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domingo 22 diciembre, 2019

Desventuras de la desmesura

Normalmente los que se dedican al culto de sí mismos carecen de una cultura más amplia. No entienden la importancia de lo trivial. Otros hacen lo posible por servir a los demás, sin preocuparse por fundar una nueva religión, no sienten que son el centro del universo.

por Jaime Duran Barba

Idi Amín Dada. Mariscal de Campo, Rey de Escocia, Vencedor del Imperio Británico, un sargento que fue dictador de Uganda. Foto: cedoc
domingo 22 diciembre, 2019

Después de las PASO me crucé con un vecino que miraba al infinito y caminaba como perrito escaldado. Tal vez dialogaba con la Historia, buscaba una gaviota muerta en vuelo o tenía un éxtasis místico. Insuflado de hubris, no saludaba a nadie. En esos días casi todos los analistas y encuestadores aseguraban que crecería la distancia que separaba a Mauricio de Alberto. Las empresas serias no mostraron sus números porque los datos eran contrafácticos y temían hacer un papelón como el de las PASO.

Mi vecino pertenece al biotipo de “peregrinos de la democracia”, políticos que nunca cambian de posición, buscan empleo para ellos y sus parientes en todo gobierno, apoyan al presidente en funciones y lo denuestan cuando cambia la dirección del viento. Mi vecino fue funcionario de Alfonsín, Menem, Duhalde, los Kirchner. Lo ví en la Casa Rosada hablando mal de Cristina y adulando a Mauricio hasta que no le dieron un cargo y salió a criticarlo. Ahora se dirigía al Olimpo, a ofrecer su apoyo a Alberto. Tres semanas después lo encontré en un cafetín, con la mirada perdida en una taza de café. Némesis llegó demasiado pronto, tampoco saludaba. Aparentemente se confundió de presidente, insultó al equivocado, y ahora debía pagar el traje que encargó para su consagración.

Hubris. David Owen desarrolló el tema del síndrome de hubris en sus textos The Hubris Syndrome: Bush, Blair and the Intoxication of Power y In Sickness and in Power: Illness in Heads of Government During the Last 100 Years. El autor tomó el concepto de los griegos, que creían que los seres humanos estamos condenados a cumplir con un destino en contra del cual no debemos rebelarnos. Si lo hacemos competimos con los dioses, caemos en la desmesura y ellos envían a Némesis para precipitarnos en la tragedia.

Ian Kershaw tituló con estos conceptos los dos tomos de la mayor biografía de Hitler que se haya publicado: “Hitler, 1889-1936: Hubris” y “Hitler, 1936-1945: Nemesis”. En el primero recrea el mundo del joven Hitler, artista frustrado, lector obsesivo, fanático antisemita, que se sintió predestinado para cumplir con una misión trascendente. El segundo empieza en 1936, cuando Hitler acaba de extraviarse de la realidad, viene Némesis y todo termina en tragedia. Las víctimas del síndrome pierden la razón, se endiosan, hablan con la Historia y con otros seres imaginarios sobrenaturales, al mismo tiempo que pierden contacto con la realidad.

Riccardo Orizio, en el libro Hablando con el demonio, entrevistas con dictadores conversa con víctimas del hubris que se creyeron líderes de la humanidad, construyeron estatuas de bronce con su efigie, que fueron fundidas después para hacer tapas de alcantarillas. Habla con personajes como Idi Amín Dada, Mariscal de Campo, Rey de Escocia, Vencedor del Imperio Británico, un sargento del ejército inglés que fue dictador de Uganda. También con el emperador de Africa Central Jean Bedel Bokkasa, sargento francés que congeló un palacio para reproducir teatralmente la coronación de Napoleón. Gastó el presupuesto de un año de su país, uno de los más pobres del mundo.

Cuando los dirigentes están en el poder mucho tiempo, se rodean de adulones que son los mensajeros de Némesis que los conducen a la tragedia

La entrevista en la cárcel con Nexhmije Hoxha, viuda del dictador albanés es alucinante. Ella y su marido mantuvieron una dictadura sangrienta durante 41 años, la única que se confesó estalinista hasta el final.  Dice que tiene confianza en que el pensamiento de Enver Hoxa conducirá a la humanidad y el proletariados volverá a gobernar su país.

Desgraciadamente Orizio no entrevistó a Muamar Kadafi, que después de 42 años de tiranía en los que se dio los lujos más exóticos, murió sodomizado con una botella mientras se defendía  con su proletario revólver de oro macizo. Tampoco a Abimael Guzmán, líder de Sendero Luminoso, que con Marx, Engels y Mao fue la cuarta espada de la historia de la humanidad. Produjo la muerte de más de 50 mil peruanos y terminó en una jaula fabricada por algunos que no entendieron la importancia de su destino redentor. De todos estos líderes eternos no queda nada a pocos años de su desaparición.

