sábado 02 de julio de 2022
COLUMNISTAS gestos

Besos en el PAMI

29-01-2022 00:51

Los gestos para saludarse son diversos. Dependen de la cultura, de la confianza, del momento en el que ocurre el saludo.

Dos de los gestos más habituales a la hora del saludo son estrecharse las manos y los besos.

Resulta ocioso decir que varios de estos rituales plenos de besos, abrazos, palmadas y apretones, se han visto reformulados en la pandemia, como ha ocurrido con tantas costumbres, y dieron lugar a nuevas formas de salutación.

El primitivo ASPO (Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio) dio lugar al Dispo (Distanciamiento) y este alejamiento puso “al alcance de la mano” nuevas formas de salutación.

El primer gesto fue el de los “codazos”. Numerosas fotos de gente sonriente, codo con codo, en un saludo sin falanges, ni palmas, ni labios, casi sin piel, dan cuenta de los codos a la hora del encuentro.

Pero el que se terminó imponiendo fue el puño con puño. Una fugaz carga de energía que permite la reunión educada entre los más y los menos temerosos. El puñito es la frontera acordada de los más cuidadosos con los más desprejuiciados.

Poco a poco hay gestos que van volviendo junto con otros que permanecen. El estrechar las manos parece ser un paso audaz por estos días, se mantiene la distancia, pero aun así nos permite saber algo del otro. En su vigor, en su temperatura, en su duración.

¿Y los besos? El beso bien puede ser un infinito objeto de estudio en la cultura. El covid lo ha hecho retroceder, pero no rendirse, al decir de Gabriela Mistral “Dame Señor la fuerza de las olas del mar, que hacen de cada retroceso un nuevo punto de partida”.

El beso está en la vida. Hay besos en la práctica y en la imaginación. Están los dados al espejo, los de los amantes, entre enemigos.

El primer beso del que nos acordamos, el último beso (el que se reconoce y el que no). El beso sin amor, el del traidor. Los besos que no daremos y los que no nos han dado. 

El beso en contra de la voluntad, el beso al muerto. En la boca, en la frente, en la mano, en la piel. El beso sanador, entre amigos. Los que nos envenenan mientras los vamos dando. 

Besos mariposas, besos de esquimales, franceses, al sapo. En el arte.

Pero es menester en estas letras alejarse del sentimentalismo y meterse en otra realidad, la viscosa, de la Argentina.

Así, un día nos enteramos de que hay besos en el PAMI. Cuando los límites de la novela parecen acotarse, gracias a un viaje a Cancún, mezclado con la tragedia sin fin de nuestras/os jubilados, aparece el argumento de “Besos en el PAMI”, la directora y el subdirector nos otorgan un romance laboral en medio del drama de la tercera edad.

Y el otro beso sorpresivo es el de la jueza de Chubut, Suárez, quien fuera tomada por las cámaras de la prisión, dando un beso íntimo al condenado Bustos. Ella, un día antes, había propuesto una pena reducida al imputado. Las otras juezas lo condenaron a prisión perpetua por homicidio agravado. 

Recordemos que Bustos asesinó al agente Roberts y ya tenía una condena previa por el homicidio a golpes de su hijastro de 9 meses. 

La jueza, también con antecedentes, adujo que las visitas íntimas respondieron al intento de escribir un libro. 

De este modo están las cosas y los besos por estas tierras. Y así como el amor es ciego y la Justicia anda con los ojos vendados, los que parecen quedarse a oscuras son las instituciones y sus responsables que pronto querrán sorprendernos y convencernos con una licitación de bastones blancos para toda la ciudadanía. Al final de cuentas, los que vemos mal somos nosotros.

*Convencional Nacional UCR y secretario adjunto de la Organización de Trabajadores Radicales (OTR CABA).

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