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El 19 de noviembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Abuso Sexual contra niñas, niños y adolescentes. | Unsplash / Marisa Howenstine

En las plazas del país se yerguen casi infaltables los monumentos de los Padres de la Patria: casi siempre San Martín, pero a veces (en la Plaza de Mayo de Buenos Aires, por lo pronto) también Manuel Belgrano. Son siempre monumentos rotundos, son moles de heroísmo tan centrales como visibles. El factor ecuestre contribuye por lo general a aumentar la estatura del prócer, a encumbrarlo hacia lo alto.

En otras plazas del país, y a menudo en esas mismas, suele haber otros monumentos, dedicados esta vez a la “Madre”. Son monumentos laterales, más pequeños, más discretos; contraídos a la condición del busto, dan a ver a una mujer que envuelve y atesora a un hijo, que lo hace suyo para la protección. Hay menos énfasis en lo visual, por cierto; pero no pocas veces se les adosa en el letrero el acrecentamiento tonal de los signos de exclamación: “¡Madre!”.

Una figura y la otra, la del Padre y la de la Madre, no se oponen, se complementan. Se complementan, en su diferencia, en un mismo dispositivo (un dispositivo netamente patriarcal) de santificación y esencialismo. No es lo uno contra lo otro, ni siquiera lo uno o lo otro; son mecanismos que se articulan para cristalizar roles y espacios que, desde su disparidad, se refuerzan mutuamente.

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El factor ecuestre contribuye a aumentar la estatura del prócer, a encumbrarlo hacia lo alto

Hay ejemplos a granel del culto cívico a los Padres de la Patria y el orden de valores que suponen. Del culto a la Madre hay ejemplos abundantes también. Uno reciente, y muy doloroso, fue el de la resolución judicial por la cual se quitó la custodia de un niño a su tía para restituirlo a su madre, pese a las denuncias por maltrato que constaban en su contra. El fundamento, según cita la tía, fue: “Nadie puede quitarle a una madre su derecho de ser madre”. La historia terminó de manera siniestra, y por eso las circunstancias previas cobraron notoriedad.

Los derechos, declarados en abstracto, se vacían de contenido; es preciso protegerlos siempre en circunstancias concretas. En especial cuando se trata de niños, que son por cierto los más expuestos, los que menos recursos tienen. Comentario al margen: haber reemplazado “niño” (sustantivo concreto) por “infancias” (sustantivo abstracto) parece haber sido, en este sentido, un lamentable retroceso.