Narcisismo. Dice Owen que “los políticos víctimas del hubris tienen una propensión narcisista a ver la realidad como una arena en la que pueden buscar la gloria ejerciendo el poder. Se comportan de manera impulsiva, creen ser infalibles, hablan de sí mismos usando el plural mayestático ‘nosotros’ o en tercera persona, como si fuesen voceros de un presidente extraño a ellos mismos. Cuando alguno me ha dicho que ‘el presidente’ cree algo, le respondí  que no tenía interés en lo que dicen  los presidentes que normalmente se equivocan, sino en lo que opinaba la persona inteligente que ganó las elecciones. Extraviados en el membrete, dejaron de ser humanos y a veces mi herejía hizo que esa fuera la última entrevista”.

Owen dice que estos personajes se creen el centro del universo y suponen que todos conspiran en su contra, porque la humanidad está obligada a optar entre apoyar sus fantasías que son el bien, o a sus enemigos imaginarios que son el mal. El autor analiza el problema entre los presidentes, pero hemos encontrado también pequeños “hubricitos” que viven atormentados por ser dioses.

Algunos ex funcionarios interiorizan el hubris y lo arrastran el resto de su vida como un costal de almidón que los aplasta. T.S. Elliot inicia su obra El anciano estadista cuando le obsequian a un mandatario que se retira una bandeja de plata para las tarjetas de visita. Acabado el poder no habrá más visitas, y si las espera el personaje languidecerá en la soledad.

Me ha sido difícil hablar con algunos ex presidentes que decían que tenían su agenda copada. No tenían nada que hacer pero así mantenían su poder imaginario. En 2003 Amina Lawal fue condenada a muerte en Nigeria por concebir un hijo fuera del matrimonio. Se organizó la primera cibermovilización mundial exitosa que con casi un millón y medio de mensajes detuvo su ejecución. El argumento para detener la brutalidad fue que, según la sharia, la gestación puede durar cinco años y por tanto la sentencia era prematura.

Fui a dictar un curso en un pequeño país en el que conocía a alguien que fue presidente provisional por unos meses. Le pedí el apoyo para Amina. Respondió que desde que fue presidente se había convertido en una figura mundial, debía guardar su imagen, y necesitaba documentación para que sus equipos de asesores, integrados por un hijo que estudiaba derecho revisaran el caso. Si lo menciono, pocos lectores ubicarían el país, ninguno sabría quién   fue este hubricito tan importante en la galaxia.

Normalmente los que se dedican al culto de sí mismos carecen de una cultura más amplia, no disfrutan de la música, del arte, no entienden la importancia de lo trivial.  Los vemos por la televisión a unos, ansiosos de eternidad, con una máscara que exhibe una sonrisa para la estatua antes de la etapa de alcantarilla. Suponen que los 15 millones de años que han transcurrido desde el Big Bang culminan cuando asumen un puesto de autoridad. Otros tienen una sonrisa real, hacen lo posible por servir a los demás, sin preocuparse por fundar una nueva religión, no sienten que son el centro del universo. Hace cuatro años en esta columna pedí que no llamaran “presidente” a Mauricio, porque ese es siempre el inicio del tobogán del hubris.

Poder. Líderes como Hiter y Stalin concentraron todo el poder en sus manos pero se presentaron siempre como víctimas de personas y organizaciones misteriosas que complotaban en su contra. Cuando los dirigentes permanecen en el poder mucho tiempo, se rodean de adulones que son los mensajeros de Némesis que les conducen a la tragedia.

Para bien de la gente y para que el peso de la desmesura no hunda en la desventura a los líderes, es bueno recordar las palabras de Primo Levi en Si esto es un hombre: “Hay que desconfiar de quien trata de convencernos con argumentos distintos de la razón, es decir de los jefes carismáticos: hemos de ser cautos en delegar en otros nuestro juicio y nuestra voluntad. Puesto que es difícil distinguir los profetas verdaderos de los falsos, es mejor sospechar de todo profeta; es mejor renunciar a la verdad revelada, por mucho que exalten su simplicidad y esplendor, aunque las hallemos cómodas porque se adquieren gratis. Es mejor conformarse con otras verdades más modestas y menos entusiastas, las que se conquistan con mucho trabajo, poco a poco y sin atajos por el estudio, la discusión y el razonamiento, verdades que pueden ser demostradas v verificadas”.

 

*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.


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