizantes todos los días que duró su período y también antes de empezarlo. Durante su período, los canales de televisión empezaban su programación diaria anunciando el horario de bloqueos de calles como si eso fuese normal. Después de las PASO, algunos opositores que las habían ganado pidieron que se recortara su período. Entre quienes querían evitar el triunfo peronista hubo quienes quisieron que renunciara a la candidatura en favor de un candidato menor. Vivimos en un microclima en el que estas actitudes parecen normales, pero en el extranjero producen sorpresa y sorna, son insólitas. A pesar de todo, Macri fue el primer presidente argentino no peronista que terminó su período en cien años.

Intervenir en la Justicia para que persiguiera a Cristina era contrario a las convicciones de Macri la gente que lo respalda, que es republicana

Resto de los países. En América Latina y el resto del mundo las cosas no funcionan así. AMLO asumió el poder en México después de cien años en que los presidentes se sucedieron en tiempo y forma. A nadie se le ocurrió en todo ese tiempo que se podía derrocar a un mandatario antes de que terminara el período y ninguno de ellos quiso reelegirse. Costa Rica lleva cien años eligiendo ininterrumpidamente a sus  mandatarios. Colombia tuvo en su historia contemporánea solo una dictadura militar. Chile soportó solo a un general dictador: Pinochet en 1973.  Uruguay tuvo gobiernos de facto encabezados por dos abogados  designados por las fuerzas armadas y el único general presidente de su historia fue Gregorio Conrado Alvarez Armelino. Solo Bolivia nos gana en inestabilidad: hace poco, la policía dio un golpe de Estado en contra de Evo Morales y oficiales de la Armada le pusieron la banda presidencial a una señora bóer que pasaba por allí. Algunos quisiéramos estar institucionalmente más cerca de México que de Bolivia y que todos se comprometieran a respetar la democracia, sea quien sea el mandatario.

Hay temas complejos para los que se necesita una concertación que incluya a la mayoría de la población, pero en los distintos sectores algunos propician un acuerdo nacional faccioso que incluya una coalición de parecidos. Argentina está dividida en dos partes casi iguales, que se expresaron cuando Macri ganó la presidencia en 2015 con el 51,4% de los votos y se confirmó en 2019, cuando Alberto Fernández sacó un 48%. Alberto obtuvo en 2019 12.945.990 votos, casi los mismos que Macri en 2015: 12.988.349. Un acuerdo nacional debe incluir a todos.

Hemos defendido varias veces en esta columna la alteridad, la disposición a aceptar al otro como es, dialogar con él y no tratar de imponer la propia verdad. Desgraciadamente, tendemos a ser facciosos usando razonamientos sin fundamento. En 2015 y 2017 bastantes decían que Cristina estaba acabada y que había que darle un golpe final. Era cuestión de “ampliar la base política del gobierno”, conseguir unos diputados más, hacer un acuerdo nacional que excluyera al peronismo y al kirchnerismo, presionar a determinados jueces para que apresaran a Cristina y hacer “lo que hay que hacer” con la economía. Se hablaba de esto en los medios, en los cafetines, en las reuniones de políticos.

El análisis no partía de bases objetivas. Cristina siempre conservó su fuerza, los juicios no la afectaron como suponían sus adversarios. Agudizaron el rechazo de quienes votaron por Macri y el afecto de sus seguidores, pero no hubo un cambio cuantitativo importante. No tenía sentido hacer un acuerdo nacional excluyendo a la mitad peronista del país. Intervenir en la Justicia para que persiguiera a Cristina era contrario a las convicciones de Macri y de la gente que lo respalda, que es republicana y cree que sin una Justicia independiente no hay desarrollo. El peronismo y Cristina tenían una fuerza con raíces en la historia, apresarla la hacía invencible. Las persecuciones fortalecen a los líderes que representan algo, como pasó con los 18 años de proscripción de Perón, con Velasco Ibarra y su permanente exilio en  Buenos Aires, y puede pasar con el MAS de Bolivia, que antes del golpe de Estado tenía una situación difícil y ahora puede ganar las elecciones.

No era lógico pensar que Macri hubiera elegido a Cristina como adversaria porque era un dirigente moderno, que usaba encuestas, estudios cualitativos y análisis estratégicos que decían que era, por lejos, la mejor candidata de la oposición. No existen candidatos buenos para una vuelta y malos para otra, si el candidato es bueno, puede ganar. Cuando Mauricio Macri ganó la Jefatura de Gobierno en 2007, todas las encuestas y los analistas decían que era imposible su triunfo en la segunda vuelta.

Finalmente, no existe algo “que hay que hacer” abstracto. Cada persona y cada grupo cree que hay que hacer otra cosa y la representación de los dirigentes y partidos tradicionales es débil. Esta no es una tesis que defiendo por creencias, como dicen algunos. No me interesa ningún dogma, solo trato de aproximarme a la realidad.

Elecciones. El país está en una encrucijada, debe escoger entre una visión conservadora alineada en lo internacional con países sin futuro o dar un salto hacia una modernización que nos lleve al desarrollo. Es un tema en el que nos jugamos el futuro. El país no puede vivir aislado, la globalización existe, nos obliga a definirnos, estamos en vitrina, y el tiempo histórico se aceleró. Pocos países en el mundo mantienen las viejas tesis aislacionistas y organizan su economía de manera centralista: Cuba, Zimbabwe, Angola y Corea del Norte. Venezuela y Nicaragua tienen gobiernos militares que intentan jugar con una caricatura del socialismo. Todos los demás tienen sociedades modernas con economías capitalistas que desarrollan sus recursos humanos y naturales de manera eficiente. No es un tema de ideologías, es necesario observar la realidad.

La ceremonia de transmisión del mando de Alberto Fernández reflejó cuán aislados estamos del mundo: asistieron los mandatarios de Uruguay y Paraguay definidos claramente por la vía capitalista y Miguel Díaz-Canel, el administrador de los restos de Cuba. Los pasos que dio Mauricio Macri para lograr una integración económica con la Comunidad Europea fueron importantes para lograr el desarrollo del país.

No parece que un amplio acuerdo económico con Cuba pueda darle los mismos beneficios a la gente y al Gobierno. Las transformaciones son fruto del trabajo sistemático y prolongado, la afluencia de líderes mundiales de los últimos cuatro años tenía antecedentes: aunque no es usual que a la asunción de un alcalde vayan sus pares de otros países, cuando Mauricio

fue reelegido lo acompañaron más alcaldes que los presidentes que acompañaron a Alberto. Estuvo incluso Marcelo Ebrard, en ese entonces Jefe de Gobierno del Distrito Federal Mexicano y actual canciller del gobierno de AMLO,  uno de los políticos de izquierda más brillantes del continente. Habría sido bueno para el país que el canciller saliente y el entrante trabajen en conjunto para lograr otros resultados.

 

*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.


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