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domingo 25 agosto, 2013

Crisis emocional, pero en el Gobierno

El diagnóstico y el tratamiento dependen del especialista. En este caso, se trata de funcionarios.

Foto: DyN
domingo 25 agosto, 2013

Los resultados de las PASO alteraron ciertos ánimos en el staff ejecutivo del kirchnerismo, que ya venía navegando por aguas turbulentas sólo disimuladas por la aparente tranquilidad que debe reinar en una campaña electoral.

Con más o menos vehemencia, se multiplican las intrigas, los pases de factura y la asignación de culpas por los anémicos porcentajes nacionales del domingo 11 –alrededor de la mitad de los obtenidos por Cristina Fernández de Kirchner hace dos años– y, sobre todo, por algunas marchas de la gestión.

Como ocurre con cualquier problema de salud, el diagnóstico y el tratamiento dependen del especialista al que se consulte. En este caso, se trata de funcionarios y no de médicos, claro. En la acumulación de análisis clínico-políticos sobresalen tres destinatarios en la volteada a la hora de repartir responsabilidades, con ligerezas incluidas:

- Que la Presidenta no escucha y se cierra en un círculo muy reducido. Es una explicación tan verosímil como poco novedosa: con esas características ejerce de mandataria desde hace seis años y acentuó el mecanismo desde la muerte de Néstor Kirchner, en 2010. Habría que decir que Cristina es más dogmática que su marido, pero tampoco come vidrio, como buena peronista. Los giros que hizo respecto del dólar (pesificando, con los Cedin y el blanqueo, aunque nada resultó), al papa Francisco y al aporte privado en YPF reflejan una dosis de pragmatismo escasamente reconocida. Puede haber más.

- Que cambiaría el clima económico con la salida de Guillermo Moreno. Otra obviedad. Claro que el secretario de Comercio tiene más poder que casi cualquiera en el Gabinete, con sus alzas y sus bajas (en este momento, su cotización anda por el piso), pero, como el soldado que es, nada hizo, hace o hará sin que se lo pida Cristina.

- Que La Cámpora empeora todo. Típico blanco fácil de la interna K. Esta semana, recargado por la ofensiva contra LAN. Por el impacto en la búsqueda de inversiones y en la relación con un aliado estratégico como Chile, el CEO de YPF Miguel Gallucio y el canciller Héctor Timerman rumiaron en privado acerca de la oportunidad de la medida (y de enterarse por los diarios).

Hay diatribas menos resonantes. Contra el jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, por su escasa muñeca para manejar la campaña electoral y la inutilidad del millonario financiamiento público de medios adictos. Contra el ministro de Planificación, Julio De Vido, por no atender los requerimientos de obras públicas de campaña hechos por gobernadores e intendentes, además de que recibe críticas por el mal momento que eligió para adjudicar a una empresa amiga la construcción de las represas en Santa Cruz. Contra el secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli, por la furiosa-violenta-melodramática reacción de desmentida de la escala en Seychelles. Contra el dúo Amado Boudou-Hernán Lorenzino, que habían asegurado que en Nueva York habría un fallo inverso al que se dio en la disputa con los fondos buitre. Contra gobiernos provinciales y municipales que aportaron menos votos de los imaginados en la Casa Rosada (en especial aquellos que obtuvieron mejor performance en la elección local que en la nacional). Esto, a la hora de ver la paja en el ojo propio y no en el ajeno, donde los culpables son siempre los mismos: Clarín, la Justicia, los empresarios... “Los titulares”, según la Presidenta.

Semejante estado emocional en el oficialismo causa más tensiones de lo habitual. Hubo irritación con el ministro de Justicia, Julio Alak, por no consultar en el CELS los antecedentes del nuevo director del Servicio Penitenciario Federal, Alejandro Marambio, para evitar otra patinada como la que hubo con la designación del jefe del Ejército, César Milani. O la caza de brujas en la Procuración del Tesoro para hallar al culpable de la presentación judicial fuera de tiempo que le permitió a la Sociedad Rural mantener en la Corte Suprema el freno a la estatización de su predio de Palermo.

Gobernar al borde del ataque de nervios no suele ser lo mejor para atravesar las turbulencias.


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